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Miércoles de Ceniza - Ciclo C

1º Domingo de Cuaresma. Ciclo C

2º Domingo de Cuaresma. Ciclo C

3º Domingo de Cuarema. Ciclo C

4º Domingo de Cuaresma. Ciclo C

5º Domingo de Cuaresma. Ciclo C

Domingo de Ramos. Ciclo C

Jueves Santo - Cena del Señor. Ciclo C

Viernes Santo - Pasión del Señor. Ciclo C

Sábado Santo. Ciclo C

Domingo de Pascua. Ciclo C

2º Domingo de Pascua. Ciclo C

3º Domingo de Pascua. Ciclo C

4º Domingo de Pascua o del Buen Pastor. Ciclo C

5º Domingo de Pascua. Ciclo C

6º Domingo de Pascua. Ciclo C

Ascensión del Señor. Ciclo C

Domingo de Pentecostés. Ciclo C

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Miércoles de Ceniza

El significado de la oración, de la limosna y del ayuno. Cómo utilizar bien el tiempo de la Cuaresma Mateo 6,1-6. 16-18

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

El Texto:

1. «Cuiden de no practicar la justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendrán recompensa del Padre que está en los cielos. 2. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad les digo que ya reciben su paga. 3. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; 4. así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. 5. «Y cuando oren, no sean como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad les digo que ya reciben su paga. 6. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. 16. «Cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad les digo que ya reciben su paga. 17. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, 18. para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

3. Clave de lectura

.- La Cuaresma surgió, hacia el s. IV, como una síntesis de un triple itinerario ascético y sacramental: 1) la preparación de los catecúmenos al bautismo; 2) la penitencia pública; 3) y la preparación de toda la comunidad cristiana para la Pascual. Los cuarenta días son un explícito símbolo bíblico que expresa un período de prueba y tentación, una paso de la muerte a la vida, de lo antiguo a lo nuevo, un espacio de encuentro especial con Dios como el único Absoluto de la propia existencia.

.- En los cuarenta días (aproximados) que van desde el miércoles de ceniza hasta las primeras horas de la tarde del jueves santo, estamos llamados a recorrer un camino en el que recuperemos y reavivemos la gracia de nuestro bautismo y nos reconciliemos con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo cercano y lejano.

.- El evangelio de este Miércoles de Ceniza está sacado del Sermón de la Montaña y quiere ofrecernos una ayuda para hacernos entender cómo practicar las tres obras de piedad: oración, limosna y ayuno y cómo utilizar bien el tiempo de Cuaresma. El modo de cumplir estas tres obras ha cambiado mucho a través de los siglos, según las culturas y costumbres de los pueblos y la salud de las personas. Hoy las personas más ancianas recuerdan el ayuno severo y obligatorio de cuarenta días durante toda la cuaresma. A pesar de los cambios en el modo de practicar las obras de piedad, queda la obligación humana y cristiana: a).- de compartir nuestros bienes con los pobres (limosna), b).- de vivir en contacto con el Creador (oración) y c).- de saber controlar nuestro ímpetu y nuestros deseos (ayuno). Las palabras de Jesús que meditamos pueden hacer surgir en nosotros la creatividad necesaria para encontrar nuevas formas para vivir estas tres prácticas tan importantes de la vida cristiana.


4. Un momento de silencio orante

Para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

5. Algunas preguntas

a) ¿Cuál es el punto del texto que más te ha tocado?

b) ¿Cómo entender la advertencia inicial hecha por Jesús?

c) ¿Cómo pondrás en práctica en esta cuaresma la limosna, la oración y el ayuno?

¿Cómo vivirás la conversión en esta cuaresma? ¿Qué gestos utilizarás en tus relaciones con los demás para expresar que estas arrepentido?

¿Qué dificultades existen en tu interior para llevar a la práctica una profunda oración personal?



6. Oración final


Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

O bien Oración del Salmo 40 (39)
Anunciar la gran justicia de Dios


Yo esperaba impaciente a Yahvé: hacia mí se inclinó y escuchó mi clamor. Me sacó de la fosa fatal, del fango cenagoso; asentó mis pies sobre roca, afianzó mis pasos. Puso en mi boca un cántico nuevo, una alabanza a nuestro Dios; muchos verán y temerán, y en Yahvé pondrán su confianza.
Dichoso será el hombre que pone en Yahvé su confianza, y no se va con los rebeldes que andan tras los ídolos. ¡Cuántas maravillas has hecho, Yahvé, Dios mío, cuántos designios por nosotros; nadie se te puede comparar!



Quisiera publicarlos, pregonarlos, mas su número es incalculable.
No has querido sacrificio ni oblación, pero me has abierto el oído; no pedías holocaustos ni víctimas, dije entonces: «Aquí he venido». Está escrito en el rollo del libro que debo hacer tu voluntad. Y eso deseo, Dios mío, tengo tu ley en mi interior.
He proclamado tu justicia ante la gran asamblea; no he contenido mis labios, tú lo sabes, Yahvé. No he callado tu justicia en mi pecho, he proclamado tu lealtad, tu salvación; no he ocultado tu amor y tu verdad a la gran asamblea.
Y tú, Yahvé, no retengas tus ternuras hacia mí. Que tu amor y lealtad me guarden incesantes. Pues desdichas me envuelven en número incontable. Mis culpas me dan caza y ya no puedo ver; más numerosas que mis cabellos, y me ha faltado coraje.
¡Dígnate, Yahvé, librarme; Yahvé, corre en mi ayuda! ¡Queden confusos y humillados los que intentan acabar conmigo! ¡Retrocedan confundidos los que desean mi mal! Queden corridos de vergüenza los que me insultan: «Ja, ja».
¡En ti gocen y se alegren todos los que te buscan! ¡Digan sin cesar: «Grande es Yahvé» los que ansían tu victoria! Aunque soy pobre y desdichado, el Señor se ocupará de mí. Tú eres mi auxilio y libertador, ¡no te retrases, Dios mío!

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1º Domingo de Cuaresma. Ciclo C

El Espíritu lo fue llevando por el desierto. Lc 4, 1-13

1. Oración de inicio

Señor, al comenzar esta Cuaresma te pedimos que nos des un corazón puro, una gran paz interior, una gran claridad sobre el horizonte que se nos abre en este tiempo, sobre lo que tú quieres que vivamos en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestras parroquias, que podamos tener una mirada pacífica y profunda sobre lo que tenemos que hacer en estos días y haz que todos podamos ver tu rostro en todas las situaciones de nuestra historia personal y social.

Te agradecemos, Señor, por la oportunidad de encontrarnos contigo en la calma de la oración, en el silencio, en la humildad de la adoración. Que podamos dilatar nuestro corazón de manera que podamos recibir los dones de la Cuaresma.

Ábrenos a la voz y a la acción purificadora de tu Espíritu que nos llama a la conversión, de manera que podamos entrar una vez más en ese camino de transformación cristiana, interior, actual, discreta, sencilla, que se expresa en cada signo de la Cuaresma.

Te pedimos de manera especial que podamos comprender tus palabras del primer día de la Cuaresma, el que marcamos con el signo de la ceniza, cuando tú nos dijiste que tu Padre conoce lo secreto.

Este secreto nuestro de la rutina de lo cotidiano, que contiene la clave de la santidad humilde, en la jornada de trabajo, en la vida comunitaria que nos sostiene, en la vida familiar donde vivimos tantas alegrías y tantas pruebas, en la vida de la parroquia, tan importante para nuestra vida cristiana; y aún en el día de descanso.

Más allá o más adentro de los aspectos ruidosos que nos envuelven en cada jornada, está el secreto de lo oculto cotidiano, en el cual habita el Padre. Ayúdanos Señor, poder descubrir tu presencia como Padre en lo más profundo de nuestro ser, así como la descubrió María en su silencio orante, así como la conoció Pablo de Tarso en su largo silencio en Damasco, al inicio de su itinerario de conversión, así como la descubriste Tú en el silencio de tus cuarenta día en el desierto, cuando nos enseñaste a vivir la escuela de la Cuaresma.

Eso es lo que nos invitas a vivir ahora contigo, Señor, caminando detrás de ti apropiándonos de nuestra propia Cruz con la mirada puesta en la tuya. Es así como deseas que conozcamos el rostro bendito de tu Padre que está en lo secreto, este Padre que, viendo en lo secreto, nos resucitará. Amén

2. Lectura

El texto: 1. Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, 2. durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. 3. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.» 4. Jesús le respondió: «Esta escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre’». 5. Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; 6. y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. 7. Si, pues, me adoras, toda será tuya.» Jesús le respondió: «Esta escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto’». 9. Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; 10. porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará para que te guarden’. 11. Y: ‘En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna’. 12. Jesús le respondió: «Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’. 13. Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno.

3. Notas para profundizar en el texto.

1.- Bajo la acción del Espíritu Jesús entra en el campo de batalla

Al hacer la “lectio” de este pasaje vayamos despacio anotando cuidadosamente los detalles y tomándole el peso a cada afirmación:

a) la acción del Espíritu en Jesús: “Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán...”
b) el escenario: “y era conducido por el Espíritu en el desierto...”
c) el tiempo de las tentaciones: “durante cuarenta días...”.
d) lo que sucedió en ese lugar y durante todo ese tiempo: “siendo tentado por el diablo”.
e) y finalmente una anotación sobre el ayuno de Jesús y, consecuencia de él, el hambre: “no comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre”.

Sintamos la fuerza del texto de hoy: Lucas, evangelista del Espíritu Santo, muestra cómo el Espíritu Santo caracteriza la personalidad de Jesús: Él está “Lleno de Espíritu Santo”. Esta frase nos remite a la unción recibida en el Bautismo (Lc 3,21-22) y nos presenta a Jesús como “el Señor del Espíritu”: el poder de Dios está dentro de él y es quien obra continuamente a través de El.

2.- Los tres terrenos favoritos del adversario:

a) Las necesidades vitales simbolizadas en el pan

El alimento es el mínimo necesario para la subsistencia y su consecución es causa de desasosiego, de angustia permanente, de lo cual derivan otros tantos problemas.

Cuando Jesús afirma, que “no sólo de pan vive el hombre”, está poniendo en primer plano esta convicción: que la vida del hombre es mucho más que el esfuerzo por solucionar las necesidades inmediatas (el “vivir para trabajar”), de ahí que la búsqueda primera y fundamental del corazón del hombre debe estar en el saber apoyarse en un Dios que es Papá, que como tal es bueno y su lealtad es tan grande que nunca abandona a sus hijos en sus necesidades.

b) La necesidad de “status” simbolizada en la exhibición de poder

Quien tiene solucionado el problema del pan gracias a la fortuna que le permite una vida plácida también está expuesto a la tentación de pensar que la realización de la vida está en el “poder” y su esplendor externo que le recuerda a todo el mundo que él es más que los demás. La búsqueda de la gloria en el poder y la riqueza contradicen el señorío de Dios, quien es verdaderamente absoluto y nos hace a todos hermanos. La fraternidad doblega todo intento de señorío sobre los demás: no se puede servir a dos señores.

El delirio de grandeza carcome el corazón, daña todas las relaciones y aliena los compromisos. Este querer prevalecer sobre los demás, convertido finalmente en motivación de la vida, hace perder de vista su mayor tesoro, el que nadie le arrebatará y por el que no tendrá que competir ni herir a nadie. Este criterio pone en crisis todas las motivaciones humanas porque “donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (11,34). Cuando en el corazón del discípulo se infiltran otros intereses, éste no llegará a la madurez para la cual Jesús enseña a vivir en el señorío de Dios y esto se concreta en la relación justa con los otros en el compartir y en el servicio. El camino de la gloria ciertamente no es el del dominio y la riqueza sino el de la cruz-servicio.

c) La necesidad de tener todo bajo control, incluso a Dios (vv.9-12)

La tercera tentación expone cómo es una relación equivocada con Dios. Esta vez la raíz de la tentación no es ni la carencia (de pan) ni la abundancia (de poder), sino la relación con Dios que se apoya en una falsa visión de Él. Precisamente las dos pruebas anteriores han insistido en el señorío del Dios “Papá” misericordioso en la propia vida. Pero puede darse que se llegue a manipular su bondad, como es el caso presentado aquí: poner a prueba la veracidad de su Palabra mediante peticiones que violan las leyes de la naturaleza. El adversario toma los términos precisos del Salmo 91 le pide arbitrariamente a Jesús que se ponga en una situación de peligro para ver si es verdad que Dios manda sus ángeles para protegerlo. Esta es la ejemplificación de otros comportamientos similares. Veamos uno: “ya que Dios nos promete el pan de cada día, no trabajemos para ver si es verdad que nos ama y nos sostiene”.

4.- Cómo vence Jesús las tentaciones

Tenemos necesidad de saberlo, no sólo por el hecho de que Jesús es nuestro modelo de vida, sino porque es de él que nos viene la fuerza para esta lucha titánica. No fue por casualidad que Jesús le enseñó a sus discípulos a dirigirse al Padre no para pedir ser eximidos de la tentación sino suplicando “no caer” en ella, es decir, el poder vencerla.

Releamos las respuestas de Jesús a Satán, porque en ellas está la clave de la victoria:

“Está escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre’” Jesús vence la prueba poniendo su mirada en la necesidad fundamental. A nosotros nos dice: lucha por no reducirte a tus necesidades, conserva el espacio para la dimensión más profunda de la vida, para que transciendas, para que puedas saltar hacia lo que es infinito y verdaderamente llena de plenitud la existencia. “Está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto’” Jesús indica que la prueba de adversario se vence postrándose en adoración. A nosotros nos dice: Ponte a adorar a Dios; la verdadera adoración de Dios te libera de los ídolos, pon en su sitio lo que no es fundamental, de manera que puedas captar el justo valor que tiene cada cosa en tu vida.

Tu relación con los otros no será nunca más un asunto de dominio o de posesión. Ni dominarás ni serás dominado, porque el Dios cercano que Jesús nos vino a anunciar exige, que él sea el único, el único que te da vida y paz.

“Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’” Jesús apela a la frase “tu Dios” que evoca el compromiso de la Alianza: “Vosotros mi pueblo, yo vuestro Dios”. La adoración es la puerta de entrada a una relación profunda de comunión con Dios; en la medida en que esta relación se fortalece, se comprende mejor lo que podemos esperar de Dios y se deja de manipular la imagen de Dios. A nosotros nos dice: En la adoración de Dios comprenderás la grandeza de su amor por ti.

5. Algunas preguntas

La cuestión de fondo de toda tentación: ¿Será que vale la pena vivir según Dios? ¿No habrá mejores propuestas?

¿Puedo decir que he vivido momentos de caminar en el desierto? ¿Cómo han sido vividos?

¿Cuál ha sido el resultado?

¿Qué elementos de este pasaje me ayudan para dar nuevos pasos en el camino de maduración hacia la total identidad con el Maestro?

¿De qué manera concreta se manifiesta en mi vida la tentación? ¿Qué fruto han dejado en mi las victorias sobre las tentaciones?

¿Qué programa concreto me propongo para vivir mejor esta Cuaresma?

¿En qué aspectos o hechos concretos de mi vida el Señor me está invitando a vivir una pascua?

¿Sobre qué quiero cantar victoria en la celebración pascual que está por venir?

6. Orar con el texto

Jesús lleno del Espíritu Santo volvió del Jordán. Durante cuarenta días el Espíritu lo fue llevando por el desierto. Mientras tanto era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer y al final sintió hambre. Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan. No sólo de pan vive el hombre. Después…le mostró en un instante todos los reinos del mundo. Te daré el poder y la gloria de todo eso si te arrodillas ante mi. Al Señor tu Dios adorarás, a él sólo darás culto. Lo llevó a Jerusalén al alero del templo. Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo… “encargará a sus ángeles que cuiden de ti” No tentarás al Señor tu Dios. El demonio se marchó hasta otra ocasión.

 


7. Oración final


Padre, tú que has amado tanto al mundo, hasta el extremo de habernos entregado a tu Hijo amado para que todos los hombres sean salvos por la fe en él, concédenos la fortaleza de profesar siempre la memoria de tu salvación y la esperanza de que todos los hombres participen de ella; derrama sobre todos tu Espíritu de amor, único medio posible para romper todas las cadenas de este mundo. A ti, Padre bueno, dirigimos siempre nuestra alabanza en el nombre de Jesús y sostenidos por tu Espíritu Santo. Amén.

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2º Domingo de Cuaresma. Ciclo C

Una Oración transfigurante. Lucas 9,28-36

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a ponernos a la escucha de la Palabra como lo hicieron estos tres personajes de la transfiguración: Moisés, Elías y Jesús. Los tres fueron verdaderos oyentes de la Palabra. Los tres le enseñaron a Pedro y sus compañeros en la cima del Tabor cómo es que se escucha la Palabra del Padre. Crea en nosotros el silencio que necesitamos para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los que sufren. Que tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros podamos enfrentar los desafíos que provienen de la opción por ti. Que tu palabra nos oriente para que podamos experimentar lo mismo que los discípulos: la fuerza esperanzadora de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.


