La fundación de la Congregación

Habiendo María sobrevivido a la terrible epidemia conocida como «española», que siguió a la guerra, renacida luego de una enfermedad mortal, reconoció en un sueño a quien sería una hermana suya y gran colaboradora: María Telenta, la futura Sor Gabriela. En efecto, una mañana María Telenta había ido a la iglesia. El párroco, Don Pedro, le había pedido que fuera a ver si María aún vivía y que volviera a decírselo. Cuando María la vio, alargó los brazos, diciendo: «¡Oh, si tú supieras!... Tú eres mi hermana!». Y no lograba decirle otra cosa debido a que su lengua estaba todavía hinchada, lo que no le permitía hablar libremente, pero quiso abrazarla y besarla, repitiéndole: «¡Tú eres mi hermana, mi hermana!».

María Telenta creyó que estaba delirando y se puso a acariciarla, diciéndole: "¡Cálmese, señorita María!», mientras que María seguía diciéndole: "¡si tú supieras...!». María Telenta apenas conocía a María Petkovic hasta entonces, pero, a veces, en la iglesia, fijando la mirada sobre ella, tenía la sensación de que algún día le habría sido de ayuda. Y se preguntaba qué ayuda habría podido brindar a una Petkovic.

A la izquierda: María Petkovic recién profesa.

A menos de dos meses de la grave enfermedad, todavía débil, María quiso trasladarse a Babina (era comienzos de febrero de 1919) para reanudar y llevar a término la enseñanza a los niños. Un día, que volvió a Blato para confesarse y comulgar, para recoger libros espirituales, material y libros didácticos para la escuela, había pasado a ver a su hermana Ivica. Cuando se dio cuenta que María estaba por volver a Babina sola, Ivica la reprendió, diciéndole: «¡Es impensable que una mujer esté sola en ese lugar tan aislado!». Y le «impuso» que llevase consigo a una joven, una modista, que estaba con ella. ¡Esa costurera era María Telenta! Si bien María estaba deseosa de conocer mejor a la Telenta, hubiese preferido ir sola, temiendo ser disturbada en su soledad y en el recogimiento espiritual que buscaba en Babina. Pero su hermana no quiso oír razones y a María no le quedó otra opción. En tanto Ivica había recomendado a la Telenta que distrajera un poco a María, porque la veía demasiado retirada y pensativa, y temía por su salud, considerando lo acaecido anteriormente.

De este modo se conocieron mejor y experimentaron la convivencia. La modista aseaba la casa y preparaba lo necesario mientras María se ocupaba de la escuela, de su lectura espiritual o la meditación. María Petkovic, había hecho un horario de tipo monástico que observaban escrupulosamente y que incluía momentos de expansión. La experiencia resultó muy positiva y cimentó su vinculación. Mientras tanto llegó el día tan anhelado.

El 25 de marzo de 1919 María dejó la casa de sus padres para retirarse a la Casa de las Siervas de la Caridad. En esta opción suya la siguió María Telenta. Las Siervas de la Caridad las acogieron como pensionistas. Mientras estaba a la espera de conocer la voluntad del Señor sobre ella, María desarrollaba las actividades de apostolado, guiaba las asociaciones católicas y se ocupaba de los niños pequeños. Estaba empeñada sobre todo en la conducción del comedor popular para cerca de 3.000 personas a las que distribuía los bonos para el retiro de los alimentos. Al ser una pensionista, podía salir libremente para visitar a las personas indigentes a las que su madre no se lo había permitido. A los dos meses del ingreso de las pensionistas, inesperadamente falleció la Superiora de las Siervas de la Caridad y en pocos días las restantes dos hermanas, ya ancianas, y una administradora regresaron a Italia, a su Casa Madre en Brescia.

En aquella época, Italia había ocupado Dalmacia (zona donde se encontraba Blato) y las relaciones no eran buenas, por eso las hermanas se habían dado cuenta que era mejor irse, confiando la Casa y el Asilo Infantil a María Petkovic. Así, María Petkovic y María Telenta comenzaron a hacerse cargo de las actividades: el colegio, el asilo y el comedor popular. Mons. Marcelic no hizo esperar su voz y su consejo iluminado en aquellos días particulares. En julio de 1919, escribió: «Si en el mundo todo sucede según un designio de Dios, ¡esta es su voluntad! La Providencia divina gobierna el universo y cada cosa que sucede en el mundo. El ojo de Dios ve todo, el bien y el mal. Si las Siervas de la Caridad dejan Blato, yo deseo y, luego de haber rezado a Dios, he llegado a la conclusión que tú [María Petkovic] permanezcas en la casa como superiora junto con las demás que ya están contigo y que lleven adelante el colegio como mejor puedan, bajo mi dirección y la del párroco. Tú misma, varias veces, me has manifestado el deseo de ofrecerte a ti misma y tus bienes a favor de tus compueblanos de Blato. He aquí la ocasión. ¡Esta es la voluntad de Dios! Pongámonos solos de pie. Encomiéndense a Dios y acepten la cosa tranquilamente».

Como se puede advertir, el obispo habla ya de «las demás que ya están contigo», por tanto, no sólo de la Telenta. En efecto, se habían presentado a María dos jóvenes que deseaban unirse a ellas. La primera de las dos era Palma Bacic Fratric (la futura Sor Catalina) y la segunda Magdalena Šeparovic (que será Sor Vicenta). María, les había dicho que, por el momento, podían ayudar durante el día en el comedor popular, pero por la tarde debían volver a sus casas. Y prontamente había informado a Mons. Marcelic.

Después de haber leído la respuesta del obispo, María advirtió con claridad la voluntad de Señor, y en ese instante sintió todo el peso y la importancia de dar inicio a la nueva Congregación religiosa y llamando a Palma Bacic y a Magdalena Šeparovic, les dio a conocer la decisión del obispo, y las invitó a decidir libremente si quedarse con ella en Blato para fundar una nueva asociación, o bien de irse a alguna Congregación ya constituida; ellas se quedaron con María. Ella se dirigió así a Dios: «¡Heme aquí, Señor; me entrego totalmente a ti; estoy dispuesta a cumplir tu voluntad sacrificándome por ti y por los necesitados (aunque no conozca mi futuro), con tal que tú mismo, Señor y Esposo nuestro, prepares todo. Entonces yo obedeceré y vendré; me sacrificaré con todo mi corazón por ti y por tus hijos; seré como una sirvienta a tu servicio, para cumplir tu voluntad!». Le dijo también a Jesús que el Esposo debe procurar todas las cosas, preparar la casa, la habitación y pensar en su manutención; mientras que la esposa tiene el cometido de tener hijos y velar para que en la familia reine el amor. Magdalena Šeparovic y Palma Bacic y María Telenta, entrecruzando sus brazos formaron un círculo colocando a María en el centro, y desde ese momento la llamaron «Madre». Incluso la gente, espontáneamente, comenzó a llamarla «Reverenda Madre», si bien no vistiese aún el hábito religioso.

Así, las cuatro jóvenes a partir del mes de agosto de 1919 cuando se retiraron definitivamente las Siervas de la Caridad, comenzaron la vida en común, elaboraron un horario y asignaron las tareas u oficios: María Petkovic guiaría la comunidad, el asilo infantil y la escuela de las niñas; María Telenta con su oficio de modista trabajaría para los externos y con ese trabajo contribuiría parcialmente al mantenimiento de la comunidad; Magdalena Šeparovic y Palma Bacic, ayudadas por militares, trabajarían en el comedor popular.

Monseñor Marcelic le escribió: «Me alegra que me hayas obedecido y te hayas quedado en el lugar con tus compañeras. ¡Cada cosa, por grande que sea, comienza con lo pequeño! Recuerda el grano de mostaza del Evangelio...». y sabiendo que era deseo de María ser asociada a la Orden Franciscana, le mandó la «Pequeña Regla» con estas recomendaciones: «Les envío la Regla general de la Tercera Orden Regular de San Francisco. Acepta la cosa seriamente aunque con la debida amabilidad y tranquilidad, según la voluntad de Dios. No temas las dificultades, especialmente las iniciales. Cada comienzo es duro. Prepárate para el empeño con generosidad. ¡A quien es generoso, el Señor lo sostiene! Solos somos poco o nada; pero en unión con Dios Omnipotente, también nosotros llegamos a ser poderosos. ¡Todo sea para la gloria de Dios! Antes de aceptar a alguna joven, abre bien los ojos; fíjate si está guiada solamente por la gloria de Dios, por la salvación suya y de las demás almas; si está dispuesta a la abnegación; si desea el bien de su pueblo; fíjate en su conducta y en su salud. Que todos las conozcan por sus buenas acciones, por su humildad, por su abnegación y sus sacrificios».