2. El Texto


Lucas 9,28-36: “28. Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. 29. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, 30. y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; 31. los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén. 32. Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. 33. Y sucedió que, al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. 34. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. 35. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle.» 36. Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

3. Notas para profundizar en el texto

1. La Transfiguración recoge un mensaje muy importante. Se trató de una ayuda muy grande para Jesús, para sus discípulos y para las primeras comunidades. Confirmó a Jesús en su misión como Mesías-Siervo. Ayudó a los discípulos a superar la crisis que la cruz y el sufrimiento les causaba. Llevaba a las comunidades a profundizar en su fe en Jesús, Hijo de Dios, Aquél que reveló el Padre. La Transfiguración continúa siendo una ayuda para superar las crisis que el sufrimiento y la cruz nos producen hoy. Los discípulos soñolientos son el espejo de todos nosotros. La voz del Padre se dirige a ellos, como a nosotros: “¡Este es mi Hijo, mi Elegido, escúchenlo!”

2. En aquel ambiente glorioso que envuelve a los presentes, Jesús es el que resplandece con el fulgor del Padre, por su obediencia, por su entrega sin reservas y el Padre se hace visible en el Hijo cuya palabra tiene autoridad: “¡escúchenlo!” Cuando los fulgores de la transfiguración se apaguen, quedará sólo Jesús, porque para quien ha gustado algo de la gloria del Mesías Señor y ha quedado prendado del deseo de conocerle y entrar en el misterio de su persona, todas las demás luces y resplandores de este mundo se vuelven insignificantes y pierden intensidad. Del silencio fecundo de los que estuvieron con Él en el monte, vivimos los que vamos siendo transformados en imagen velada de Cristo entre los hombres. Una tarea callada de mediación entre los hombres, sembrando de esperanza el futuro de todo semejante. La contemplación de la gloria de Dios en el rostro trasfigurado de Jesús alienta nuestro camino al encuentro con su cruz, el camino de la pascua.

3. Una asombrosa experiencia de oración: “Subió al monte a orar”. Lucas, quien siempre presenta a Jesús orando en los momentos cumbres de su ministerio, ambienta la escena de la transfiguración en una experiencia de oración. Al interior de la relación de Jesús con su Padre hay una comunicación intensa de la cual no conocemos las palabras sino el efecto transformador que tiene en él. Curiosamente en un relato evangélico de tan intensa comunicación entre Jesús y el Padre, Jesús y sus discípulos, Jesús y Moisés y Elías, Pedro y Jesús, el Padre y todos juntos, en ningún momento se reportan las palabras de Jesús. Pero la mirada no se aparta en ningún instante de la persona de Jesús transfigurado. En los discípulos, en quienes nos reflejamos los lectores, predomina una actitud de atención a cada detalle y, excepto las pocas palabras desatinadas de Pedro, se nota un silencio reverente y contemplativo que se prolonga más allá de la escena (v.36: “Ellos callaron”). No dijeron a nadie nada de lo que habían visto”. Todo apunta a la formación de testigos. La parte central del relato se concentra en lo que los discípulos vieron y oyeron en la montaña.

Ellos son tomados intencionalmente por Jesús para ser asociados en el acontecimiento, “tomar consigo” no se refiere a una invitación simplemente para acompañarlo sino para participar. Subir “a la montaña” es entrar a un espacio de revelación.

4. Una oración transformante: El evangelista deja entender que el cambio en el aspecto de Jesús es obra de Dios (literalmente “él fue transformado”). El hecho nos remite a lo que sucedió en la experiencia de oración de Moisés en el Monte Sinaí: “Su rostro se había vuelto radiante, por haber hablado con él (Yahveh)” (Éxodo 34,29; a lo mismo se refiere Pablo en 2ªCorintios 3,7.13). Sin embargo, a diferencia de Moisés, la luz de Jesús no viene del exterior sino desde dentro. Jesús brilla con luz propia, no con luz refleja. Lucas dice explícitamente que el “aspecto” externo del rostro de Jesús cambió, pero luego completa la descripción anotando que se trata de una manifestación de la “gloria” de Jesús, la majestad del Hijo del hombre en la plenitud del Reino de Dios, punto culminante de su camino.

La presencia de Moisés y Elías, hace referencia a los testigos que dan cuenta cómo Dios obra en medio del aparente absurdo de los acontecimientos, ya que fueron testigos, profetas rechazados, su misión casi les costó la vida. Fueron servidores de los caminos de Dios aún en medio de la testarudez de un pueblo que en más de una ocasión se vino en contra ellos; pero su sufrimiento valió la pena: su camino entero ahora es modelo de la gloria que emerge de dentro del dolor cuando éste es vivido en función de los demás, rompiéndose interiormente al servicio de la obra salvífica de Dios en el mundo.

5. También la Transfiguración es un misterio “para nosotros”, nos toca de cerca. San Pablo, en la carta a los Filipenses, dice que el Señor “transfigurará nuestro cuerpo para conformarlo a su cuerpo glorioso” (3,21). El Tabor es una ventana abierta sobre nuestro futuro; nos asegura que la opacidad de nuestro cuerpo también se transformará un día en esa luz.

La transfiguración, como se puede ver, es la mejor ocasión para reflexionar sobre el “hermano cuerpo”, como lo llamaba san Francisco de Asís. El cuerpo no es para la Biblia un apéndice del ser humano; es parte integrante. El hombre, es cuerpo, creado por Dios, asumido por el Verbo en la Encarnación y santificado por el Espíritu en el Bautismo. El hombre bíblico permanece encantado frente al esplendor del cuerpo: “Has hecho de mí un prodigio. Tú me has tejido en el seno de mi madre. Son estupendas tus obras” (Salmo 139,14.13). El cuerpo está destinado a compartir eternamente la gloria del alma. “Cuerpo y alma, o serán dos manos juntas en eterna adoración, o dos pulsos maniatados por una cautividad eterna” (C.Péguy). El cristianismo predica la salvación del cuerpo, no el liberarse del cuerpo. En este sentido, la Transfiguración tiene un mensaje particular para todos nosotros. San Pablo le recomendaba a los primeros cristianos: “Glorifiquen a Dios en sus cuerpos” (1 Corintios 6,20).

4. Orar con el texto

Jesús te lleva a lo alto de una montaña para orar.
Mientras oras, el centro es Jesús y de a poco su aspecto, su rostro se va transfigurando para ti.
Es inevitable hablar en la oración de sufrimientos, de muerte, que se ha consumado en Jesús para tu salvación.
Te puedes caer de sueño o aburrimiento en la oración, pero espabilándote verás la gloria de tu Salvador Jesucristo.
Como Pedro podrás decirle a Jesús: Maestro, que hermoso es estar aquí…
Una voz desde la nube te dirá: “Este es mi Hijo, el escogido, escúchalo”
Silencio contemplativo que se extienda a lo largo de tu día, que quede resonando en tus oídos como la lección más importante del texto de hoy “escúchalo”

5. Algunas preguntas

¿Cómo te acercas a quien sufre, a quien debe asistir a la “desfiguración” del propio cuerpo?

¿Te acuerdas y crees en las palabras de Pablo: “Él transfigurará nuestro cuerpo para conformarlo a su cuerpo glorioso”?

¿Qué te enseñan los discípulos a lo largo de este relato?

¿Cómo vas a poner en práctica durante esta cuaresma el mandato de Dios Padre: “Escuchen” a mi Hijo?

¿Cómo es tu experiencia de oración?

¿Tu vida se va transformando a la luz de la escucha del Hijo de Dios?

6. Oración conclusiva

Señor Jesús, ilumínanos siempre con tu Palabra y con el don de tu persona entregada. Enséñanos siempre a esperarte. Amén

O bien el Salmo 67:

Que Dios nos dé su gracia y nos bendiga
Y haga brillar su rostro sobre nosotros
Conocerán tus sendas sobre la tierra,
Tu salvación en todas las naciones.
¡Oh Señor, que los pueblos te celebren
Que los pueblos te aclamen todos juntos!
Las naciones con júbilo te canten,
Porque tú juzgas al mundo con justicia,
Con equidad tu juzgas a los pueblos,
Tú riges en la tierra a las naciones.
¡Oh Señor, que los pueblos te celebren
Que los pueblos te aclamen todos juntos!
La tierra ha producido su fruto
Dios, el Señor, nos dio su bendición.
Que nos bendiga Dios, y se le respete
En todos los confines de la tierra.

(P. Fidel Oñoro, cjm Instituto Bíblico Pastoral Latinoamericano)

 

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3º Domingo de Cuaresma. Ciclo C


La paciencia de Dios. Lucas 13,1-9

1. Oración inicial

Espíritu Santo, incluso cuando nuestras palabras no llegan a expresar bien la espera de la comunión contigo, tu invisible presencia habita en cada uno de nosotros y nos ofreces la paz y la alegría. Señor Jesús, siembra en nosotros tu Palabra. Fecunda tú nuestros deseos de buscarte y de hacer tesoro del bien y la vida que siembras en nosotros para que los podamos hacer fructificar en favor de nuestros hermanos. (Hno Roger de Taizé)


2. Lectura

El texto: “1En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. 2Les respondió Jesús: «¿Piensan que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? 3No, les aseguro; y si no se convierten, todos perecerán del mismo modo. 4O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿piensan que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? 5No, les aseguro; y si no se convierten, todos perecerán del mismo modo.» 6Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. 7Dijo entonces al viñador: "Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?" 8Pero él le respondió: "Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, 9por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas."»

3. Notas para profundizar el texto

A.- Tenemos, hoy, el primer itinerario de conversión. Su finalidad es despertar las conciencias adormecidas y acomodadas en su estilo de vida.

La conversión cristiana es una conversión en la historia, teniendo en cuenta la vida cotidiana y con hechos (“frutos”) concretos. La conversión es una cuestión de responsabilidad y cada uno está llamado a asumir la parte que le corresponde.

La enseñanza de Jesús tiene en la mira además la misericordia de un Dios que no solamente pide conversión sino que ayuda a que ella sea posible: “cavaré a su alrededor y echaré abono” (13,8). El llamado a la conversión se desarrolla en dos partes:

1º) La consideración de dos acontecimientos de la historia que sirven de punto de partida para insistir en la exhortación: “Si no se convierten, todos perecerán del mismo modo” (13,1-5). Jesús ejercita el análisis de acontecimientos que ponen a su consideración.

“¿Piensan que esos... eran más pecadores/culpables que los demás...?” “No, les aseguro; y si no se convierten, todos perecerán del mismo modo” Jesús no se queda en los acontecimientos en sí, sino que descubre dentro de ellos la voz de Dios que le advierte a cada uno sobre la inseguridad de su propio destino. Si los galileos asesinados y los jerosolimitanos accidentados no eran menos pecadores que el resto de los de su tierra y generación, entonces no hay nadie que no necesite, que esté exento de la conversión, todos la necesitamos.

Las calamidades individuales no indican responsabilidades individuales sino que son “signos”, o sea, avisos de juicio divino que amenaza a una humanidad pecadora. Las desgracias en principio no están asociadas a un castigo por parte de Dios por un pecado, en realidad se trata más bien de lo contrario: es el pecado en general el responsable del mal que hay en el mundo.

La vida nos da continuamente lecciones, sea de los hechos trágicos de la cotidianidad o sea de las calamidades naturales. Detrás de todo, el Dios de la vida continuamente nos está invitando a vivir.

2º) La narración de la parábola de la higuera estéril, que plantea la necesidad de valorar el tiempo de la paciencia de Dios y por lo tanto no hay que aplazar el arrepentimiento (13,6-9). La parábola de la higuera nos dice en pocas palabras: “Si Ustedes no se arrepienten, serán derribados y perecerán, como la higuera estéril”. De hecho, dentro de un sembrado, todo árbol que no sirve, que simplemente ocupa espacio, es abatido.

La parábola nos va dando detalles interesantes: Se habla de una higuera sembrada en una viña. ¿No es extraño? Esta viña no es propiedad del viñador. ¿Qué indica esto? El dueño ha venido tres años seguidos a buscar su fruto. ¿Estos tres años tienen algún valor simbólico?

El tiempo de la espera de un año, que suplica el viñador al Patrón, ¿no será una referencia a la fe en la eficacia del “año de gracia” (Lc 4,19) anunciado en la Sinagoga de Nazareth?

El viñador tiene esperanza en la higuera, a pesar de su esterilidad constatada, él cree poder ayudarla a cambiar de situación volviéndola fecunda. El cambio será tal que el fruto esperado no será una cuestión casual, sino que será duradero: “fruto en adelante”

El año más de paciencia que se le pide al viñador evoca su misericordia. Esta misericordia se hace concreta en el servicio que se le presta a la higuera para que genere vida. De la higuera se espera una respuesta. De esta respuesta dependerá su vida en adelante. Por eso llama la atención la manera como se conjuga la misericordia (Dios le da un tiempo más) con la justicia (“Si no da fruto, la cortas”. Esto equivale a decir: “El hecho que todavía estés aquí es una oportunidad que Dios te está dando. Él te ha tenido paciencia. Pero no abuses de la misericordia de Dios. Llegará un tiempo en que ya no podrás hacer nada”.

Jesús interpela a todo aquel que está siempre dejando “para mañana” la conversión, el dejar definitivamente un mal hábito, el corregir una conducta dañina. El retraso de la conversión nos coloca en una situación peligrosa. El Señor da un tiempo de espera, y no lo hace de brazos cruzados, Él hace todo lo que puede para que por fin la higuera comience a fructificar. Pero al final, “si no da fruto, se corta”.

Recordemos la predicación de Juan Bautista: “Den, pues, frutos dignos de conversión... ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego” (3,8-9).

B.- La conversión es un llamado a la vida. La vida siempre está amenazada por razones que provienen de la maldad humana o la incontrolable naturaleza. Pero también hay una forma de negación de la vida simbolizada en la esterilidad de la higuera. La conversión no es simplemente para “no perecer” sino ante todo para que, por la obra de Jesús -el viñador que nos invita a tomar en serio el tiempo de sus cuidados- la fuerza escondida del Reino relance nuestra vida hacia su plenitud, desarrollando todas nuestras potencialidades en la dirección para la cual fuimos creados.

Se nos invita a no aplazar la conversión. La principal motivación es vivir una vida fructífera. La invitación del Señor ha resonado, no podemos echarla en saco roto.

Por otro lado ejerzamos la paciencia de Dios para no hacer juicios precipitados sobre alguien “No es lo mismo arrancar una hierba o una flor que matar a una persona. Eres imagen de Dios y le hablas a una imagen de Dios. Tú que juzgas, serás también juzgado (Mt 7,1).

Examina bien a tu hermano, como si debieras ser medido con la misma medida. Atento a no cortar y arrojar lejos de manera temeraria a un miembro de manera incierta, para que los miembros sanos no sufran detrimento. Reprende, reprueba, exhorta. Eres discípulo de Cristo manso y humilde, que llevó nuestras enfermedades (Is 53,4). Si encuentras una primera resistencia, espera con paciencia. A la segunda, no pierdas la esperanza, todavía hay tiempo para la mejoría. Al tercer choque trata de imitar a aquél benévolo agricultor y pídele al Señor que no arranque al higo infructuoso (Lc 13,8), que no sane, que lo encamine, a través de la confesión. Quizás cambiará y dará frutos”. (San Gregorio Nacianceno, Sermón 32,30)

Los poderosos de este mundo, si no producen el bien que deben, no lo dejan hacer tampoco a aquellos que los rodean, porque su ejemplo ejerce influencia como una sombra que estimula. Son como un árbol infructuoso y debajo y alrededor, la tierra permanece estéril.

Los rayos del sol no alcanzan la tierra porque cuando los débiles ven sus malos ejemplos, también ellos, permaneciendo privados de la luz de la verdad, permanecen infructuosos; sofocados por la sombra no reciben el calor del sol y permanecen fríos, sin el calor de Dios.

Ocupa inútilmente el terreno quien le crea dificultades a las mentes de los otros. Ocupa inútilmente el terreno quien no produce buenas obras en el oficio que tiene o en el estilo de vida que lleva”. (San Gregorio Magno, Homía 31,4)

C.- Sobre los que aman al Señor con todo el corazón…se posará sobre ellos el Espíritu del Señor (cf. 1CtaF 1-6) El camino de la penitencia que Francisco propone en sus escritos, está siempre en sintonía con el deseo y la adhesión del creyente para vivir en la llamada del Señor que es obediencia de fe que da frutos. Desde un estar en la vida en dinámica de peregrinos y caminantes, siempre sostenidos por el amor paciente e incondicional del Buen Pastor que primero se entregó por todos y sigue esperando a todos.

No olvidemos esto: Ninguna persona está excluida de la posibilidad de cambiar para ser mejor. Ninguna persona debe ser considerada como irrecuperable. Hay en la vida situaciones morales que parecen callejón sin salida: personas en la casa que arrastran problemas gravísimos, droga o de delincuencia, odios, deshonestidad, errores de los padres que los hijos pueden llegar a considerar imperdonables, o condicionamientos de todo tipo. Pues también para ellos hay una esperanza, una posibilidad de cambio. Cuando Jesús dijo que era más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los Cielos, los apóstoles reaccionaron asustados: “Y entonces quién podrá salvarse?”. Jesús respondió con una frase que vale también para los casos que mencioné: “Imposible para los hombres, pero no para Dios”.

4. Orar con el texto

Te presentas a contar a Jesús tus dramas, desgracias, angustias, dolores o las de tus hermanos.

Jesús te dice: “¿piensas que tú o esos tus hermanos son más pecadores que los demás?...Pero si no se convierten todos perderán la vida igualmente (la vida eterna)”. Jesús te cuenta una parábola: “mi Padre tiene una higuera plantada en su viña (que eres tú). Va siempre a buscar fruto y no siempre lo encuentra. Me dijo: muchos años llevo viniendo a buscar fruto en la higuera (que eres tú) y no siempre lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar sitio en balde en la iglesia? Yo le dije: déjala todavía. Cavaré alrededor y le echaré abono a ver si da fruto. Si no, la cortarás”

Silencio reflexivo mirando tu propia vida y su semejanza o no con la higuera.