En poco tiempo la Obra comenzó a dar los primeros gérmenes: de acuerdo con el párroco, Don Pedro, se abrió un «Albergue diurno» y un «Jardín Infantil». Al comienzo, el Albergue lo llevaba adelante María, mientras que al año siguiente se hizo cargo la Šeparovic, hasta que llegó a la Congregación Margarita Radic (la futura Sor Buenaventura) quien, ayudada por otra maestra, tomó la dirección del asilo y del «Albergue diurno». Se acogieron también en el instituto las dos primeras niñas, huérfanas de padre y madre y sin parientes cercanos. Así se dio comienzo al orfanato. El año 1920 fue un año de gracia para María y su joven fundación. Ya se habían delineado las figuras claves: Mons. Marcelic asumió el papel de padre, educador y guía espiritual en la formación de María y de sus compañeras. María, como fundadora, era responsable de la espiritualidad, del apostolado, del Instituto y, al mismo tiempo, Madre de la comunidad.

El comienzo, como todo comienzo, fue heroico, para aquel manojo de mujeres enamoradas del Señor y de los hermanos: el amor por Jesús mitigaba y les daba fuerzas para resistir en las pruebas más duras. Cumplían alegremente las labores más pesadas por amor, se conformaban con el alimento más pobre, que no era ni nutritivo ni suficiente. Enfrentaban cualquier dificultad con el ánimo pronto al sacrificio y la abnegación apoyándose mutuamente en el crecimiento del grupo. Todas iban de buena gana a recoger la limosna para la manutención de la comunidad. Las familias más pudientes las ayudaban y ellas, por su parte, iban a visitar a los enfermos necesitados y, además de ayudarles materialmente, ejercían una misión instruyéndoles y confortándolos en sus dolores. Aquellas hermanas nutrían un gran amor y estima por su «Madre María» a la que obedecían fielmente. En este desarrollo tan fecundo de vida espiritual, la pequeña fraternidad iba poniendo poco a poco sus fundamentos con la bendición de Dios. No obstante, pues, la pobreza y los sacrificios, las vocaciones comenzaron a florecer y había necesidad de redactar un Reglamento. María recurrió a Mons. Marcelic quien le ordenó escribir ella misma las Constituciones a lo que María pidió que él preparara un borrador, porque ella se sentía incapaz. «¡No, no –le dijo Marcelic-, tú puedes y debes hacerlo! Toma como modelo las Reglas de las Ordenes antiguas y luego adáptalas a la vida y al trabajo de esa Congregación que tienes en mente, así como el Señor te inspira».

En agosto de 1920 se retiró a Prižba junto con María Telenta para escribir en la soledad, en el recogimiento y en la oración, las primeras Constituciones para la Congregación, aun sin nombre ni apellido. Comenzó a escribirlas al aire libre, en el bosque, a orillas del mar, sentada sobre una piedra, sola bajo el azul del cielo, en el nombre de Dios. «¡Todo sea en la caridad, en la sencillez y en la abnegación, trabajando y sacrificándose por los pobres y los huérfanos; por la difusión de la gloria y del amor de Dios por medio de la enseñanza a las asociaciones católicas y, a través de ellas, a sus familias, para que todos conozcan los propios deberes cristianos y amen a Dios nuestro Salvador!». Día tras día María pudo experimentar cómo el Señor no le hacía faltar su asistencia, y al termino presentándoselas a Monseñor Marcelic, éste le dijo después de haberlas examinado: «¡Viste! ¿Qué te había dicho?», "no tengo nada que objetar". No obstante, las hizo examinar por cuatro canonistas para ultimar formalmente la terminología técnica. Dio la primera aprobación el 15 de junio de 1923, y una segunda el 18 de junio de 1928, después de una puesta al día.

Mientras tanto Mons. José Marcelic, decidió que había llegado el momento de formalizar la nueva fundación que en el nombre de Jesús debía hacer tanto bien a los pobres, a los huérfanos, a los enfermos y marginados. Comunicó a María tal decisión a través del párroco, Don Pedro, recomendando preparar todo para la vestición religiosa. Para el hábito, por inspiración divina y consejo del obispo, María dio indicaciones sobre cómo debería ser y lo confeccionó, naturalmente, María Telenta y dado que después de la guerra la tela costaba mucho, el Señor la ayudó por medio de su hermana Kata, quien donó la tela para algunos hábitos, y el resto lo compraron. De acuerdo con el obispo, María invitó al Padre Mariano Stašic, superior de los franciscanos de Split, para que dirigiera los ejercicios espirituales. Mons. Marcelic pidió, entonces, al Padre Stašic que escogiera los nuevos nombres junto con las candidatas. Preguntó primero a María qué nombre quería. Ella respondió: «Me llamo María y como terciaria me llamo Magdalena, por eso quisiera quedarme con el mismo nombre». El Padre Stašic, en cambio, propuso María de Jesús Crucificado, nombre que en su interior deseaba y había rogado a Jesús, bañando con lágrimas su cruz, que le diese este nombre como signo de que la aceptaba como su esposa. Se continuó con la elección de los nombres para las demás candidatas, oyendo el parecer de María y de las interesadas. En cuanto al nombre de la Congregación, Monseñor interrogó a María, quien respondió sin titubear: «Se llamará Congregación de las Hijas de la Misericordia de la Tercera Orden de San Francisco, en cuanto que caridad y misericordia se asemejan. Es decir: 1) las Hermanas realizan actos de misericordia y actos de caridad por amor a Dios; 2) "Hijas" quiere decir algo que proviene del Padre; "hija de la misericordia", porque brota del Corazón misericordioso del Padre y realiza actos de su misma misericordia».

Cuando la gente supo que la vestición y la fundación de la nueva Congregación estaba próxima, conmovida y partícipe, se preocuparon por adornar de flores todo el pueblo y las callejuelas por donde pasarían las candidatas. Algunos hombres, durante la noche, habían cortado árboles de pino y las jóvenes habían preparado guirnaldas para embellecer la calle y los balcones. Moviéndose por la parte este del convento, pasarían por San Jerónimo hasta llegar a la iglesia parroquial de Todos los Santos. Se había pensado realizar la ceremonia en el día de San Francisco de Asís, por eso el 4 de octubre estaba todo preparado, pero debido a un imprevisto atraso del obispo, obligó a postergarla para el día siguiente. Sin embargo, por explícita orden del obispo, la fecha oficial e histórica de la vestición y de la fundación debía seguir siendo la fiesta de San Francisco. Y así fue. En la mañana, a las 5,00 hs. las campanas de la iglesia parroquial de Todos los Santos en Blato anunciaron festivamente que sus hijas, las hijas de su nación, estaban por dar vida a una nueva Congregación. Respondió la campana del convento, como la voz del Esposo que invitaba a las vírgenes a prepararse. Y ellas, gozosas y alegres, respondieron. Se vistieron de blanco; sus cabellos, que debían ser sacrificados a Dios, caían sueltos sobre los hombros. Sus cabezas estaban cubiertas de blancos velos y coronadas con guirnaldas de flores. Llegaron poco a poco sus padres, quienes abrazándolas les daban la bendición. Llegaron también las madrinas, que fueron las primeras y más calificadas viudas del pueblo; las «Hijas de María» y las integrantes de la Asociación del Ángel con sus estandartes. Cuando llegó el párroco, Don Pedro, María se arrodilló delante y le pidió la bendición, diciendo: «Desde este momento, yo, por intermedio suyo, me entrego en las manos de Jesús a mí misma y a mis Hermanas en Dios, para que usted sea para ellas padre y madre, ya que ellas dejan hoy definitivamente a sus propios padres naturales». A las ocho, las campanas repicaron de nuevo a fiesta y el cortejo se movió. Al frente había una niña vestida de blanco que llevaba la cruz del Salvador con otras dos de escoltas, también vestidas de blanco. Seguían las candidatas con sus madrinas, después los padres y los parientes. Acudió toda la población que formó dos filas a lo largo del trayecto. El ingreso principal de la iglesia parroquial estaba adornado de ramas verdes y tules blancos. Ahí estaba el Padre Mariano Stašic, vestido con los ornamentos sagrados, que las acompañó hasta el altar de Santa Vicenta, donde, con ornamentos pontificales, las esperaba Mons. José Marcelic, junto con un grupo de sacerdotes y clérigos.