5. Algunas preguntas

¿De dónde provienen los llamados para que cambiemos de vida?

5.2. ¿Hay algún pecado del cual vengo aplazando continuamente la conversión? ¿Cuándo voy a dar el paso que me hará una persona libre?

¿De qué forma se expresa la misericordia de Dios en este pasaje? ¿Cómo la he experimentado en mi propia vida?

¿Daría lo mismo convertirse que no convertirse, cambiar o no cambiar?

6. Oración final

“¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno a oscuras?
¡Oh, cuanto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía:
‘Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!’
Y ¡cuántas, hermosura soberana:
‘Mañana le abriremos’, respondía,
para lo mismo responder mañana! Amén.


(De la Liturgia de las Horas)

(P.Fidel Oñoro, cjm Instituto Bíblico Pastoral Latinoamericano)

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4º Domingo de Cuaresma. Ciclo C

Lo vio y se conmovió…(El Hijo pródigo) Lucas 15, 1-3.11-32

1.- Oración inicial

Dios que nos amas, por muy pobre que sea nuestra oración, te buscamos con confianza. Y tu amor abre una brecha a través de nuestras indecisiones e incluso de nuestras dudas. (Hno. Roger de Taizé)

O bien:

Aquí estamos, Señor, en tu presencia.
Gracias, Padre Bueno, porque siempre nos recibes sin condiciones.
Aquí estamos, Jesús, ante ti, que eres el Camino, la Verdad y la Vida,
y te pedimos el regalo de tu mirada, la luz que nos hace ver tu luz.
Abre nuestros corazones a la escucha,
ilumina los rincones oscuros de nuestra vida,
ayúdanos a identificar las sombras de nuestro mundo,
permítenos poder agradecer esta luz que nos viste de fiesta,
renueva nuestra fe y nos convierte a tu amor. Amén.
(Homilética, Vol. 50, 2004/2)


2.- Lectura


El texto: Lucas 15,1-3.11-32: “En aquel tiempo 1. se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. 2. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: - Ése acoge a los pecadores y come con ellos. 3. Jesús les dijo esta parábola: - 11. Un hombre tenía dos hijos; 12. el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El Padre les repartió los bienes. 13. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. 14. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. 15. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. 16. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. 17. Recapacitando entonces se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan mientras yo aquí me muero de hambre. 18. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; 19. ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. 20. Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. 21. Su hijo le dijo: - Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. 22. Pero el padre dijo a sus criados: - Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; 23. traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, 24. porque este hijo mío estaba muerto y revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado. Y empezaron el banquete. 25. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, 26. y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. 27. Éste le contestó: - Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud. 28. Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. 29. Y él replicó a su padre: - Mira, en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; 30. y cuando ha venido ese hijo tuyo, que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado. 31. El padre le dijo: - Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: 32. deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado”.

3.- Notas para profundizar el texto

1. Esta parábola del “hijo pródigo”, ilumina este rostro del Dios Padre misericordioso. Se pone de relieve una imagen de Dios, ya revelada en el Antiguo Testamento (Ex 34,6), pero que parece que haya sido olvidada por los escribas y fariseos que hacían hincapié en la imagen de un Dios “que castiga la culpa de los padres en los hijos” (Ex 34,7). Jesús critica esta conducta con su enseñanza y con su modo de obrar. Él, el “justo” de Dios (1Pt 3,18), “recibe a los pecadores y come con ellos” (Lc 15,2). Jesús nos hace ver que el pensar y el obrar de Dios son muy diversos del pensar y obrar humanos. Dios es diverso, y su trascendencia se manifiesta en la misericordia que perdona las culpas.

2. A la misericordia del padre que “se le conmueven las entrañas”, se contrapone la conducta severa del hijo mayor, que no acepta a su hermano como tal, sino que en el diálogo con el padre lo define “este hijo tuyo que ha malgastado todos sus bienes con prostitutas”.

Muy sugestivo es el contraste entre los dos hermanos. El menor, reconoce su miseria y su culpa, regresa a casa diciendo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de llamarme hijo tuyo”. El mayor, nos muestra una postura de arrogancia, no sólo con respecto a su hermano, sino hasta con su padre. Sus reproches contrastan mucho con la dulzura del padre que saliendo de la casa, va a su encuentro a “rogarle” que entre en casa.

El padre se comporta de igual manera con sus dos hijos, y va al encuentro de ellos para hacerlos entrar en la casa. Es la imagen de Dios Padre que nos invita a la conversión, a volver a Él: “Vuelve, Israel apóstata, dice el Señor. No te mostraré mi rostro indignado, porque yo soy misericordioso, dice el Señor. Reconoce, pues, tu maldad, pues contra tu Dios has pecado dispersando tus caminos hacia los extraños, bajo todo árbol frondoso y desoyendo mi voz. Oráculo del Señor. Volved, hijos rebeldes – dice el Señor – porque yo soy vuestro Señor" (Jer 3, 12 -14).

3. Nos sentiremos identificados con los dos hijos de la parábola, por la ambigüedad que vivimos en nuestra relación con Dios: con el pequeño que abusa del amor generoso y con el mayor que necesita comprar y asegurar el amor con sus méritos. El tiempo cuaresmal conduce una vez más nuestras vidas al escándalo de la misericordia, donde lo más importante es que nos sintamos agradecidos, liberados, regenerados por el amor incondicional del Padre. Nadie podrá privarnos de la fiesta de su gracia, ni siquiera el recuerdo de nuestros pecados.

4. Cada parábola de Jesús es una llamada al corazón del hombre. En cada una de ellas el Padre sale al encuentro del hombre errabundo, que parece no saber dónde ir, para festejar con él el regreso a su casa. Dios, como Padre que es, quiere a todos en torno suyo, compartiendo todo lo suyo. Lo más suyo es Jesús, que salió un día con la fortuna del Padre, la vida eterna, para entregársela a los hombres en prenda de su amor por ellos. El Padre está de fiesta porque el Hijo ha regresado a casa trayendo consigo a todos los hijos perdidos que estaban muertos. Recordemos nuestra llegada en la fe a la casa del Padre con Jesús. Es memoria de todo ello anticipado ya en nuestro bautismo, y es memoria anticipada de la Parusía celebrada en la Eucaristía. Que cuando sigan llegando hermanos nuestros, que estaban muertos y perdidos, como lo estuvimos nosotros también, nuestro corazón salte de alegría al unísono con el del Padre y entremos con ellos en su fiesta perdurable.

5. “Guárdense los hermanos de turbarse o airarse por el pecado de otro hermano…” (cf. 1R 5, 7). Reconocemos el alma fina y evangélica del hermano Francisco cuando propone y protege lo que para él es el corazón del evangelio: la fraternidad siempre haciéndose. El amor sin juicio y la solicitud maternal entre los hermanos y para con toda humana criatura, son para él caminos privilegiados para el seguimiento cada día más verdadero del Señor.

4.- Orar con el texto:

Silencio reflexivo dejando que la Palabra ilumine toda nuestra persona, nuestra vida, nuestra conducta.

5.- Algunas preguntas

Imagínate dentro de la escena de la parábola. ¿Con quién te puedes identificar?

¿Con el hijo menor, que estuvo perdido y fue encontrado?

¿Con el hijo mayor, que critica el gesto misericordioso y amoroso del padre?

¿Con el padre, que sabe confiar en sus hijos y que les ama incondicionalmente con perdón y comprensión?

¿Cuántas veces reflejas el amor de este padre en tu vida?

Cada uno de nosotros tenemos experiencias de la personificación del amor de Dios como Padre. ¿Cómo se ha hecho real esta experiencia en tu vida? ¿Cómo manifiestas este amor a los demás?

6.- Oración conclusiva

Padre, llénanos del gozo de la fiesta de tu Reino en la que somos acogidos por lo que somos: hijos tuyos. Que la confianza en el amor que nos tienes, sostenga siempre nuestra vida y haga igualmente digna a nuestros ojos la vida de nuestros hermanos. Por Jesucristo tu Hijo en quien hemos conocido tu bondad y tu misericordia. Amén

O bien:

Padre amoroso, estoy lleno de gozo y agradecimiento. Gracias por todo: por el don de vida, por tus manos que me cuidan, por tu presencia que nunca falla.
Padre misericordioso, a veces siento que no merezco el perdón que siempre me das cada vez que me alejo de ti y no te hago caso.

Muchas gracias, Padre, por ser como Tú eres, amoroso y misericordioso, firme y justo a la vez.

Perdóname, Padre, por no haber sido lo bastante agradecido, cuando no he transmitido tu Palabra a los demás, cuando no he sabido perdonar, cuando no he podido darme a los que me necesitan.

Padre, ayúdame a ser como Tú. Que sepa perdonar y no vengar. Que ame sin condición ni pedir cuentas. Que sea tu presencia acogedora y amorosa.

Padre, ¡estoy aquí! Gracias por tu llamada: a amar, a perdonar, a “vivir” y a “morir”.

Padre, ¡estoy aquí! Dame un abrazo. Ponme en tu regazo. Sé mi Padre, ahora y para siempre.


P. Fidel Oñoro, cjm Instituto Bíblico Pastoral Latinoamericano
Cecilia Payawal, pddm (Filipinas)

 

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5º Domingo de Cuaresma. Ciclo C

“¡Tampoco yo te condeno!” Juan 8, 1-11

1. Oración inicial

Espíritu Santo que derramas en nosotros la misericordia del Padre, ayúdanos a saber esperarte en la oración, danos acoger la mirada de amor que pones en cada una de nuestras vidas. (Hno. Roger de Taizé)

2. Lectura

El texto: “Mas Jesús se fue al monte de los Olivos. 2. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. 3. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio 4. y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. Tú qué dices?» 6. Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de ustedes que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.» 8. E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. 9. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. 10. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» 11. Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»

3. Notas para profundizar el texto

1. Este domingo consideramos un bellísimo pasaje que no pierde de vista la experiencia de la misericordia: el de la mujer sorprendida en adulterio. Frente a ella y también frente a sus acusadores hoy vemos a Jesús como Señor de la misericordia y del perdón, que penetra en lo más íntimo del corazón del hombre.

El contexto del pasaje es del conflicto. La misericordia de Jesús escandaliza a los fariseos y escribas de su tiempo. Por eso desaprobaron la praxis de Jesús y buscaron la manera de demostrarle que solamente su comportamiento era el que correspondía a la voluntad de Dios.

Para ellos el punto de referencia era estrictamente la Ley.

Precisamente en este punto es que ahora ponen a prueba a Jesús y ésta será la ocasión para una magnífica enseñanza sobre el dinamismo del perdón: reconocer el pecado, ser perdonado y perdonar a los demás. Y viceversa, así como no está autorizado para juzgar quien tiene motivos para ser juzgado, igualmente sólo quien perdona puede ser perdonado por Dios.

2. Tanto los acusadores como la mujer acusada experimentaron la misericordia de Dios. Los acusadores comprendieron que quien acostumbra levantar el dedo para señalar el pecado de otros es una persona que también necesita de la misericordia de Dios y que por eso no debían actuar con presunción y sin misericordia con el prójimo.

Por otra parte, la misericordia de Jesús le salvó la vida a la mujer de dos maneras: de la pena de muerte que le querían aplicar sus violentos acusadores y también de arruinar el resto de su vida, al ofrecerle el perdón de Dios que da fuerza interna para no volver a pecar.

De esta manera se cierra el ciclo de las catequesis-bíblicas cuaresmales sobre Jesús el gran misericordioso quien nos tiende la mano en los itinerarios de conversión que renuevan el corazón. Las últimas y más expresivas expresiones de perdón se las escucharemos dentro de una semana desde la Cruz.

3. El oficio de la Ley, y de sus secuaces, es condenar y matar al pecador. La misión de Jesús es juzgar al hombre en su realidad de pecado, no para condenarlo sino para ofrecerle la justificación de Dios. Tal misericordia mereció la muerte de Jesús; y de una y otra vivimos nosotros la tarea de la gracia recibida. Todos hemos sido acusadores de los demás, con lo que sólo buscábamos comprometer la misericordia de Dios como injusta. Pero al serlo, precisamente, todos nos asimilamos a la adúltera; no hemos sido condenados sino agraciados con el perdón como gracia recibida y tarea.

4. “Ayuden espiritualmente, como mejor puedan, al que pecó…” (1R 5, 7-8). El difícil ejercicio de la discreción y la comprensión es el que Francisco pide a los hermanos como camino de verdadera fraternidad, recordando que quienes necesitan médico no son los “sanos sino los enfermos” (Mt 19,12; Mc 2, 17). La turbación por el pecado del hermano, en vez del compromiso por estar cerca y acompañarlo abriéndole nuevos caminos, es obra del maligno (1R 5, 7); para Francisco, la acusación sin rescate no tiene cabida en la fraternidad. El rescate del hermano es el único camino que construye y cimienta una verdadera familia de hermanos que tiene forma de cruz.

4. Orar con el texto

Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó en el Templo
Todo el pueblo acudía a Él y Él sentándose les enseñaba
Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio
Jesús inclinándose escribía con el dedo en el suelo
El que esté sin pecado que le tire la primera piedra
Mujer, ¿ninguno te ha condenado?... tampoco yo te condeno, anda y no peques más

5. Algunas preguntas

¿Qué resonancia tiene en ti el relato? ¿Cuál es el mensaje que te deja personalmente?

¿Cómo reaccionas ante personas que te ponen a prueba para que caigas o para dejarte mal?

¿La misericordia te lleva a aprobar los pecados a los demás? ¿caes en el relativismo moral?

¿Cómo conjugas la justicia con la misericordia?

¿Te consideras una persona sin pecado?

¿Cómo te comportas ante las fallas y debilidades de los otros? ¿Qué actitudes te pide Jesús que tenga?

¿De qué manera concreta buscas y recibes el perdón de tu Señor?
¿Valoras el sacramento de la confesión? ¿Lo haces con frecuencia o lo descuidas?

7. Oración final


A ti, Padre, nos dirigimos suplicantes en el nombre de Jesús. Traemos a tu memoria rica en piedad y misericordia a todos los reos pendientes de las leyes humanas. Mira con piedad y clemencia a todos los que van por mal camino y ayúdalos a volver por la buena senda. Escucha el llanto de los huérfanos, de los que padecen todo tipo de sufrimientos, de los que están solos, de los emigrantes explotados. Hazte presente en los corredores de la muerte, en los enclaves de los atentados, en las vidas de las mujeres, niñas y niños prostituidos. Cambia el corazón de los jueces, de los legisladores, de los funcionarios públicos. Transforma el afán de venganza de la gente en deseo de tu justicia; la rabia ante el dolor producido, en fortaleza de vida; la inmadurez de soñar un mundo sin dolor, en el realismo evangélico de la Cruz. Padre, todos somos deudores de tu misericordia; haznos también testigos de tu amor desbordado por todos los hombres. Te elevamos nuestra súplica en alabanza de tu gloria para siempre. Amén.

(P. Fidel Oñoro, cjm Instituto Bíblico Pastoral Latinoamericano)

O bien orar con el Salmo 32,1-11:

Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.
Mientras callé se consumían mis huesos, rugiendo todo el día,
porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi savia se me había vuelto un fruto seco.
Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: "Confesaré al Señor mi culpa",
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.
Por eso, que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará.
Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación.
Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir, fijaré en ti mis ojos.
No seáis irracionales como caballos y mulos, cuyo brío hay que domar con freno y brida;
si no, no puedes acercarte.
Los malvados sufren muchas penas; al que confía en el Señor,
la misericordia lo rodea.
Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero.

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Domingo de Ramos. Ciclo C

Amor hasta el extremo…Lucas 22,14 - 23,56

1. Comencemos orando


Tú entras, Amado Señor, en la gran Ciudad, como Rey, pero no como cualquier Rey. Si tú aceptas los hosannas de la multitud de tus seguidores es porque tú tienes compasión de esta gente buena y sencilla, cargada de problemas, de fatigas y de inquietudes, que busca la paz y la gloria que vienen de lo alto. A todos ellos les abres horizontes de esperanza en cada uno de tus pasos.

Tú entras, Jesús, en la gran Ciudad, para sellar la Alianza definitiva entre Dios y la humanidad. Desde la Cruz quieres darnos el gran abrazo del Padre, desde allí nos ves como pequeños que necesitan ser sanados con paciencia y amabilidad de nuestros vacíos, resistencias, temores, violencias, ambigüedades. Subes a ella, no para condenarnos sino para dignificar nuestra vida con tu benevolencia, tu confianza, tu afecto.

Recordar hoy tu entrada en Jerusalén, Señor, significa para nosotros dejar que tu misterio entre en lo más profundo de nuestra vida, para que allí hagas tu obra. Amén.

2. Lectura del texto

(buscar una forma abreviada)

3. Notas para profundizar el texto

1. Estamos, frente a un texto de importancia capital: se narra el acontecimiento fundamental de la fe cristiana, aquél con el que cada creyente debe confrontarse y conformarse constantemente, aún cuando el texto que se ofrece en este domingo acaba en la sepultura de Jesús. Lucas, es capaz de hacer ver al lector los sentimientos y movimientos interiores de sus personajes principales, sobre todo, de Jesús. El dolor terrible e injusto que padece se nos muestra a través del filtro de su actitud inalterable de misericordia hacia todos los hombres y mujeres, aunque estos sean sus perseguidores y asesinos; algunos de ellos quedan tocados e impresionados por este modo suyo de afrontar el sufrimiento y la muerte, de tal manera que dan signos de creer en Él: el tormento de la Pasión viene suavizado con la potencia del amor divino de Jesús.