La iglesia estaba llena de gente, tanto que algunos se habían subido al púlpito y otros a los confesionarios. Después de la homilía, el obispo realizó la ceremonia de vestición. Primero le correspondió a María, quien fue vestida por Monseñor, ayudado por los sacerdotes y por su madre. Don Vicko Bosnic recogió en una bandeja los mechones de cabellos cortados. El Padre Stašic tomó de las manos del obispo el cordón y se lo ciñó a su cintura. María, revestida con el hábito religioso, en su calidad de fundadora se colocó al lado del obispo y procedió a la vestición de las hermanas: María Telenta Vicio, Palma Bacic Fratric, Magdalena Šeparovic Buda, Jozica Franulovic Njalo y Anka Sladovic. Luego las nuevas novicias se intercambiaron un abrazo de Hermanas.

El 11 de octubre, Monseñor decidió admitir a las hermanas recién vestidas a los votos, de manera que se pudiera elegir el Consejo directivo de la nueva Congregación. La ceremonia se realizó delante del altar mayor, en presencia de toda la población de Blato. Sor María Petkovic, en primer lugar, se acercó al altar y emitió sus votos temporales. En este momento, el obispo se levantó y, vuelto hacia ella, dijo: «¡De ahora en adelante ya no te llamarás más María Petkovic Kovac, sino Sor María de Jesús Crucificado!». La emoción se extendió de la candidata a toda la gente que asistía a la ceremonia, y se repitió para cada una, mientras el obispo, después de pronunciados los votos, les daba el nuevo nombre: «Sor María Telenta, de ahora en adelante serás Sor María Gabriela del Buen Pastor, Sor Palma Bacic, serás Sor María Catalina de la Santísima Trinidad, Sor Magdalena Šeparovic Buda, serás Sor María Vicenta de las Llagas de Jesús, Sor Jozica Franulovic, serás Sor María Serafina de la Pasión de Jesús, Sor Anka Sladovic, de ahora en adelante te llamarás Sor María Josefa del Niño Jesús.

Jurídicamente ahora era posible celebrar, bajo la presidencia del obispo, el primer Capítulo general de las «Hijas de la Misericordia» y elegir al Consejo directivo. Sor María Petkovic fue elegida por unanimidad como Superiora general y Sor María Telenta como Vicaria. Mons. Marcelic pidió al Padre Mariano Stašic que leyera, en su nombre, el decreto de nombramiento de la Superiora General de la Congregación y después el de la Vicaria general. La nueva Congregación podía ahora actuar oficialmente, habiendo sido reconocida por el obispo de Dubrovnik (de «Derecho Diocesano»), con un gobierno propio.

El desarrollo de la Congregación

Si la guerra había ocasionado a Blato tantos huérfanos y tanto sufrimiento, después de la guerra no fue mejor, el alimento llegó a faltar del todo y, lo que era aún más trágico, ni siquiera se podía comprar en toda Dalmacia, porque simplemente no había. Entre la gente reinaba la pobreza y la indigencia, la desnutrición y las enfermedades. El recién nacido Instituto reflejaba también el ambiente reinante. La Madre María sufría sobre todo por los huérfanos, para los que no había comida suficiente, y no soportaba la idea de tener que echarlos a la calle. Las pobres viudas llevaban nuevos huérfanos y, llorando, pedían que los aceptaran, o bien, pedían al menos un pedazo de pan. La población hambrienta asediaba las puertas del Instituto con la esperanza de obtener algo, pero se necesitaba un milagro que transformara las piedras en pan. La Madre María decidió, entonces, ir a Eslavonia a pedir limosna y recoger un poco de víveres, porque un comerciante de esos lados le había dicho que allá habría encontrado. En agosto de 1922 junto con la Vicaria, Sor Gabriela Telenta, partieron para Eslavonia. Llegaron con la nave a Dubrovnik. Era necesario tener el permiso del obispo y las credenciales para los obispos de Eslavonia. Después, sirviéndose de un mapa carretero tomaron el camino de Metkovic para Slavonski Brod y desde allí, para Djakovo. Allí encontraron alojamiento con las Hermanas de la Santa Cruz, quienes las acogieron con hospitalidad. Luego, en primer lugar fueron a saludar al obispo, Mons. Akšamovic, y le pidieron permiso para pedir limosna en su diócesis; él no sólo les dio su bendición sino que fue el primero en subscribir la lista con una recomendación a la población. Después fueron a las autoridades civiles, quienes concedieron el permiso también para todos los alrededores de la ciudad. Luego comenzaron su empresa. La Providencia le suministró un carro, con el que pudieron transportar el trigo recogido hasta Djakovo en casa de las Hermanas de la Santa Cruz. Pero esto no estuvo exento de contratiempos. Al regreso, la lluvia había vuelto los caminos fangosos y llenos de hoyos, tanto que a los caballos les costaba mucho. Las dos Hermanas viajaban sentadas sobre los sacos de trigo y, como el carro se movía bastante, en la noche y en aquella situación incómoda, no se dieron cuenta que el grano recogido con tanto esfuerzo se iba perdiendo. Solamente cuando llegaron bien tarde en la noche a Djakovo, con mucha pena se dieron cuenta que buena parte del trigo se había perdido a lo largo del camino. El Señor, sin embargo, conociendo su pena y sufrimiento, las recompensó; porque las Hermanas de la Santa Cruz compraron el poco trigo que había quedado pagándoles el doble de lo que costaba. Madre María se sentía mal y se defendía diciendo que no podía aceptar; a pesar de ello la superiora le había replicado: «Yo quiero pagar, por tanto acéptenlo tranquilamente». El cansancio del camino y el esfuerzo produjeron también no poco daño a la salud de María, ya enferma de las piernas y del corazón. La presencia ocasional en Djakovo del Nuncio Apostólico, Mons. Hermenegildo Pellegrinetti, hizo que la Madre María le preguntara por la petición hecha a Su Santidad Pío XI de ayuda para la Congregación y para salvar a los huérfanos de Blato. El Nuncio no sólo le prometió que se habría ocupado de la súplica, sino que le dio una contribución personal en dinero. Dejando Djakovo, las dos hermanas partieron para Osijek y se hospedaron con las Hermanas de San Vicente. Estuvieron una veintena de días recogiendo limosnas por todos los alrededores, donde fueron bien recibidas por los párrocos y la población, pero no tuvieron mucha suerte porque antes de ellas ya habían pasado otras religiosas. Pese a todo, lograron recoger 24 quintales de trigo, por lo que pidieron al dueño del molino Karolina, que hiciera un acto de caridad y pagara los gastos para llevar el trigo hasta Blato; lo que el buen hombre hizo con mucho gusto.

Luego continuaron la colecta en Vinkovci y Vukovar, donde recogieron otros 15 quintales, que fueron llevados a Osijek para ponerlos en el mismo vagón junto con el resto. Estando consciente que el trigo recogido hasta ese momento no respondía a las reales necesidades del convento, del orfanato y de la población, la Madre María decidió, no obstante, interrumpir la recolección y volver a la Casa Madre, poniendo su confianza en el Señor, quien, tal vez, a último momento le proveería con más alimentos. ¡Y así fue! Madre María y Sor Gabriela, antes de partir, fueron a ver al barón Popovic, quien las recibió muy afablemente y les preguntó: «¿En qué puedo servirles? ¡No tienen más que decírmelo!». Entonces, la Madre le explicó brevemente la situación por la cual habían venido a Eslavonia para pedir limosna; pero no habían recogido lo suficiente para cubrir las necesidades: el vagón estaba casi vacío... A la llegada de los víveres, se pudo constatar que el barón no sólo había llenado el vagón de trigo, sino que había añadido cerca de 20 quintales de la mejor harina, tanto que María, pensado en un posible error de expedición, de inmediato le informó por escrito. Recibió, en cambio, la respuesta que toda aquella harina blanca la había ofrecido el barón Popovic que, mientras tanto, había fallecido. Antes de volver a Dalmacia, Madre María había decidido ir a Belgrado para solicitar a los Ministerios que se preocuparan de la población y de los huérfanos de guerra de su tierra. Así, se dirigió al Ministerio para la Protección de la Infancia, donde fueron acogidas y escuchadas atentamente. Le dieron de inmediato una primera ayuda en dinero con la promesa de ayudas futuras. Trató de obtener al menos 30 camas con colchones y ropas. En este recorrido por los Ministerios les dio una mano la Presidenta de la Asociación Cultural Femenina, que en aquellos días celebraba en Belgrado un congreso y les pidió a las hermanas que asistieran como representantes de Dalmacia. Ellas fueron y cuando aparecieron, todas las presentes comenzaron a aplaudir y exclamar: «¡que viva nuestras hermanas de Dalmacia!». Y las hicieron pasar hasta el puesto de honor. Al final de la conferencia, invitó a Madre María a tomar la palabra. Ella, puso el acento sobre el laudable trabajo de la Asociación Cultural Femenina, les recomendó que todo fuese hecho por amor de Dios y para su gloria, que se comprometan por la unidad de la Iglesia, «porque uno solo es Cristo y una sola la Iglesia», y las mujeres pueden contribuir como generadoras de paz. Les pidió también se ocupen de la educación de los niños abandonados y de la juventud, cuya pobreza era grande en esos momentos y ella no poseía los medios necesarios para aliviar su miseria, por eso pedía a las presentes que se empeñaran y Dios Omnipotente les daría la justa recompensa.