2. En el contexto del Evangelio lucano, Jesús va solamente una vez a la Ciudad Santa: la vez decisiva para la historia humana del Cristo y para la historia de la salvación. Toda su narración evangélica es como una larga preparación para los acontecimientos de aquellos últimos días, Jesús los pasa en Jerusalén predicando y haciendo gestos, a veces de tono grandioso (la expulsión de los mercaderes del Templo, 19,45-48), otras veces, misteriosos o provocadores (la respuesta acerca del tributo debido al César, 20,19-26). El evangelista concentra en estos últimos días acontecimientos y palabras que los otros sinópticos ponen en otras fases de la vida pública del Señor. Todo esto se desarrolla mientras el complot de los jefes del Pueblo se intensifica y se hace cada vez más concreto, hasta que a Judas se le ofrece una ocasión propicia e inesperada.

3. Lucas, para indicar esta última y definitiva etapa de la vida del Señor, utiliza varios términos en el curso de su obra: es una “partida” o un “éxodo”, es una “asunción” y es un “cumplimiento”. Así pues, Lucas da a entender a sus lectores, anticipadamente, cómo interpretar la terrible y escandalosa muerte del Cristo al cual han confiado su propia vida: Él realiza un paso doloroso y difícil de entender, pero “necesario” en la economía de la salvación para llevar a buen éxito el “cumplimiento” de su itinerario hacia la gloria. El itinerario de Jesús es paradigma del camino que cada discípulo suyo debe llevar a cabo (Hch 14,22).

4. Su último diálogo lo tiene Jesús con el Padre, intercediendo por los hombres y las mujeres sus hermanos y haciendo entrega del Espíritu recibido para su misión inminente. Jesús ha realizado ya la voluntad del Padre. Por eso nos puede decir a cada uno que “hoy”, escatológicamente, estamos con él, el Enmanuel, el Dios-con-nosotros. Ahora ya sí, de una vez por todas, “hoy”, definitivamente. La sentencia condenatoria colocada sobre la cruz es la última de las mentiras que se le imputaron. Jesús muere como lo que es: un Hombre, el último de todos.

El más hermoso de los hombres ha muerto. Nunca hubo un Hijo más noble ni un hermano más entregado. Su gozo primero ante la llegada del Reino de Dios, quiso transmitirlo a todos. Los poderes del mal que los hombres generan se encargaron de agriar el vino nuevo del Reino.

Pero su voz llegó a algunos; y a aquéllos, su Espíritu también. La cadena de transmisión siguió, y hoy los que le seguimos hacemos memoria suya con el propósito de entregar nuestra vida, en la suya, por todos los hombres y mujeres, sus hermanos y hermanas, los nuestros también.

5. Podríamos subtitular el Oficio de la Pasión del Señor (OfP) escrito por Francisco de Asís: “oración y seguimiento de Jesús” Este largo texto: cosido de salmos y antífonas con el ritmo del oficio divino, fue producido por el hermano Francisco a lo largo de su vida, en la meditación asidua de la pasión del Señor, desde sus propias dificultades y pasiones. Francisco cumple en su contemplación la llamada del evangelio: “mirar al Traspasado” (Jn 19, 37). A través de la fusión y comentario de los salmos va dando nombre y contenido a los sentimientos, sufrimientos e intuiciones que le habitan en su propio camino pascual (desasimiento de sus proyectos, conversión a la fraternidad como proyecto evangélico único). Su vida de creyente le lleva a vivir configurándose con el Maestro a quien ama entrañablemente y con quien quiere entregarse por entero a la voluntad del Padre, con llanto y lágrimas también.

4. Orar con el texto

He deseado enormemente comer esta comida pascual con ustedes antes de padecer
El primero entre ustedes pórtese como el menor y el que gobierna como el que sirve
Ustedes son los que han perseverado conmigo en mis pruebas
Padre, si quieres aparta de mí ése cáliz … pero hágase tu voluntad
No lo conozco…cantó un gallo…lloró Pedro amargamente
Hijas de Jerusalén, no lloren por mi
Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen
Hoy estarás conmigo en el paraíso
Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu


5. Algunas preguntas

Cuando tomes las palmas en este domingo, hazlo con el deseo sincero de iniciar un camino junto con Jesús:

¿Quieres entrar con Jesús a Jerusalén, incluso hasta el Calvario?

¿Qué implica contemplar con serenidad y amor cada uno de los pasos de Jesús en camino de su Pasión, allí donde culminan los pasos de tu Dios?

¿Qué vas a hacer para estar con Él allí donde Él está por ti?

6. Oración conclusiva

Padre, cada año nos permites renovar los misterios de Jesús, tu Hijo amado. Te pedimos nos concedas tu Espíritu Santo para seguir a Jesús hasta la Cruz y con él participar en su resurrección. No permitas que la prueba final agoste nuestra fe. Te lo pedimos en el nombre de Jesús, el Señor, ante quien doblamos las rodillas y el corazón. A ti la gloria y la alabanza por siempre. Amén.

(Estudio Bíblico de apoyo para la Lectio Divina del Evangelio)

 

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Jueves Santo - Cena del Señor. Ciclo C

“Los amó hasta el extremo”. Juan 13, 1-15

ORACIÓN INICIAL


Cuando Tú hablas, Señor, la nada palpita de vida: los huesos secos se convierten en personas vivientes, el desierto florece… Cuando me dispongo a hablarte, me siento árido, no sé qué decir. No estoy, sintonizado con tu voluntad, mis labios no están de acuerdo con mi corazón y mi corazón no hace un esfuerzo por entonarse con el tuyo. Renueva mi corazón, purifica mis labios, para que hable contigo en este Jueves Santo, como tú quieres, para que hable conmigo mismo, con mi mundo interior, para que luego me entregue a Ti y a los demás como tú quieres, como Tú lo hiciste por mi. Amén.

Entremos en el Triduo Pascual

Con la celebración vespertina llamada “Misa en la Cena del Señor”, evocamos y hacemos presente la última cena de Jesús con sus discípulos antes de su Pasión. Así entramos en el corazón del año litúrgico, que es el gran Triduo Pascual. El centro de este “memorial” es el Misterio Pascual, la muerte y resurrección de Jesús. En la muerte de Jesús, Dios ha asumido la naturaleza humana, “hasta la muerte de Cruz”. A través de ella, Jesús “se convirtió en causa de salvación eterna para todos aquellos que le obedecen”. De hecho, la cruz de Jesús no se puede separar de la resurrección, fundamento de nuestra esperanza. Y este es nuestro futuro: “Sepultados... en su muerte, para que también nosotros vivamos una vida nueva”. Todo esto se recoge en la gran Eucaristía que se celebra entre hoy y el Domingo de Pascua. Hoy hacemos “memoria” de aquella primera Eucaristía que Jesús celebró y al mismo tiempo la actualizamos como recuerdo del pasado, como presencia en el hoy de nuestras comunidades. Para profundizar en esto, se nos propone leer hoy el relato del “lavatorio de los pies”. Notemos que en la última cena, el evangelista Juan no habla de la institución de la Eucaristía (que se encuentra ampliamente tratada en el discurso del “Pan de Vida” en Jn 6). Juan prefiere colocar aquí un gesto que indica el significado último de la Eucaristía, como acto de amor extremo de Jesús por los suyos, manifestación de un servicio pleno hacia los discípulos.

LECTIO

Lectura del evangelio: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?» Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde.» Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás.» Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo.» Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza.» Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos.» Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No están limpios todos.» Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman `el Maestro' y `el Señor', y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo hice con ustedes”.

MEDITACIO

1.- Introducción: la hora del amor supremo

La última parte del evangelio de Juan se abre con una introducción solemne: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. El evangelista nos ayuda a recorrer atentamente el último día de Jesús con sus discípulos. Así nos hace comprender que efectivamente ha llegado la “hora” tan esperada por Jesús, la “hora” ardientemente deseada, cuidadosamente preparada, frecuentemente anunciada. Es la “hora” en que manifiesta su amor infinito entregándose a quien lo traiciona, en el don supremo de su libertad. Juan señala que el amor de Jesús viene de Dios y es, por lo tanto, un amor gratuito y total. La cruz de Jesús será la manifestación de este amor divino, afecto supremo que ama hasta las últimas consecuencias, hasta el extremo de sus fuerzas. El gesto simbólico del lavatorio de los pies muestra la significación de la entrega de su vida y el valor ejemplar que ésta tiene para todo discípulo.

2.- El lavatorio de los pies

El episodio del lavatorio de los pies es un “signo” que revela un misterio mucho más grande que lo que una primera lectura inmediata puede sugerir. El gesto contiene una catequesis bautismal y al mismo tiempo una enseñanza sobre la humildad, una ilustración eficaz del mandamiento del amor fraterno a la manera de Jesús: el amor que acepta morir para ser fecundo. “Durante la cena”. En la cena, donde el vivir en comunión encuentra su mejor expresión, pesa la sombra de la traición que rompe la amistad. Pero mientras el traidor se mueve orientado por el diablo, Jesús lo hace dejándose determinar por Dios. Lo que Jesús ha hecho y va a hacer proviene de su comunión con Dios. Ahí radica la libertad que hará que la muerte que le aguarda sea realmente un don de amor por los suyos y por los hijos de Dios dispersos. “El Padre había puesto todo en sus manos”. El amor del pastor protegerá los discípulos de un mundo que quisiera poder arrancarlos de la comunión de vida con su Maestro. Y aunque ellos lo traicionen, Jesús reforzará los vínculos con ellos y les ofrecerá un perdón pleno. Por lo tanto, lavar los pies constituye una promesa de aquel perdón que el Crucificado le ofrecerá a los discípulos en la tarde del día de la resurrección. “Y se puso a lavar los pies de los discípulos”. Notemos en el v.4 los movimientos de Jesús. Para demostrar su amor: se levanta de la mesa, se quita los vestidos (el manto), se amarra una toalla alrededor de la cintura, echa agua en un recipiente, le lava los pies a los discípulos y se los seca con la toalla que lleva en la cintura. El lavatorio de los pies está enmarcado por el “quitarse” y “volver a ponerse” los vestidos. Este movimiento nos reenvía al gesto del Buen Pastor de las ovejas, quien se despoja de su propia vida para dársela a sus ovejas. De hecho, se puede notar que los verbos que se usan en el texto son los mismos verbos que se utilizan en el capítulo del Buen Pastor, cuando se dice que “ofrece su propia vida” y “la retoma” (ver Jn 10,18). El despojo del manto y del amarrarse la toalla son, por lo tanto, una evocación del misterio de la Pasión y de la Resurrección, que el lavatorio de los pies hace presente de manera simbólica. Jesús se comporta como un servidor (a la manera de un esclavo) de la mesa ya que su muerte es precisamente eso: un acto de servicio por la humanidad. Así llegamos a entender que el lavatorio de los pies sustituye el de la institución de la Eucaristía precisamente porque explica precisamente lo que sucede en el Calvario. En el lavatorio de los pies contemplamos la manifestación del Amor Trinitario en Jesús que se humilla, que se pone al alcance y a disposición de todo hombre, revelándonos así que Dios es humilde y manifiesta su omnipotencia y su suprema libertad en la aparente debilidad.

3.- El diálogo con Pedro

La reacción de Pedro no tarda. En el evangelio de Juan, Pedro representa al discípulo que tiene dificultad para entender la lógica de amor de su Maestro y para dejarse conducir con docilidad por la voluntad de su Señor. Pedro no puede aceptar la humildad de su Maestro: se trata de un acto de servicio que, según él, no está a la altura de la dignidad de su Maestro.

En la cultura antigua los pies representan el extremo de la impureza, por eso lavar los pies era una acción que solo podían realizar los esclavos. Pedro se escandaliza de lo que Jesús está haciendo y dicho escándalo pone en evidencia la distancia entre su modo de ver las cosas y el modo como Jesús las ve. Jesús entonces le explica a Pedro que él ahora no puede comprender lo que está haciendo por él, pero en sus palabras le hace una promesa: “¡Lo comprenderás más tarde!”. A la luz de la Pascua no se escandalizará más por todo lo que el Señor hizo por él y por los otros discípulos. Más bien, aquel gesto constituirá un comentario brillante al misterio de amor “purificador” de la Pasión: amor que los hace capaces de amor en la perfecta unión con Dios. De esta forma se podrá tomar parte en su propio destino.

4.- El valor ejemplar del gesto de Jesús

Los vv. 12 a 15 hacen la aplicación del lavatorio de los pies a la vida de los discípulos, para sugerir el estilo de la comunidad de los verdaderos discípulos: cómo debemos comportarnos los unos con los otros. Precisamente aquél que es el “Señor y el Maestro” se ha hecho siervo por nosotros y por tanto la comunidad de los discípulos está llamada a continuar esta praxis de humillación en los servicios –a veces despreciables a los ojos del mundo- para dar vida en abundancia a los humillados de la tierra. Este estilo de vida estará marcado por la reciprocidad, irá siempre en doble dirección, ya que se trata de estar disponibles para hacerse siervos de los hermanos por amor, pero también para saber acoger con sencillez, gratitud y alegría los servicios que otros hacen por nosotros. Juan subraya que tal servicio será un “lavarse los pies unos a otros”; en otras palabras consistirá en aceptar los límites, los defectos, las ofensas del hermano y al mismo tiempo que se reconocen los propios límites y las ofensas a los hermanos.

En fin, retengamos la doble lección: Sólo del reconocimiento del gran amor con el cual hemos sido amados podremos madurar nuevas actitudes de perdón y de servicio con todos los que nos rodean. Por lo tanto, dejémonos aferrar por el amor de Cristo para que nazca de nuestro corazón una caridad y una alabanza sincera. Jesús pide que lo imitemos para que a través de los servicios humildes de amor a los hermanos podamos transformar el mundo y ofrecerlo al Padre en unión con su ofrenda en la Cruz. Ésa es la raíz de la sacerdotalidad.

5.- Algunas preguntar para meditar

1.- Jesús se levantó de la mesa...(movimiento): ¿cómo vives la Eucaristía? ¿te dejas llevar por la acción de fuego del amor que recibes? ¿Corres el peligro de que la Eucaristía de la que participas se pierda en el narcisismo contemplativo, sin llevarte al compromiso de solidaridad y deseos de compartir? Tu compromiso por la pastoral, por tu comunidad, por los que sufren, ¿viene de la costumbre de encontrarte con Jesús en la Eucaristía, de la familiaridad con Él?

2.- Jesús se quitó los vestidos: Cuando de la Eucaristía pasas a la vida ¿sabes dejar los vestidos de la comodidad, del interés personal, para dejarte guiar por un amor auténtico hacia los demás? ¿O después de la Eucaristía no eres capaz de dejar los vestidos del dominio y de la arrogancia para vestir el de de la sencillez, el de la pobreza, el de la humildad?

3.- Jesús se ciñó una toalla (delantal): es la imagen de la “Iglesia del servicio”. En la vida de tu familia, de tu comunidad, de tu parroquia ¿vas por la vía del servicio? ¿Estás comprometido directamente con el servicio a los hermanos especialmente de los que padecen cualquier tipo de dolor? ¿Sabes percibir el rostro de Cristo cuando pide ser servido, amado en los pobres y sufrientes?

4.- ¿Qué servicios concretos me está pidiendo Jesús en esta etapa de mi vida? ¿Estoy disponible con libertad de corazón o estoy resistiendo?

5.- ¿Qué gestos concretos de amor humilde y servicial podría hacer hoy o en estos días para aliviar el dolor de mis hermanos que sufren y para dar repuesta a sus necesidades?

ORATIO

a).- Momento de silencio orante

Contemplación personal.

b).- Salmo 116 (114-115), 12-13;15-16;17-18

El salmista que se encuentra en el templo y en presencia de la asamblea litúrgica escoge su sacrificio de acción de gracias. “¿Qué cosa puedo ofrecer al Señor por los dones que me ha dado?”

¿Cómo pagar a Yahvé todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de salvación e invocaré el nombre de Yahvé.

Mucho le cuesta a Yahvé la muerte de los que lo aman. ¡Ah, Yahvé, yo soy tu siervo, tu siervo, hijo de tu esclava, tú has soltado mis cadenas!

Te ofreceré sacrificio de acción de gracias e invocaré el nombre de Yahvé. Cumpliré mis votos a Yahvé en presencia de todo el pueblo,

c).- Oración final

Fascinado por el modo con que Jesús expresa su amor a los suyos, Orígenes reza así:
Jesús, ven, tengo los pies sucios, Por mí te has hecho siervo, versa el agua en la jofaina; Ven, lávame los pies.. Lo sé, es temerario lo que te digo, pero temo la amenaza de tus palabras: “Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo” Lávame por tanto los pies, para que tenga parte contigo. (Homilía 5ª sobre Isaías)

Y San Ambrosio, preso de un deseo ardiente de corresponder al amor de Jesús, así se expresa:

¡Oh, mi Señor Jesús! Déjame lavar tus sagrados pies; te los has ensuciado desde que caminas por mi alma… Pero ¿dónde debo buscar el agua de la fuente para lavarte los pies? A falta de ella, me quedan los ojos para llorar: bañando tus pies con mis lágrimas, haz que yo mismo quede purificado. Amén. (Tratado sobre la penitencia)

 

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Viernes Santo - Pasión del Señor. Ciclo C

La Victoria de la Cruz: Insondable misterio de amor y de dolor. Juan 18, 1- 19,42

Oración inicial
(canto u oración en silencio)

“Contemplemos hoy la Cruz de Jesús con silencio reverente, tratando de captar el insondable misterio de amor y de dolor que se manifiesta en ella. A través del terrible sufrimiento y la muerte del inocente Jesús, vislumbramos y acogemos agradecidos un don inmerecido: la liberación del mal, el perdón de nuestros pecados.

Hoy tomamos conciencia de que si bien sobre la Cruz permanecen los signos de la maldad humana -una maldad que se sigue desencadenando en un mundo donde sigue habiendo nuevos crucificados víctimas del egoísmo, la miseria, el terrorismo- lo que brilla con mayor esplendor en ella no es el pecado del hombre ni la cólera de Dios, sino el amor de Dios que no conoce medida."


Para ayudarnos a comprender esto, el evangelista Juan nos acompaña en este Viernes Santo con el inmenso relato de la Pasión de Jesús.

Lectio (lectura de la Palabra)

(leer el texto de Juan 18, 1- 19,42)

Rumiar la Palabra – Meditatio

(1) La Pasión y muerte de Jesús es un don de amor que salva

Según Juan, la Cruz es revelación del amor de Dios en el mundo: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (3,16). Sólo Jesús puede llevar esta Cruz (ver el evangelio del martes pasado). Pero su victoria que salva al mundo se manifestará en increíbles expresiones de amor que iluminan la oscuridad de los corazones, rescatan de las esclavitudes internas y llevan al creyente a obrar según la fuerza de este mismo amor.

La dinámica del relato muestra en todos sus detalles cómo la Pasión de Jesús es un don de amor y no la consecuencia de su debilidad. Es la muerte del Buen Pastor que “da su vida por las ovejas... para que tengan vida y la tengan en abundancia” (10,11.10).

(2) La Pasión y muerte de Jesús es entrega voluntaria de la vida y no simple debilidad

Sin esconder el aspecto doloroso, para Juan, el gran valor de la Pasión de Jesús reside en el hecho de que es fruto de un don, de una libertad total, del haberlo vivido con plena conciencia y conocimiento: “Doy mi vida para recobrarla de nuevo... yo la doy voluntariamente” (10,17-10). Así el Jesús que va camino a la muerte le da a esta muerte una dignidad sin igual.

Notémoslo particularmente el relato del arresto de Jesús. Ante la majestad de Jesús, que Él manifiesta en sus gestos y en aquel soberano “YO SOY”, los que vienen a capturarlo retroceden y caen en tierra. Ellos no podrían arrestar a Jesús si Él mismo no se entregara libremente.

Esta libertad aparece en la orden que Jesús le da a los que vienen a capturarlo, para que no les hagan daño a sus discípulos. Una vez más Jesús aparece como el pastor de las ovejas que da su vida por las ovejas.

Vemos la misma libertad de Jesús frente al Sanedrín reunido en la casa de Anás y delante del representante del más formidable poder humano de la época, el imperio de Roma.

(3) La Pasión y muerte de Jesús es la proclamación de su realeza

El relato de la Pasión está estructurado de tal manera, que percibimos las etapas de una progresiva entronización en el trono:

Se comienza con el reconocimiento del título a propósito de la pregunta de Pilatos: “Sí, como dices soy Rey”.
Luego Jesús es irónicamente coronado con espinas.
Enseguida Pilatos lo presenta al pueblo revestido con los arreos reales: “Aquí tienen al hombre”.
También de manera irónica el evangelista narra cómo Pilatos le cede el trono: “Mandó que sacaran fuera a Jesús y lo sentó en tribunal”.
Entonces se anuncia su constitución como Rey a todas las naciones (19,19). La inscripción colocada sobre la Cruz aparece en las tres lenguas más importantes del momento: el latín
-lengua de la política-, el griego –lengua de la cultura- y el hebreo –lengua de la religión judía-. Ante las protestas de los adversarios, Pilatos declara: “Lo escrito, escrito está”.
Finalmente Jesús es entronizado en la Cruz y es admirado en su realeza: la contemplación de su costado atravesado por la lanza.
Como epílogo, el Rey es colocado en su tálamo real con una unción que está a la par de su inmensa dignidad.

La categoría de la realeza expresa siempre bien la idea de una mediación universal. Asumiendo lo humano hasta sus extremas consecuencias, en la muerte y la sepultura, Jesús puede ser el mediador de todos los hombres y ejercer el Señorío de Dios sobre el mundo.

(4) La Pasión y muerte de Jesús es una “revelación”

La muerte de Jesús es la “hora de la Gloria” en la cual Dios se manifiesta completamente al mundo. Todo el camino histórico de la revelación llega a su cumplimiento: “Todo está cumplido”.

El camino iniciado en la encarnación, “Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada (plantó su tienda) entre nosotros” (1,14), logra su plenitud cuando en la Cruz se manifiesta que no solamente Dios está entre nosotros sino también en función de nosotros. Entonces es la realización de la razón de ser de la Encarnación. Entre otras cosas, el “plantar la tienda” alude a una condición pasajera, de peregrinación, a un tener que partir de nuevo. De esta manera en Jesús crucificado se revela el rostro de Dios y el rostro del hombre, al tiempo que recibimos todo lo que necesitamos para vivir en plenitud accediendo a la vida eterna que es propia de Dios.

Al servicio de esta comprensión aparecen algunos detalles propios de este evangelio, que vale la pena observar:

- No aparecen las tinieblas que tan dramáticamente describen los otros evangelistas. Más bien sucede lo contrario: la última hora mencionada en el relato es precisamente la de la mayor irradiación de luz al mediodía (ver 19,14).

- El relato comienza en un huerto, lugar donde Jesús formaba a sus discípulos cuando estaba en Jerusalén (19,1-2), y termina en un jardín, donde salen a la luz los discípulos ocultos (19,38-39). El tema de la “vida”, con conexión con el “amor”, está acentuado.

- Entre la muerte y la sepultura de Jesús, se abre una nueva escena que da espacio a la contemplación, por parte del discípulo amado, de los tres signos reveladores del sentido de la muerte de Jesús (19,31-37). La última, por ejemplo, el misterioso pasaje de Zacarías 12,10 (“Mirarán al que traspasaron”, citada en Jn 19,37), es clave para comprender el significado último de la Pasión. Zacarías hablaba proféticamente de un misterioso dolor de Dios, quien se sentía herido por la muerte de un Rey-Pastor. Esta muerte es como un desgarramiento en el corazón de Dios, y de este desgarramiento brota la posibilidad de una reconciliación entre Dios y su pueblo.

(5) La Pasión y muerte de Jesús es exaltación: la Cruz se convierte en Gloria

Con su habitual compenetración de planos, Juan sabe ver contemplativamente la unidad del misterio: el Jesús terreno es al mismo tiempo el Cristo glorioso. El crucificado traspasado por la lanza es al mismo tiempo el Cristo Exaltado y Glorioso. Jesús no muere entre lamentos, sino con un grito triunfal “¡Todo está cumplido!”. El evangelista presenta la muerte a la luz de la resurrección y así el día de la muerte, que no pierde el rigor de su luto, se vuelve luminoso porque sobre la Cruz se proyecta la gloria de la Pascua.

Esto hay que observarlo de manera particular en el último instante de la Pasión. El evangelista presenta el último suspiro de Jesús como una donación del Espíritu que invade al mundo; de hecho, según el texto griego, más que un “expirar” de Jesús, se habla de una “entrega del Espíritu”.

Enseguida el cuerpo herido de Jesús muerto y resucitado se convierte en Templo de la Nueva Alianza, de Él brota el río de la vida que es el Espíritu Santo. Así lo anunció el mismo Jesús en 7,37-39: “De su seno correrán ríos de agua viva”. Jesús da su propia vida para que vivamos de ella.

La Pasión según san Juan nos enseña entonces que si la muerte de Jesús no es sólo el morir de un hombre, sino la revelación del amor de Dios en el mundo, ésta es ofrenda de vida para el hombre, es un soplo del Espíritu. Lo que Jesús hará en la noche del Domingo de Pascua, en el encuentro con los discípulos, cuando reencienda en ellos la alegría comunicándoles el Espíritu, no será otra cosa que el fruto de esta muerte.
Bajo el soplo de este Espíritu la Victoria de la Pasión se inserta en nosotros.

Para cultivar la semilla de la Palabra en el corazón:

Ante el Crucificado emergen la conciencia de la gravedad de nuestros pecados y la grandeza del amor de Dios. La escucha de la Palabra lo que nos permite entrar de manera más profunda en este misterio. Que el Espíritu de Dios ilumine nuestra mente y abra nuestro corazón, de manera que brote fuerte la voz de nuestra gratitud con Dios unida al deseo de una profunda conversión.

1. Hoy nuestra oración se hace universal para participar en los sufrimientos de todos los que hoy en el mundo continúan en sí mismos la Pasión de Cristo. ¿Qué personas y realidades concretas voy a colocar hoy a los pies de la Cruz?

2. La adoración de la santa Cruz es una declaración de la aceptación del Señorío de Dios sobre mi vida, Señorío que somete el pecado y todo mal. ¿Qué pecados míos quedan crucificados en la Cruz de Cristo?

3. La comunión Eucarística es comunión con la Cruz de Jesús, para que –identificado con el amor del Crucificado- brote de mí el amor, el perdón y el servicio que impregna de una inmensa calidad todas mis relaciones y le da sentido a mi vivir. ¿Qué impulsos de amor, de perdón y de servicios hacia personas concretas que –en mi opinión no se lo merecen- siento hoy en comunión con el Crucificado?

Oracio

¡Oh Sabiduría Eterna!. ¡Oh Bondad Infinita! ¡Verdad Infalible! ¡Escrutador de los corazones, Dios Eterno! Haznos entender, Tú que puedes, sabes y quieres! Oh Amoroso Cordero, Cristo Crucificado, que haces que se cumpla en nosotros lo que tú dijiste: “Quien me siga, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). ¡ Oh luz indeficiente, de la que proceden todas las luces! ¡Oh luz, por la que se hizo la luz, sin la cuál todo es tinieblas, con la cuál todo es luz. ¡Ilumina, ilumina e ilumina una y otra vez! Y haz penetrar la voluntad de todos los cooperadores que has elegido en tal obra de renovación. ¡Jesús, Jesús Amor, transfórmanos y confórmanos según tu Corazón! ¡Sabiduría Increada, Verbo Eterno, dulce Verdad, tranquilo Amor, Jesús, Jesús Amor! (Santa María Magdalena de Pazzis, O. Carm., en La Renovación de la Iglesia, 90-91)

Contemplatio

Repite con frecuencia, con calma, esta palabras de Jesús, asociado a Jesús en el ofrecimiento de si mismo:

“Padre en tus manos entrego mi Espíritu”

Oración final

“Haz, Señor, que tu Cruz permanezca como signo del Padre que acoge, como signo de la vida nueva y definitiva que has sellado con tu Sangre, como signo permanente del Amor que todo lo trasciende: el amor de Dios por los hombres y nuestro amor por los hermanos hasta el perdón” (C. M. Martini)

 

 

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Sábado Santo. Ciclo C

Día de silencio y conversión

Después de haber acompañado a Jesús en el Gran Viernes Santo en su camino de pasión hacia la muerte, ahora nos detenemos en una meditación silenciosa en la aridez del Sábado Santo.

Este es el día del silencio, la comunidad cristiana vela junto al sepulcro. Callan las campanas y los instrumentos. Se ensaya el aleluya, pero en voz baja. Es día para profundizar. Para contemplar. La Cruz sigue entronizada. Dios ha muerto. Ha querido vencer con su propio dolor el mal de la humanidad.

Es el día de la ausencia. El Esposo nos ha sido arrebatado. Día de dolor, de reposo, de esperanza, de soledad. El mismo Cristo está callado. Él, que es el Verbo, la Palabra, está callado. Después de su último grito de la cruz "¿por qué me has abandonado"?- ahora él calla en el sepulcro. Descansa: "consummatum est", "todo se ha cumplido".
Pero este silencio se puede llamar plenitud de la palabra. El anonadamiento, es elocuente. "resplandece el misterio de la Cruz."

El Sábado es el día en que experimentamos el vacío. Si la fe, ungida de esperanza, no viera el horizonte último de esta realidad, caeríamos en el desaliento: "nosotros esperábamos... ", decían los discípulos de Emaús.

Es un día de meditación y silencio. Algo parecido a la escena que nos describe el libro de Job, cuando los amigos que fueron a visitarlo, al ver su estado, se quedaron mudos, atónitos ante su inmenso dolor: "se sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande" (Job. 2, 13).

Eso sí, no es un día vacío en el que "no pasa nada". Ni un duplicado del Viernes. La gran lección es ésta: Cristo está en el sepulcro, ha bajado al lugar de los muertos, a lo más profundo a donde puede bajar una persona, es decir, de su extremo abajamiento. Y junto a Él, como su Madre María, está la Iglesia, la esposa. Callada, como él.

El Sábado está en el corazón mismo del Triduo Pascual. Entre la muerte del Viernes y la resurrección del Domingo nos detenemos en el sepulcro, es el día de espera litúrgica silenciosa por excelencia. Un día puente, pero con personalidad. Son tres aspectos del misterio de la Pascua de Jesús: muerto, sepultado, resucitado: "...se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo...se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, es decir conociese el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero".

Antes y después del sábado, el hilo conductor del afecto y la fidelidad es el de las mujeres. Lucas destaca la presencia de las mujeres en tres momentos clave: En el Calvario: “Estaban viendo estas cosas... las mujeres que lo habían seguido desde Galilea” (23,49). Ellas siguen siendo fieles a Jesús. Pero, con todo, se señala un elemento de debilidad: “Estaban a distancia”, pero lo que importa, es que “ven” y esta observación de los acontecimientos de la muerte de Jesús dará su fruto de fe después de la resurrección. En la sepultura: Lucas presenta a las mujeres como las últimas en salir del escenario de los fatídicos eventos, anota que “vieron” la tumba y la reverencia con que fue depositado allí el cadáver de Jesús (“cómo era colocado su cuerpo”. Enseguida se van, pero solamente para preparar el regreso. El poco tiempo que les queda del viernes es para preparar los óleos perfumados, como conviene a la sepultura real de Jesús, quien fue crucificado como “rey de los judíos”.

En la mañana de la resurrección: las mujeres “fueron llevando los aromas que habían preparado”. Puesto que tenían todo preparado pueden madrugar apenas ha pasado el reposo sabático.

Notemos la constante de la fidelidad en el amor. En el llevar aromas se revela toda la ternura de estas discípulas de Jesús que permanecen fieles al Maestro hasta la cruz; esta fidelidad se prolonga tras la noche oscura del sábado santo, cuando van a ungir su cuerpo que todavía creen allí, prisionero de la muerte. Vienen para conservar lo único que queda de

Aquel por quien lo dejaron todo desde Galilea. Esto que pretenden hacer era, en el contexto de esa época, un gesto propio de los familiares. Las mujeres se comportan como las personas más cercanas, como legítimos familiares de Jesús.

Contemplemos el corazón de la Santísima Virgen —dolorido en la pasión—, en las lamentaciones del profeta Jeremías. El profeta está refiriéndose a la destrucción de Jerusalén, pero en esta poesía, que es la lamentación, hay muchos textos que recogen el dolor de una madre, el dolor de María.

Podría ser interesante el tomar este texto desde el capítulo II de las lamentaciones de Jeremías, e ir viendo cómo se va desarrollando este dolor en el corazón de la Santísima Virgen, porque puede surgir en nuestra alma una experiencia del dolor de María, por lo que Dios ha hecho en Ella, por lo que Dios ha realizado en Ella; pero puede darnos también una experiencia muy grande de cómo María enfrenta con fe este dolor tan grande que Dios produce en su corazón.

Un dolor que a Ella le viene al ver a su hijo en todo lo que había padecido, un dolor que le viene al ver la ingratitud de los discípulos que habían abandonado a su hijo, el dolor que tuvo que tener María al considerar la inocencia de su hijo, y sobre todo, el dolor que tendría que provenirle a la Santísima Virgen de su amor tan grande por su hijo, herido por las humillaciones de los hombres.

María, el Sábado Santo en la noche y domingo en la madrugada, es una mujer que acaba de perder a su hijo. Todas las fibras de su ser están sacudidas por lo que ha visto en los días culminantes de la pasión. Cómo impedirle a María el sufrimiento y el llanto, sí, había pasado por una dramática experiencia llena de dignidad y de decoro, pero con el corazón quebrantado.

María —no lo olvidemos—, es madre; y en ella está presente la fuerza de la carne y de la sangre y el efecto noble y humano de una madre por su hijo. Este dolor, junto con el hecho de que María haya vivido todo lo que había vivido en la pasión de su hijo, muestra su compromiso de participación total en el sacrificio redentor de Cristo. María ha querido participar hasta el final en los sufrimientos de Jesús; no rechazó la espada que había anunciado Simeón, y aceptó con Cristo el designio misterioso de su Padre. Ella es la primera partícipe de todo sacrificio. María queda como modelo perfecto de todos aquellos que aceptaron asociarse sin reserva a la oblación redentora.