Todas las congresistas siguieron con atención su discurso y aprobaron sus palabras y le ayudaron con dinero. Cuando llegaron a Split fueron al «Protectorado de tutela de la Infancia» a pedir otras 30 camas para el creciente número de huérfanos que acogían. Todo se lo consiguió el hermano médico que estaba al frente del Ministerio de Salud, además una vaca lechera holandesa que le pidió la Madre. Dando gracias a Dios por todo, en octubre de 1922, María y Sor Gabriela volvieron a la Casa Madre y al mes siguiente llegaron los víveres por tren de los cuales solo la cuarta parte dejó para la casa y el orfanato y el resto lo mando a distribuir a la población. La Madre recibió también la noticia de que el Papa Pío XI había respondido a su pedido y le había enviado una ayuda en dinero. En Belgrado, María había ido también al Ministerio de la Salud para pedir la restauración del hospital de Blato, que había sido cerrado a causa de los daños de la guerra. Después de un tiempo llegó un empleado del Ministerio trayendo dinero para la restauración del hospital con la disposición de que las obras estuviesen a cargo de la Madre.

Una luz no puede permanecer escondida...

La necesidad cada vez mayor para la joven Congregación era la de contar con nuevos espacios para acoger un mayor número de huérfanos y ubicar a las nuevas vocaciones. Dada la gran oposición de parte del nuevo párroco para la fundación de un nuevo edificio, sólo quedaba la posibilidad de aportar modificaciones al edificio existente. Así, con el dinero recogido en la limosna y con lo enviado por Su Santidad, Madre María decidió levantar un piso y ampliar el Instituto. Los trabajos comenzaron cuando todavía el Obispo se encontraba en Blato, quien pudo constatar personalmente el entusiasmo de las Hermanas y de las postulantes que con tanto amor contribuían transportando las piedras, las tejas, etc.

Terminada la construcción, se utilizó el segundo piso recién construido como dormitorio de las huérfanas; por otra parte, se ubicó el noviciado y en el tercer piso, el dormitorio para las profesas. Tenían todavía necesidad de una cocina más amplia, un pozo, una bodega, una sala de labores para las Hermanas, una lavandería, una capilla y un espacio para las postulantes. La segunda construcción comenzó en diciembre de 1923. El trabajo quedó terminado y dieron gracias al Señor porque su primera gran necesidad, al menos en parte, había sido satisfecha.

Las autoridades ministeriales, al ver que la Madre se interesaba por los niños huérfanos, le solicitaron destinar seis de sus Hermanas para el Instituto infantil estatal «El Nido», en Subotica. Le hicieron saber que en el Instituto había un centenar de pequeños huérfanos y que se encontraban en un estado de abandono, porque el personal no tenía ninguna compasión. La Madre respondió que le hubiese gustado corresponder a la petición, pero todavía no tenían un número suficiente de Hermanas, ya que la Congregación apenas había sido fundada y pedía un año de plazo, pero apenas transcurridos seis meses, el Ministerio hizo una nueva petición a través de Mons. Marcelic. El obispo, aceptó de inmediato la obra de manera que Madre María tuvo que poner manos a la obra para preparar a las Hermanas y todo lo necesario para abrir esta Casa primera filial de la Casa Madre. En julio de 1923 se dirigieron a la nueva misión; la conmoción fue grande por la primera separación. El grupo de seis Hermanas fue confiado a Sor Serafina, primera superiora local de la nueva comunidad. La Madre María partió junto con ellas para examinar las circunstancias y verificar la seguridad de las hermanas, ponerse de acuerdo con la dirección sobre el servicio de las Hermanas. Aprovechó la ocasión para recoger limosnas para los huérfanos y necesitados de Blato. En esta Casa las Hermanas han trabajado durante 18 años, cuidando y educando a los niños. Este trabajo caritativo cesó durante la segunda guerra mundial, durante la ocupación húngara. Las autoridades requisaron el Instituto despidiendo a las Hermanas porque no eran de nacionalidad húngara. Esta pérdida fue muy sentida por la Congregación, tanto más cuanto que había contribuido mucho para el sustento especialmente en sus difíciles comienzos.