¿Qué pasaría por la mente de nuestra Señora este sábado en la noche y domingo en la madrugada? Todos los recuerdos se agolpan en la mente de María: Nazaret, Belén, Egipto, Nazaret de nuevo, Canaán, Jerusalén. Quizá en su corazón revive la muerte de José y la soledad del Hijo con la madre después de la muerte de su esposo...; el día en que Cristo se marchó a la vida pública..., la soledad durante los tres últimos años. Una soledad que, ahora, Sábado Santo, se hace más negra y pesada. Son todas las cosas que Ella ha conservado en su corazón.

¿Cómo estaría el corazón de María cuando ve que los pocos discípulos que quedan lo bajan de la cruz, lo envuelven en lienzos aromáticos, lo dejan en el sepulcro? Un corazón que se ve bañado e iluminado en estos momentos por la única luz que hay, que es la del Viernes Santo. Un corazón en el que el dolor y la fe se funden.

Tratemos de imitar a María en su fe, en su esperanza y en su amor que la sostienen en medio de la prueba; fe, esperanza y amor que la hicieron llenarse de Dios. La Santísima Virgen María debe ser para el cristiano el modelo más acabado de la nueva criatura surgida del poder redentor de Cristo y el testimonio más elocuente de la novedad de vida aportada al mundo por la resurrección de Cristo.

Tratemos de vivir en nuestra vida la verdadera devoción hacia la Santísima Virgen, Madre amantísima de la Iglesia, que consiste especialmente en la imitación de sus virtudes, sobre todo de su fe, esperanza y caridad, de su obediencia, de su humildad y de su colaboración en el plan de Cristo.

Para cultivar la semilla de la Palabra en el corazón:

1.- ¿Buscas ungir con aromas de amor a tus hermanos que sufren a imitación de las mujeres del evangelio?

2.- ¿Qué te dice este evangelio sobre tu misión como mujer en la Iglesia?

3.- ¿Lloras al Incorruptible como si hubiese caído en la corrupción, lloras por Cristo que fue maltratado, herido y muerto y no lloras por tus pecados y por el dolor que sufren muchos de tus hermanos?

4.- ¿Qué pasos tienes que dar para llegar a la fe pascual?

Oración


Santa María, Virgen de la Soledad, Madre de Dios y Madre nuestra, ayúdanos a comprender que es preciso hacer vida nuestra la Vida y la Muerte de Cristo. Ayúdanos a morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Ayúdanos a seguir los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas. Enséñanos a dar la vida por los demás para sólo así vivir la vida de Jesucristo y hacernos una sola cosa con Él. Amén.

 

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Domingo de Pascua. Ciclo C

EL GLORIOSO DÍA DE LA RESURRECCIÓN: Lectio de Juan 20, 1-9
P. Fidel Oñoro, cjm. Centro Bíblico del CELAM

Introducción

Saludemos con júbilo este nuevo día. En este Domingo de Pascua gritamos con todas nuestras fuerzas y desde lo más profundo de nuestro corazón: “¡Cristo ha resucitado de entre los muertos dándonos a todos la vida!”. Este es el Domingo que le da sentido a todos los domingos en el que, con la ayuda del Espíritu Santo, queremos hacer una proclamación de júbilo y de victoria que sea capaz de asumir nuestros dolores y los transforme en esperanza, que nos convenza de una vez por todas que la muerte no es la última palabra en nuestra existencia.

A la luz de esta certeza hoy brota lo mejor de nosotros mismos e irradia con todo su esplendor nuestra fe como discípulos de Jesús. Efectivamente, somos cristianos porque creemos que Jesús ha resucitado de la muerte, está vivo, está en medio de nosotros, está presente en nuestro caminar histórico, es manantial de vida nueva y primicia de nuestra participación en la naturaleza divina, de nuestro fundirnos como una pequeña gota de agua en el inmenso mar del corazón de Dios. La Buena Nueva de la Resurrección de Jesús es palabra poderosa que impulsa nuestra vida. Por eso en este Tiempo Pascua que estamos comenzando tenemos que abrirle un surco en nuestro corazón a la Palabra, para que la fuerza de vida que ella contiene sea savia que corra por todas la dimensiones de nuestra existencia y se transforme en frutos de vida nueva.

Oración inicial

“Día de la Resurrección. Resplandezcamos de gozo en esta fiesta. Abracémonos, hermanos, mutuamente.
Llamemos hermanos nuestros incluso a los que nos odian. Perdonemos todo por la Resurrección y cantemos así nuestra alegría: Cristo ha resucitado de entre los muertos con su muerte ha vencido la muerte y a los que estaban en los sepulcros les ha dado la vida”
(Del Tropario).

Invocación al Espíritu

Espíritu de Dios, sin Ti, la Palabra es letra muerta,
como un eco lejano e incomprensible,
sin importancia y ajeno a mi vida.

Sin Ti, el Evangelio no es Buena Noticia,
porque no tiene el poder de salvar.
Sin Ti, la esperanza y la fe están adormecidas
y el sepulcro vacío está en silencio.

Espíritu de Dios, desciende sobre mí
cuando escucho la Palabra,
sacude los cimientos de mi casa
con la desconcertante noticia
de la Resurrección del Señor Crucificado.

Dame los ojos de la fe, para que vea y crea,
ponme en camino hacia la Luz,
y haz que el Evangelio me levante
con la fuerza vivificante de la Resurrección. Amén

Lectura de la Palabra: Juan 20, 1-9

En forma personal y comunitaria

Pistas para la meditación

Leemos hoy el pasaje que describe el sensacional descubrimiento de la tumba vacía por parte de María Magdalena y de los dos más autorizados discípulos de Jesús, desatándose así una serie de reacciones. El relato contiene elementos muy valiosos que nos ayudan a dinamizar nuestro propio camino pascual.

Esta vez vamos a hacer anotaciones breves sobre las frases más importantes del relato, como una invitación para saborear el texto entero:

1. María Magdalena descubre que la tumba está vacía:
Notemos los movimientos de María Magdalena:

a).- madruga: “Va de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro”

Esta acción es signo evidente de que su corazón latía fuertemente por Jesús. El amor no da espera. Pero también es cierto que la hora de la mañana y los nuevos acontecimientos tienen correspondencia: de madrugada muchos detalles anuncian un gran y radical cambio, la noche se aleja, el horizonte se aclara y bajo la luz todas las cosas van dando poco a poco su forma. Así sucederá con la fe en el Resucitado: habrá signos que anuncian algo grande, pero sólo en el encuentro personal y comunitario con el Resucitado todo será claro, el nuevo sol se habrá levantado e irradiará la gloria de su vida inmortal.

b).- “corre” enseguida y va a informarle a los discípulos más autorizados, apenas se percata que el sepulcro del Maestro está vacío.

Esta carrera insinúa el amor de María por el Señor. Lo seguirá demostrando en su llanto junto a la tumba vacía. Así María se presenta ante Pedro y el Discípulo Amado como símbolo y modelo del auténtico discípulo del Señor Jesús, que debe ser siempre movido por un amor vivo por el Hijo de Dios.

c).- “confiesa” a Jesús como “Señor”: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto”. A pesar de no haberlo descubierto vivo, para ella Jesús es el “Señor” (Kýrios), el Dios de la gloria y por lo tanto inmortal. Ella está animada por una fe vivísima en el Señor Jesús y personifica así a todos los discípulos de Cristo, que reconocen en el Crucificado al Hijo de Dios y viven para Él.

He aquí un ejemplo para emular en las diversas circunstancias y expresiones de la existencia, sobre todo en los momentos de dificultad y aún en las tragedias de la vida. Para la fe y el corazón de esta mujer la muerte en Cruz de Jesús y su sepultura, con todo su amor por el Señor se ha revelado “más fuerte que la muerte” (Cantar 8,6).

2. Los dos discípulos corren a la tumba:

Los dos seguidores más cercanos a Jesús se impresionan con la noticia e inmediatamente se ponen en movimiento, ellos no permanecen indiferentes ni inertes sino que toman en serio un anuncio (que tiene sujeto comunitario: “no sabemos”, v.2). Notemos cómo las acciones de los dos discípulos se entrecruzan entre sí y superan cada vez más las primeras observaciones de María Magdalena. a).- “Se encaminaron al sepulcro” La mención de los dos discípulos no es causal, ambos gozan de amplio prestigio en la comunidad y la representan.

Se distingue en primer lugar a Pedro, a quien Jesús llamó “Kefas” (Roca), quien confiesa la fe en nombre de todos (Jn 6,68-69), dialoga con Jesús en la cena (13,6-10.36-38) y al final del evangelio recibe el encargo de pastorear a sus hermanos (Jn 21,15-17). Por su parte el Discípulo Amado es el modelo del “amado” por el Señor, pero también del que “ama” al Señor (13,23; 19,26; 21,7.20). b).- “El otro discípulo llegó primero al sepulcro”. El Discípulo Amado corre más rápido que Pedro (v.4). Esto parece aludir a su juventud, pero también a un amor mayor. ¿No es verdad que correr es propio de quien ama?. b).- “Se inclinó, vio las vendas en el suelo, pero no entró”. El discípulo amado llega primero a la tumba, pero no entra, respeta el rol de Pedro. Se limita a inclinarse y ver las vendas tiradas en la tierra. Él ve un poco más que María, quien sólo vio la piedra quitada del sepulcro. c).- “Simón Pedro entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte”. Al principio Pedro ve lo mismo que vio el Discipulado Amado, pero luego ve un poco más: ve que también el sudario que estaba sobre la cabeza de Jesús, estaba doblado aparte en un solo lugar. Este detalle quiere indicar que el cadáver del Maestro no ha sido robado, ya que lo más probable es que los ladrones no se hubieran tomado tanto trabajo. Por lo tanto Jesús se ha liberado a sí mismo de los lienzos y del sudario que lo envolvían, a diferencia de Lázaro, que debió ser desenvuelto por otros. Las ataduras de la muerte han sido rotas por Jesús. La tumba y las vendas vacías no son una prueba, son simplemente un signo de que Jesús ha vencido la muerte. Sin embargo Pedro no comprende el signo. d).- “Entonces entró también el otro discípulo... vio y creyó” “...que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos”. El Discípulo Amado ahora entra en la tumba, ve todo lo que vio Pedro y da el nuevo paso que éste no dio: cree en la resurrección de Jesús. La constatación de simples detalles despierta la fe del Discípulo Amado en la resurrección de Jesús, para él el orden que reinaba dentro de la tumba fue suficiente. No necesitó más para creer, como sí necesitó Tomás. A él se le aplica el dicho de Jesús: “dichosos los que no han visto y han creído”. Pero ¡atención! El Discípulo Amado “vio” y “creyó” en la Escritura que anunciaba la resurrección de Jesús. Esto ya se había anunciado en Juan 2,22. Aquí el evangelista no cita ningún pasaje particular del Antiguo Testamento, tampoco ningún anuncio por parte de Jesús. Pero queda claro que la ignorancia de la Escritura por parte de los discípulos implica una cierta dosis de incredulidad.

La asociación entre el “ver” y el “creer” formará en adelante uno de los temas centrales del resto del capítulo, donde se describen las apariciones del resucitado a los discípulos, para terminar diciendo: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”. Nosotros los lectores, hacemos el camino del Discípulo Amado mediante a partir de los “signos” testimoniados por él en el Evangelio.

3. En la pascua Jesús se convierte en el centro de la vida y de todos los intereses del discípulo

En la mañana del Domingo la única preocupación de los tres discípulos del Señor –María, Pedro y el Discípulo Amado- es buscar al Señor, a Jesús muerto sobre la Cruz por amor pero resucitado de entre los muertos para la salvación de toda la humanidad. El amor los mueve a buscar al Resucitado en ese estupor que sabe entrever en los signos el cumplimiento de las promesas de Dios y de las expectativas humanas. Entre todos, cada uno con su aporte, van delineando un camino de fe pascual.


La búsqueda amorosa del Señor se convierte luego en impulso misionero. Como lo muestra el relato, se trata de una experiencia contagiosa la que los envuelve a todos, uno tras otro.
Es así como este pasaje nos enseña que el evento histórico de la resurrección de Jesús no se conoce solamente con áridas especulaciones sino con gestos contagiosos de amor gozoso y apasionado. El acto de fe brota de uno que se siente amado y que ama, como dice San Agustín: “Puede conocer perfectamente solamente aquél que se siente perfectamente amado”.

¡Así todos nosotros, discípulos de Jesús, debiéramos amar intensamente a Jesús y buscar los signos de su presencia resucitada en esta nueva Pascua!

Para cultivar la semilla de la Palabra en el corazón

1. ¿Qué proceso de fe pascual se va delineando en las sucesivas etapas de mi vida luego de revivir cada año el triduo pascual?

2. El Discípulo Amado espera a Pedro para entrar en el sepulcro. ¿Qué me dice este comportamiento respetuoso hacia el rol o función de cada persona con quien me toca convivir?

3. ¿Qué frutos puedo recoger hoy del camino recorrido en la Cuaresma, de esta Semana Santa y del Triduo Pascual que hoy culmina?

4. ¿De que manera me invita a vivir el Evangelio la alegría Pascual y cómo voy a “cultivar” la vida nueva en el tiempo pascual celebrativo que hoy comienza?

5. ¿Con qué signos externos concretos voy a celebrar la Resurrección de Jesús en mi casa y en mi comunidad?

Oración final

“Hoy el cielo y la tierra canta el nombre inefable y sublime del Crucificado resucitado. Todo parece como antes, pero, en realidad, nada es ya como antes. Él, la Vida que no muere, ha redimido y vuelto a abrir a la esperanza a toda existencia humana. Pasó lo viejo, todo es nuevo (2 Co 5,17). Todo proyecto y designio del ser humano, esta noble y frágil criatura, tiene hoy un nuevo nombre en Cristo resucitado de entre los muertos, porque en Él hemos resucitado todos”. (Juan Pablo II, Mensaje de Pascua para el Nuevo Milenio)

“Jesús resucitado”

“Mi fe en la Resurrección ha transfigurado mi vida;
he recibido la fuerza que da el Amor de Jesucristo;
mi corazón se ha abierto al conocimiento y a la caridad;
mis conversiones me hacen crecer en sabiduría y santidad”
(Franck Widro)


O bien:

En esta mañana de Resurrección, Padre, la luz brilla con más fuerza, nuestras lágrimas se trocan en cantares, la boca se nos llena de risas, y la danza sustituye al luto - porque Tú no has abandonado a tu Hijo al poder de la muerte,
- porque la piedra está quitada y el sepulcro está vacío,
- porque la última palabra la tendrás siempre Tú, Señor que amas la vida (Sb 11,26).
Por eso te damos gracias a boca llena y cantamos tu amor y fidelidad por siempre.


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2º Domingo de Pascua o de la Dívina Misericordia. Ciclo C

“Trae tu mano y métela en mi costado. Deja de ser incrédulo y hazte creyente”. Juan 20, 19-31

(P. Fidel Oñoro, cjm Centro Bíblico del CELAM)

Introducción

“Esta es la Pascua felicísima, la Pascua del Señor, la Pascua santísima. Abracémonos mutuamente con alegría, ya que ella ha venido a remediar nuestra tristeza... Es hoy el día de la Resurrección; resplandezcamos de gozo, abracémonos, llamemos hermanos aún a los que nos odian, depongamos toda clase de resentimientos en atención a la Resurrección del Señor...” El pasaje del evangelio de este domingo, nos dice cómo se llega a esta alegría. Vamos a explorar éste y otros elementos de la experiencia pascual en un relato que es verdaderamente grandioso: la aparición de Jesús resucitado a su comunidad. Los discípulos pasan del miedo a la alegría.- del oír al experimentar.

Oración inicial

Invocación al Espíritu (Himno de la Liturgia de las Horas)

Jesús Maestro resucitado,
creemos que Tú exhalaste sobre tus discípulos el Espíritu Santo
como regalo precioso de tu resurrección.
Nos los habías entregado a todos desde la cruz
con el último respiro, y de forma nueva
lo comunicas a los tuyos en la tarde de la Pascua.
Les envías para que continúen tu obra
así como el Padre te había enviado a ti.
Y para que su misión reconciliadora
sea fecunda y eficaz, les regalas tu mismo Espíritu,
que es también el Espíritu del Padre.
Derrama hoy, Señor Jesús, tu Espíritu de vida sobre nosotros
para que nos conduzca a la Verdad plena,
esa Verdad que eres Tú;
que tu Espíritu habite en nosotros,
y nos resucite con su poder
a la plenitud de tu vida resucitada. Amén.

Lectura del texto (Juan 20, 19-31)

19. Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: - Paz a ustedes. 20. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21. Jesús repitió: - Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. 22. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: - Reciban el Espíritu Santo, 23. a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos. 24. Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: - Hemos visto al Señor. 25. Pero él les contestó: - Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. 26. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: - Paz a vosotros. 27. Luego dijo a Tomás: - Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. 28. Contestó Tomás: - Señor mío y Dios mío. 29. Jesús le dijo: - ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. 30. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31. Éstos se han escrito para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.

Pistas para la meditación

Tal es la progresión a la cual el relato de estas dos apariciones de Jesús resucitado nos permite asistir. Entremos en el relato decantando sus elementos más significativos.