Con el auxilio de Dios, la Congregación crecía poco a poco. Las nuevas vocaciones llegaban, se formaban, pronunciaban sus votos y se esparcían abriendo nuevas Casas por todo el territorio de su patria. Así, en los primeros veinte años de vida, cerca de 140 Hermanas actuaban en 22 Filiales.

La actividad de las «Hijas de la Misericordia» fuera de la ex Yugoslavia comenzó en los primeros meses de 1936 cuando, a petición del Padre Leonardo Ruskovic, la Madre María aceptó enviar siete Hermanas a Argentina como misioneras. Hasta 1940 siguieron otros grupos, llegando a un total de 23 religiosas.

Tomaba así cada vez más cuerpo la aspiración misionera de la fundadora. El apostolado de las misioneras en Argentina fue pronto correspondido con las primeras vocaciones latinoamericanas; sin embargo, el impulso mayor tuvo lugar con la llegada de Madre María, en mayo de 1940 abriéndose camino también hacia Paraguay, Chile y Perú. Permaneció allí durante 12 años, dedicándose a la formación de sus hijas, y a la apertura de nuevas Casas y la asunción de nuevas responsabilidades asistenciales.

El 26 de junio de 1944 fue una fecha memorable: la Congregación de los Religiosos concedió el Decretum Laudis, paso decisivo que precede a la aprobación definitiva de las Constituciones que aconteció en diciembre de 1956 en que la Congregación de las «Hijas de la Misericordia» llegó a ser un Instituto de «Derecho Pontificio». La Congregación de las «Hijas de la Misericordia» había abierto en total 55 Casas, de las que, por causa de la guerra y otros motivos, se habían cerrado 13. Así, a fines de 1960, contaba con 43 Casas con más de 400 Hermanas, que actuaban en 8 países y 18 Diócesis, ocupándose no sólo del cuidado y asistencia a los huérfanos, sino también de los ancianos, del servicio asistencial en hospitales y a domicilio, de la catequesis y de la evangelización en regiones apartadas.

Después de la guerra en Europa, en 1946, por decisión de las autoridades comunistas del nuevo estado: Yugoslavia, se le quitó a la Casa Madre de Blato el Jardín Infantil y el orfanato. Debido a la nueva situación creada y por consejo de la Santa Sede, el Gobierno y la Casa General de la Congregación se transfirió a Roma en octubre de 1952 después del regreso de América Latina de la Madre Fundadora y Superiora General. De esta manera, Roma es el corazón de la Congregación, el centro de unión entre las Hermanas de Europa y América. En 1960 presentó su renuncia como Superiora General y se recluyó a una vida silenciosa de oración y contemplación.

Fuerte de espíritu y de la presencia de Dios, que sentía continuamente junto a sí, la Madre María de Jesús Crucificado, en los muchos años en que ejerció el papel de Superiora general, supo enfrentar múltiples dificultades de naturaleza material, moral, disciplinar, formativa, organizativa y financiera.

Como una persona dotada de gran talento se desempeñó pidiendo también la ayuda y el consejo de personas competentes. Todo esto, no obstante una salud frágil y delicada que la acompañó desde su infancia y que se fueron incrementando con la edad. Fue una mujer que escogió con determinación firme el ideal de la vida religiosa y que lo vivió con plenitud de espíritu hasta la muerte. Tuvo la satisfacción de ver crecer su Obra, y esto fue motivo continuo de alabanza al Señor: «Si tuviese tiempo describiría detalladamente los innumerables beneficios de la Divina Providencia, la que siempre ha guiado y acompañado a la Congregación desde sus inicios hasta hoy para que cante alabanzas a su bondad, a su gracia y a sus maravillosas obras. Él, benignamente, se ha servido de mí, su pobre sierva, para las obras de su Misericordia a favor de los pobres y afligidos, para enseñar y socorrer espiritual y materialmente a los necesitados, en particular para la educación de los niños abandonados, de los huérfanos y de la juventud; para la conversión de muchos pecadores y de los enfermos; para la enseñanza espiritual de las poblaciones pobres que aún languidecen en la ignorancia religiosa».

(Bibliografía consultada “Madre M. de Jesús Crucificado”. 1892-1966. Gaetano Passarelli)

VER TAMBIÉN:

Su niñez

Su adolescencia y juventud. La Vocación

Hacia la vuelta al Padre

Beatificación