1.- El relato avanza hacia el culmen del primer domingo pascual: ese mismo día, “al atardecer”, el Resucitado viene personalmente al encuentro de sus discípulos. Estamos aún en el “primer día de la semana”. El estado en que se encuentra la comunidad se describe así: “…Estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar en que se encontraban…”. Jesús los encuentra con las puertas cerradas: todavía están en el sepulcro del miedo y no participan de su vida resucitada. Esta es la primera vez que se le manifiesta como Señor Resucitado a su comunidad. Se realiza entonces al interior de la comunidad primera el camino de la fe pascual. El primer encuentro de Jesús resucitado con su comunidad tiene dos momentos: Jesús se manifiesta a su comunidad en cuanto Señor resucitado, les comparte su misma misión, su propia vida y su propio poder para perdonar pecados, se manifiesta en cuanto Señor resucitado. Tres acciones realiza Jesús: .- se pone “en medio de ellos”.- les da su paz: “La paz con ustedes”.- les hace ver las marcas de su crucifixión: “Les mostró las manos y el costado”. Y la reacción no se hace esperar: “Los discípulos se alegraron de ver al Señor”. La presencia de Jesús resucitado suscita paz y alegría. Estos son los dos grandes dones el Resucitado. El primer don fundamental del Resucitado es la “paz”. Tres veces, Jesús insiste en esto. Jesús se lo había prometido en sus palabras de despedida: “Les dejo la paz, mi paz les doy; no se las doy como la da el mundo. No se turbe su corazón ni se acobarde”. Ahora, cuando ha alcanzado su meta y ha sido glorificado, en cuanto vencedor del mundo y en su ir al Padre, Jesús está en condiciones de “dar” la paz anunciada.

2.- Jesús mismo es el fundamento de su paz. No se trata de evitarle a los discípulos las aflicciones del mundo (“en el mundo tendrán tribulación”), sino de darles seguridad y confianza frente al mundo: “¡Ánimo, yo he vencido al mundo!” (16,33b). ¿De dónde proviene el “don”?: las manos clavadas y el costado traspasado Jesús le da un fundamento sólido a sus palabras: se legitima ante sus discípulos mostrándoles sus llagas. Con este gesto quiere decir que el Resucitado es el Crucificado y no otro. Pero la contemplación (ese “ver” los signos) de las llagas del Crucificado lleva a descubrir otro mensaje: ¡El Resucitado ha vencido la muerte! Las llagas son el signo de su amor inmenso por los suyos: los discípulos, esos amigos por quienes dio la vida, son verdaderamente amados. Jesús fue efectivamente para ellos el “Buen Pastor”. Estas llagas son la de un Resucitado. Por tanto este amor no faltará nunca, ahí están estas señales de los clavos que lo ataron a la Cruz para recordarlo todos los días. La fuente de vida que brotó de su costado traspasado por la lanza no parará de manar el agua del Espíritu para todo el que se acerque a Él. La reacción frente a la experiencia del Resucitado es la alegría. La respuesta no puede ser sino la alegría de ver al Señor. Es el gozo pleno de quien se siente amado: en la Pascua los discípulos hacen la experiencia de este amor sin límites del Señor. El contraste con la situación inicial es notable. Los discípulos ahora saben que, en un mundo que infunde miedo, ellos cuentan con el vencedor del mundo. En consecuencia, no deben cerrarse ante el mundo y sus desafíos, sino entrar en él llenos de confianza. Por eso Jesús les abre las puertas, para que sean capaces de ir al encuentro de este mundo, llenos de paz y de alegría, y de esta manera ser portadores de los dones del Crucificado-Resucitado. Jesús les comparte su misma misión, su propia vida y su propio poder para perdonar pecados. Este es el momento propiamente dicho de la apertura de las puertas.

3.- El gozo pascual no permanece en sí mismo. Se vuelve irradiación. El mismo Jesús resucitado hace avanzar la experiencia pascual. A partir de un nuevo saludo de paz, les comparte su propia misión, vida y poder para perdonar pecados. El don de la paz y el envío a la misión “La paz con vosotros”. La repetición del saludo de la paz es significativa. La paz del Resucitado está asociada al don de la misión. Puesto que en todo están en comunión con Jesús, los apóstoles en la misión tendrán necesidad de esa seguridad y confianza que provienen de Él, ya que el mundo los odiará. Es verdad que el destino de los discípulos no será diferente del de Jesús, por eso sólo arraigados en su paz podrán llevar hasta el fin la tarea encomendada. El envío a la misión y el soplo del Espíritu “Como el Padre me envió, también yo os envío”. Como el Padre lo envió, así Jesús ahora envía a sus discípulos al mundo. Su misión es conducir a todo el mundo a creer en el Hijo, de manera que a través de Él entren en comunión con el Padre. Para llevar a cabo la misión los llena de su Espíritu Santo. Desde el principio del evangelio el Bautista había anunciado que Jesús iba a bautizar en el Espíritu Santo. Jesús lo infunde sobre todos en su último aliento sobre la cruz, lo desborda en el agua que mana de su costado, y ahora que ha sido glorificado lo sopla, así como en la primera creación Dios sopló en el hombre su aliento vital. En el Espíritu Santo, Jesús comunica una vida nueva que no pasa, esta vida nueva pone a los suyos en comunión profunda con la Trinidad entera. En el Espíritu Santo, los apóstoles son capacitados para comprender a fondo su obra y ser testigos de ella. En esta comunión con Jesús, por medio del Espíritu, los apóstoles entran a fondo en la misión de Jesús.

4.- Ahora resucitado, Jesús envía a sus discípulos con la plenitud del poder para perdonar los pecados. El perdón está asociado con la experiencia del Espíritu que purifica los pecados y en el cual se nace de nuevo “de lo alto”. Los apóstoles tienen también el poder para “retener” los pecados. De hecho, cuando el testimonio acerca de Jesucristo sea acogido con fe, ellos deberán perdonar los pecados. Pero cuando el anuncio sea rechazado, ellos deberán “retener”. El “retener los pecados” no es una condena inapelable, sino ante todo un renovado llamado a la conversión. Quien pronuncia este mandato es el vencedor de la muerte, el Señor glorificado, el Hijo plenamente asociado a la potencia misericordiosa del Padre. El segundo encuentro de Jesús resucitado con su comunidad y con Tomás en especial. Confirmando lo realizado una semana antes, Jesús repite la experiencia “dominical”: “ocho días después”. El primer día de la semana comienza a institucionalizarse. Como novedad, esta vez Tomas está ahí. Este nuevo evento responde a la inquietud: ¿Cómo llega a “creer” quien no ha visto personalmente al Crucificado Resucitado?. La respuesta aparece enseguida: ante todo mediante el testimonio apostólico, así como lo hacen los 10 discípulos con Tomás ausente: “Hemos visto al Señor”. Pero Tomás se niega a creer el anuncio pascual de la comunidad, quiere una experiencia directa: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Cuando llega el octavo día, Jesús resucitado se manifiesta de nuevo a su comunidad. Se destacan dos ideas importantes: Jesús siempre toma la iniciativa, es Él quien viene al encuentro y, conociendo de antemano lo que Tomas ha dicho, se le anticipa para invitarlo a tomar contacto con las llagas que él quería ver y tocar.

5.- Jesús no quiere que ninguno quede excluido del gozo pascual a).- por eso saca a Tomas de su aislamiento. Todos ven cómo Jesús conduce a Tomás a la fe. De nuevo su gran don es la paz, la seguridad y la protección que se fundamenta en la misma persona del Señor Resucitado. También Tomás, el que se niega a creer, recibe la paz. Mostrando conocimiento de lo que ha dicho Tomás, Jesús le muestra los signos de su muerte y de su amor, éstos que son al mismo tiempo fuente de salvación. Le permite acceder al creer por este medio. Enseguida, a Tomas y a todos los incrédulos, dice: “No seas incrédulo sino creyente”. Entonces Tomás confiesa su fe como ningún otro: “Señor mío y Dios mío”. El que estaba más atrás de todos, al final resulta delante de todos. Para él personalmente, Jesús es Señor y Dios: Jesús es el Señor cuyo poder vivificante salva. Jesús es Dios mismo que se acerca a todo hombre mediante su encarnación y comparte el don de su vida. El Señorío de Jesús es el Señorío de Dios. Así lo entiende Tomás. Su vida queda entonces completamente abandonada en las manos de su Señor y Dios. Pero, sin contestar la altísima confesión de fe de Tomas, como haciéndole un guiño al lector de este relato, Jesús enseguida llama “Bienaventurados” a los que no ven y, con todo, creen. Jesús mira a los que creerán en el futuro. La experiencia de los que vieron al Señor se convierte en impulso para que otros puedan creer. No será mediante apariciones directas como el Resucitado se dará a conocer sino a través del testimonio de los discípulos, dado con la fuerza del Espíritu Santo.
Al final, habiendo quedado claro que la fe Pascual se suscita por la mediación de testimonios de aquellos que han hecho la experiencia , muestra cuál es el camino de acceso a la fe para todos aquellos que no lo vemos como lo vieron Tomás y sus compañeros. Una nueva mediación que permanece para seguir conduciendo en el camino de fe pascual es el mismo texto del Evangelio.

6.- Lo que Jesús hizo ante sus discípulos, revelándoles su gloria, es la base de lo que se redacta en el Evangelio escrito: “El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean”. El evangelista es un testigo que hace de mediador en la experiencia que todos estamos llamados a hacer del Resucitado. Lo importante es que lleguemos a un creer preciso y personal, esto es, que “Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios”. “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tu has enviado, Jesucristo”. Hacer el camino del “creer”, aprendiendo a leer con la ayuda de la Palabra los signos del Resucitado hoy, es decisivo para experimentar la fuerza renovadora de la Pascua: por esa vía tenemos el acceso a la “Vida” en plenitud. El “Domingo” nace como día en el que la comunidad de los discípulos hace la experiencia del Resucitado, se alegra con su presencia y, con la efusión del Espíritu Santo, le da inicio a una nueva humanidad, inaugurando de esta manera los nuevos tiempos de la paz que sólo Jesús puede dar. ¡Hay que celebrar el Domingo!. “¿Por qué después de la resurrección, y ya vencedor para siempre, Jesús entra en el cenáculo con las puertas cerradas?. De modo maravilloso e incomparable, nuestro Redentor mostró después de su Resurrección su cuerpo incorruptible pero palpable, para que la incorruptibilidad convidara a conquistar el premio, y la posibilidad de tocarlo fuera una confirmación para la fe.

Para cultivar la semilla de la Palabra

1.- ¿Quién o qué cosa ha suscitado mi interés y maravilla en la lectura que he hecho?

2.- ¿Qué tan importante es para mi creer? ¿Qué cambia si sólo me quedara con su enseñanza y su testimonio de vida?

3.- ¿Qué significado tiene para mí el don del Espíritu para la misión?

4.- ¿Cómo continúa, en mí, que soy su discípulo, la misión de Jesús en el mundo?

5.- ¿Cuál es el contenido del anuncio misionero que yo hago?

6.- ¿Qué valor tiene para mí el testimonio de Tomás?

7.- ¿Cuáles son , si las tengo, las dudas de mi fe? ¿Cómo las afronto y progreso? ¿Sé expresar las razones de mi fe?

Una invitación a la oración

“Jesús Resucitado, Señor”, te espero al atardecer, al final de mis jornadas, en el silencio de la tarde que cae. No importa que mis puertas estén cerradas. Tú, ¡entra! lo mismo. Preséntate ante mí, déjame ver tu rostro radiante y regálame, como aquel día a tus discípulos, el don precioso de la “paz”. Yo también, como ellos, quiero ver tus manos y tu costado. Quiero ver tu amor hecho manos y corazón traspasados por mí. Jesús: dentro de mí encuentro mucho del Tomás desconfiado y necesitado de tu presencia. Mi fe también es débil fatiga diaria por llegar a Ti, por estar contigo, por sentir tu presencia en mí. Señor, necesito tu amor, tu cercanía que comprende mi fe débil. Necesito que al roce de mi mano con tu mano y tu costado, me venza tu amor y me arroje con infinita ternura en tus brazos confesando que soy tuya y que Tú eres mío: “Señor mío y Dios mío”. Amén.
(Clemencia Rojas, FMA)



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3º Domingo de Pascua. Ciclo C


«¿Me amas más que éstos?». Juan 21,1-19

1.- Oración inicial

Cristo Jesús, como a algunos de tus discípulos, nos cuesta comprender tu presencia de Resucitado. Por el Espíritu Santo tú nos habitas y nos dices a cada uno: “ven y sígueme, he abierto para ti un camino de vida”

Señor, cada vez que te manifiestas nos traes dones:
- el Amor, la Paz y la certeza de que estás vivo, que has vencido a la muerte;
- la fe fuerte de Tomás y de tus otros apóstoles;
- la confirmación del encargo de Pedro, después de que te había olvidado y parecía querer volver a la vida de siempre, la de antes de conocerte.

Señor, también a nosotros nos traes tus dones: la alegría de saber que estás cerca de nosotros, nos amas y no te olvidas jamás de ninguno.

También a mí me preguntas si te amo. Ayúdame a dar una respuesta sincera y valiente, sabiendo que tú me envuelves siempre en una nueva historia, en una aventura que me hace crecer.

Ayúdame a decir, con las palabras y con la vida: "Señor, tú me conoces, y sabes que te amo. Tú eres mi amigo y mi guía; estoy dispuesto/a a seguirte".

2. Leemos el evangelio de Juan 21,1-19

1. En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y fue de esta manera: 2. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. 3. Simón Pedro les dice: - Me voy a pescar. Ellos contestan: - Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. 4. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 5. Jesús les dice: - Muchachos, ¿tienen pescado? Ellos contestaron: - No. 6. Él les dice: - Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán. La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. 7. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: - Es el Señor. Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. 8. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red de los peces. 9. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. 10. Jesús les dice: Traigan de los peces que acaban de pescar. 11. Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, no se rompió la red. 12. Jesús les dice: - Vamos, almuercen. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. 13. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado. 14. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. 15. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: - Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Él le contestó: - Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: - Apacienta mis corderos. 16. Por segunda vez, le pregunta: - Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Él le contesta: - Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Él le dice: - Pastorea mis ovejas. 17. Por tercera vez, le pregunta: - Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si le quería y le contestó: - Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: - Apacienta mis ovejas. 18. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. 19. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: - Sígueme.

3. Para profundizar el texto

1. El pasaje de este tercer domingo de Pascua, se compone de dos grandes escenas que encuentran su punto de división y también de unión en los vv. 14-15 donde el evangelista pasa del trato entre Jesús y los discípulos al encuentro íntimo de Jesús con Pedro. Es un recorrido fortísimo de tanteos en el acercamiento al Señor, que está preparado también para cada uno de nosotros, que en este momento nos acercamos a la Palabra. Esta pesca en el mar de Tiberíades nos envía con fuerza y claridad al principio del Evangelio, donde Jesús llama a los primeros discípulos, los mismos que se hallan ahora presentes aquí: Pedro, Santiago, Juan y Natanael. El almuerzo con Jesús, con el pan y los peces nos remite a la gran multiplicación de los panes, donde se revela Jesús como el Pan de Vida. El coloquio íntimo y personal de Jesús con Pedro, su triple pregunta: “¿Me amas?” nos conduce de nuevo a la noche de la entrega de Jesús, donde Pedro había negado al Señor por tres veces.

2. Pedro es el primero que toma la iniciativa y anuncia a sus hermanos su decisión de salir a pescar. Va hacia el mar, que es el mundo, va hacia los hermanos, porque sabe que ha sido constituido pescador de hombres igual que Jesús, que había salido del Padre para venir a plantar su tienda en medio de nosotros. Y también es él, el primero en reaccionar al anuncio de Juan que reconoce a Jesús presente en la orilla: se pone el vestido y se arroja al mar.

Son alusiones simbólicas al bautismo, como si Pedro quisiese definitivamente borrar su pasado en aquellas aguas, como hace un catecúmeno que entra en la fuente bautismal.

Pedro se entrega a estas aguas purificadoras, se deja curar: se arroja en ellas, llevando consigo sus presunciones, sus dudas, sus contradicciones, el peso de la negación, el llanto.

Está llamado a salir como hombre nuevo al encuentro de su Señor. Antes de arrojarse, Pedro se ciñe el vestido, así como Jesús antes que él, se había ceñido para lavar los pies de los discípulos en la última cena. Es el vestido del siervo, del que se entrega a los hermanos el que cubre su desnudez. Es el vestido mismo del Señor, que lo envuelve en su amor y su perdón. Gracias a este amor Pedro podrá salir del mar, podrá resurgir, comenzar de nuevo.

Los textos utilizan el mismo verbo para narrar la salida de Jesús del bautismo del Jordán: la misma experiencia unen al Maestro y al discípulo. ¡Pedro es ya un hombre nuevo! Por esto podrá afirmar por tres veces que ama al Señor. Aunque permanezca abierta en él la herida de su triple negación, ésta no es la última palabra: sino que es precisamente aquí donde Pedro conoce el perdón del Señor y conoce su debilidad, que se le descubre como el lugar de un amor más grande. Pedro es confirmado en un amor que va bien más allá de su traición, de su caída: un amor que lo hace capaz de servir a los hermanos, de llevarlos a pastar a las praderas jugosas del Señor. Pedro se convertirá además en mediación privilegiada del Pastor bueno que es el mismo Jesús. Dará la vida por el rebaño, extenderá las manos a la crucifixión, como afirman las fuentes históricas.

3. Jesús pone en marcha su Iglesia. Un misterio de amor recibido, reconocido y entregado. El pastor entrega sus ovejas en manos del amor confesado. Al final, la muerte como confesión de la fe es gloria dada a Dios. Toda la Iglesia quedó así fundamentada en la experiencia teologal que brota del encuentro con el Resucitado. Tras la Eucaristía, nos queda la entrega de la vida propia hasta la muerte, al igual que Jesús, como esperanza fecunda de la misión que nos ha entregado a todos. La Iglesia ha nacido del manantial, del costado abierto de Cristo y se constituye en torno a la comida de la Eucaristía, hasta que el Señor venga en gloria. Hasta entonces, toda la tarea encomendada consiste en el amor. Al grito de: “Es el Señor”, todos nos hemos de ceñir los lomos, no sólo Pedro, no sólo los pastores. Y hay que entregar la vida, los unos por los otros, cada día. En olvido de la propia, habrá que buscar el seguro de la del vecino, de la del extraño, de la del adversario. La vida nos va en ello; y si así lo hacemos, así la perderemos, estaremos siguiendo de seguro al Señor. La Pascua nuestra es tiempo de memoria del amor recibido y del que todavía tenemos que entregar.

4.
“Y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo suyo y tuyo: si procedes así: que no haya hermano en el mundo que por mucho que hubiese pecado, se aleje jamás de ti, después de haber contemplado tus ojos, sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca”… (CtaM 9) Francisco conoce el verdadero encuentro con el Resucitado en el perdón que regenera a los hermanos que han pecado y a los cuales hay que devolver con gestos la ternura con la que el Señor se entregó por ellos, sin condiciones.

Contra toda normativa canónica, él confirma a los ministros provinciales que está dispuesto a comportarse de esta manera y quiere que los que cuidan de los hermanos hagan lo mismo. A un pecador perdonado, le sale de dentro compartir la suerte, la gracia recibida.

4. Orar con el texto

Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla
Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán pesca
Pedro que estaba desnudo se ató la túnica y se echó al agua
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado
Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?... Señor, tú conoces todo, tu sabes que te quiero… “sígueme”

5. Oración final

Gracias, Padre, por haberme acompañado más allá de la noche, hacia el alba nueva donde me ha salido al encuentro tu Hijo Jesús. Gracias por haber abierto mi corazón a la acogida de la Palabra y haber realizado el prodigio de una pesca sobreabundante en mi vida. Gracias por el bautismo en las aguas de la misericordia y del amor, por el banquete a la orilla del mar. Gracias por mis hermanos y hermanas que se sientan siempre conmigo a la mesa del Señor Jesús, ofrecido por nosotros. Y gracias porque no te cansas de acercarte a nuestras vidas y de regenerar nuestros corazones. Sólo Tú los puedes curar verdaderamente. Gracias, finalmente, por la llamada que también hoy me has dirigido, diciéndome: “¡Tú, sígueme!”

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4º Domingo de Pascua o del Buen Pastor. Ciclo C

Jesús es el Pastor: sus ovejas le conocen. Juan 10,27-30

1.- LECTIO

a) Oración inicial:

Ven, Espíritu Santo, a nuestros corazones y enciende en ellos el fuego de tu amor, danos la gracia de leer y reflexionar esta página del Evangelio para hacerlo memoria activa, amante y operante en nuestra vida. Deseamos acercarnos al misterio de la persona de Jesús contenido en esta imagen del pastor. Por esto te pedimos, humildemente, que abras los ojos de nuestra mente y de nuestro corazón, para que podamos conocer la fuerza de su resurrección. Ilumina, ¡oh Espíritu de luz!, nuestra mente para que podamos comprender las palabras de Jesús, Buen Pastor; inflama nuestro corazón para que nos demos cuenta que no están lejos de nosotros, sino que son la clave de nuestra experiencia actual. Ven, ¡oh Espíritu Santo!, porque sin ti el Evangelio aparece como letra muerta; contigo el Evangelio es Espíritu de vida. Danos, Padre, el Santo Espíritu; te lo pedimos junto con María, la madre de Jesús y madre nuestra, y con Elías, tu profeta, en el nombre de tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor. ¡Amén!


b) Lectura del texto: Juan 10,27-30

“En aquel tiempo, dijo Jesús:
27. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen. 28. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. 29. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. 30. Yo y el Padre somos uno.»

2.- MEDITATIO

a) Una clave de lectura:

El pasaje de la liturgia de este domingo está sacado de, un discurso de Jesús durante la fiesta judía de la dedicación del Templo de Jerusalén que acaecía a finales de diciembre (durante la cual se conmemoraba la reconsagración del Templo). Las palabras de Jesús sobre la relación entre el Pastor (Cristo) y las ovejas (la Iglesia) pertenecen a un verdadero y propio debate entre Jesús y los judíos. Estos hacen a Jesús una pregunta clara y piden una respuesta también clara y pública: «Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». La respuesta de Jesús se presenta en dos momentos. Consideramos brevemente el contexto donde se inserta la primera, que es la de nuestro texto litúrgico. Los judíos no comprendieron la parábola del buen pastor y piden ahora a Jesús una declaración más clara de su identidad. El motivo de su incredulidad no es por sí mismo un motivo de búsqueda, sino que en su cerrazón mental rechazan pertenecer a sus ovejas. Puede ser iluminadora una expresión análoga de Jesús en Mc 4,11: «A ustedes se les ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas». Las palabras de Jesús solamente son luz para el que vive dentro de la comunidad, para aquél que decide quedarse fuera solamente es un enigma que desconcierta. A la incredulidad de los judíos, Jesús contrapone el comportamiento de aquellos que le pertenecen y que el Padre les ha dado; también su relación con ellos.

El lenguaje de Jesús no es para nosotros de evidencia inmediata; más aún, compara a los creyentes con un rebaño, y nos deja perplejos. Los oyentes, a los que Jesús dirige su palabra, era un pueblo de pastores. Es evidente que la parábola es entendida desde el punto de vista de un hombre que comparte casi todo con su rebaño. Él lo conoce: ve cada una sus cualidades y sus defectos; también las ovejas conocen a su guía: responden a su voz y a sus indicaciones.

1) Las ovejas de Jesús escuchan su voz: no se trata sólo de una escucha externa sino de una escucha atenta, hasta la escucha obediente. En el discurso del buen pastor esta escucha expresa la confianza y la unión de las ovejas al pastor. El adjetivo «mías» no indica solamente la simple posesión de las ovejas, sino que pone en evidencia que las ovejas le pertenecen, y le pertenecen en cuanto que Él es el propietario.

2) He aquí, pues, que se establece una relación íntima entre Jesús y las ovejas:«y yo las conozco» no se trata de un conocimiento intelectual; en el sentido bíblico “conocer a alguien” significa, sobre todo, tener una relación personal con él, vivir en cierto sentido en comunión con él. Un conocimiento que no excluye los trazos humanos de la simpatía, amor, comunión de naturaleza.

3) En virtud de este conocimiento de amor, el Pastor invita a los suyos a seguirlo: La escucha de la palabra comporta un discernimiento, para que entre todas las voces posibles, elijan la que corresponde a una persona concreta (Jesús). Como consecuencia de este discernimiento, la respuesta se hace activa, personal y se convierte en obediencia. Esta proviene de la escucha. Por lo tanto, entre la escucha y la secuela del Pastor está conocer a Jesús.

El conocimiento de Jesús hacia sus ovejas abre un itinerario que conduce al amor: «Yo les doy la vida eterna». La vida es el don de la comunión con Dios, unida a una posesión actual.
« El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (3,36); «En verdad, en verdad les digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna» (5,24; 6,47).

La relación de amor de Jesús se concretiza por la experiencia de protección que el hombre experimenta: se dice que las ovejas « no perecerán jamás». Quizás una alusión a la perdición eterna. Y se añade que «nadie las arrebatará». Tal expresión sugiere el papel de la mano de Dios y de Cristo que impiden a los corazones de las personas ser arrebatadas por otras fuerzas negativas. En la Biblia, la mano, en algunos contextos, es una metáfora que indica la fuerza de Dios que protege. Por otra parte, el verbo «arrebatar» (harpázo) sugiere la idea que la comunidad de discípulos no estará exenta de los ataques del mal y de las tentaciones.

Pero la expresión «nadie las arrebatará» indica la presencia de Cristo que asegura a la comunidad la certeza de una estabilidad granítica que le permite superar toda tentación de miedo.

b) Con Francisco:

“Haz, con la bendición de Dios y mi obediencia, como mejor te parezca que agradas al Señor Dios y sigue sus huellas y pobreza” (CtaL 3)… El hermano León, mantuvo una relación especial con Francisco, una relación que se fue tejiendo en el diálogo y el compartir mutuo durante años; un amor que a causa de la fe y del seguimiento de Jesús les llevó a ambos a un máximo de libertad en su trato y amistad, al mismo tiempo que a un máximo de obediencia recíproca. Para ellos lo más importante es agradar al Señor a quien pertenecen y por quien se sienten conducidos desde la fraternidad, por los caminos del mundo.

c) Algunas preguntas:

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

1) La primera actitud que la palabra de Jesús ha puesto en evidencia es que el hombre debe “escuchar”. ¿Eres un hombre inmerso en la escucha de Dios? ¿Hay espacios en tu vida diaria que dedicas, de modo particular, a la escucha de la Palabra de Dios?

2) El diálogo o comunicación íntima entre Cristo y tú se define en el evangelio de hoy con un gran verbo bíblico, «conocer». Tu conocimiento de Cristo ¿se limita a un conocimiento teórico-abstracto o te dejas transformar y guiar por su voz en el camino de tu vida?

3) El hombre que ha escuchado y conocido a Dios «sigue» a Cristo. Tu seguimiento diario ¿es continuo? ¿Aún cuando en el horizonte aparece la pesadilla de otras voces e ideologías que tratan de separarte de la comunión con Dios?

4) En la meditación del evangelio de hoy aparecen otros dos verbos: nosotros no «pereceremos» y nadie nos podrá «arrebatar» de la presencia de Cristo que protege nuestra vida. ¿Experimentas esta seguridad cuando te sientes amenazado por el mal?

5) Las palabras de Jesús «Yo les doy vida eterna» te aseguran que la meta de tu camino, como creyente, no es oscura ni incierta. Para ti, ¿la vida eterna, es un reclamo a la comunión de vida con el mismo Dios? ¿Es motivo de alegría para ti experimentar la compañía de Dios en tu vida?

3.- ORATIO

a) Momento de silencio orante: El silencio conserva el fuego de la palabra que ha entrado en nosotros con la escucha de la Palabra. Ayuda a conservar el fuego interior de Dios.
Permanece algunos momentos en el silencio de la escucha para poder participar del poder creador y recreador de la Palabra divina.

b) Salmo 22: El Señor es mi Pastor

4.- CONTEMPLATIO

Contempla la Palabra del Buen Pastor en tu vida. Las etapas precedentes de la lectio divina, importantes en sí mismas, cobran funcionalidad, si están orientadas a la vida. El camino de la “lectio” no se puede decir que está acabado, si no llega a hacer de la Palabra una escuela de vida para ti. Tal meta se alcanza cuando experimentas en ti los frutos del Espíritu. Estos son: la paz interior que florece en la alegría y en el gusto por la Palabra; la capacidad para discernir entre lo que es esencial y obra de Dios y lo que es fútil y obra del mal; la valentía de la elección y de la acción concreta son una consecuencia de la página bíblica que has leído y meditado.

ORACION FINAL

Oh, Espíritu de Vida que has resucitado con tu poder
al crucificado y sepultado, escucha nuestra súplica
de criaturas anhelantes de vida.

Despierta nuestra carne dormida y abre nuestros oídos
para acoger resucitados la Palabra de la Vida.
Sí, resucítanos con tu poder, como alzaste de la tumba
a nuestro hermano Jesús, para que podamos acoger
la Vida eterna que nos ofrece el Pastor Resucitado.

Tú que nos conoces, uno a uno, libéranos de nuestros lazos de muerte
para que podamos ser testigos del Resucitado lleno de Amor
que vence toda muerte.

Que por tu acción vivificadora seamos mujeres y hombres
empapados del Amor que ha triunfado,
y sigamos con gozo al Maestro cada instante de nuestra vida
con la confianza de que ya nada podrá arrebatarnos
de la mano del Dios de la Vida, con la seguridad de que el Cordero
nos conduce constantemente hacia fuentes de aguas vivas.

O bien:

Te pedimos, Señor, que te manifiestes a cada uno como Buen Pastor que en la fuerza de la Pascua restableces, animas en los tuyos, con la delicadeza de tu presencia, con la fuerza de tu Espíritu. Te rogamos que abras nuestros ojos, para que podamos conocer cómo nos guías y sostienes nuestras voluntad de seguirte adonde quiera que nos conduzcas. Concédenos la gracia de no ser arrebatados de tus manos de Buen Pastor y de nos estar a merced del mal que nos amenaza y de las divisiones que anidan en el interior de nuestro corazón. Tú, ¡oh Cristo!, eres el Pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. ¡Amén!

 

 

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5º Domingo de Pascua. Ciclo C

¿En qué se reconoce a un discípulo de Jesús?: en el amor a la manera del Crucificado
(Juan 13,31-35)

(Centro Bíblico Pastoral para América Latina del CELAM)

1.- Introducción

El tema del discipulado vuelve al primer plano en este domingo: En esto conocerán todos que son discípulos míos.

La clave es el amor: Si se tienen amor los unos por los otros. Respuesta clara y contundente. Sin embargo: se habla tanto de amor hoy, ¿de qué tipo de amor estamos hablando? ¿Dónde está la novedad? ¿Cuál es su fundamento? ¿Es posible amar de esa manera?

Nos pueden motivar para entrar en el estudio del evangelio de este domingo las palabras del Papa Benedicto XVI que citamos hace una semana: La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios (Encíclica Dios es Amor No.39). Sumerjámonos con gozo en la reflexión de uno de los pasajes quizás más leídos de los evangelios, el del mandato del amor.

2.- El texto

Leamos despacio y con mucho cuidado el texto de Juan 13,31-35: “31Cuando salió (Judas), dice Jesús: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. 32Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. 33Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con ustedes. 34Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que, como yo los he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros. 35En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos por los otros”.

3.- Su contexto

Notemos, para comenzar, que hay un contraste entre oscuridad y luz, más exactamente la oscuridad del odio y la luz reveladora del amor.

1) La oscuridad del discípulo desertor que se va. Judas acaba de salir del cenáculo para alejarse definitivamente de Jesús. En el momento en que lo hace el evangelista anota: era de noche (13,30b). Judas se pierde en medio de las tinieblas –una forma concreta de describir el apartarse del proyecto de Jesús- para ponerse al servicio del poder del mal, es decir, del odio al Maestro.

2) La luz que proviene de la entrega amorosa de Jesús en la Cruz. Como consecuencia de la entrega (13,21), Jesús también se va, pero en otra dirección: la de la Gloria de Dios. Es así como Jesús toma la palabra y comienza a hablar insaciablemente de la glorificación, en dos versículos, ¡El verbo glorificar se repite cinco veces! En el esplendor de esta luz se revela el amor extraordinario e incondicional de Dios por los hombres, una luz que brillará también en la vida de los discípulos cuando sean capaces de amarse con la profundidad y la fidelidad con que lo hizo Jesús crucificado. En las últimas horas de convivencia terrena de Jesús con sus discípulos Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros, Jesús habla de su futuro y del de sus discípulos.

Justo en el momento en que, por la traición de uno de los discípulos, parece venirse abajo definitivamente la vida y el ministerio de Jesús –como si una gran ola de odio arrastrara hasta el fondo toda la obra de Jesús-, Jesús le ayuda al resto de sus discípulos a entender el sentido de su muerte en la Cruz y cuál será el oficio más importante de ellos a partir del momento en que ya no lo tengan de forma visible ante sus ojos. Los dos temas mencionados se cruzan: si por la gloria de Jesús en la Cruz se reconoce en él la presencia de Dios, también por el amor que se tienen los discípulos entre sí se descubrirá que están en comunión estrecha con Jesús. Esta es la dinámica que el evangelio de este domingo nos invita a considerar y a vivir.

4.- Profundicemos ahora en este pasaje

Que podamos colocar la Palabra dentro del corazón y la transformemos en oración y vida.

1.- La luz de la gloria que proviene de la Cruz. En la muerte de Jesús el Padre, glorifica al Hijo y al mismo tiempo el Padre es glorificado en la Cruz del Hijo. Jesús siempre acentuó su relación con el Padre: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra (4,34). Esto se aplica ahora a la Pasión y Muerte de Jesús. Decir que el Hijo glorifica al Padre y que el Padre glorifica al Hijo, indica que el uno revela al otro en la más asombrosa claridad.

Pues bien, en el don la entrega de su propia vida sin límites y hasta el extremo, el Padre y el Hijo han llevado a culmen la misión y le han revelado al mundo el esplendor de su relación recíproca y de su relación con la humanidad. En el momento más oscuro (el de la muerte de Jesús), la luz del amor entre los dos –el Padre y el Hijo- y de los dos por el mundo hace radiante el acontecimiento, y hay que acogerlo con una gran fe en este tiempo pascual.

Jesús es glorificado en el momento en que entrega su vida. Sorprende la ilimitada confianza que Jesús tiene en su Padre. Así se manifiesta cuán profundo es el amor de Jesús al Padre; en el momento de ?pasar de este mundo al Padre (13,1), Jesús hace una declaración de amor incondicional: “¡Ha de saber el mundo que amo al Padre! (14,31). Pero también es una declaración de amor sin palabras por nosotros: ?Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (13,1). Precisamente, mediante esta acción del Hijo, Dios se revela como un Papá que merece toda nuestra confianza. Todo esto lo descubrimos a través de la entrega de Jesús: el don de su vida revela el infinito amor de Dios por el mundo. Desde el momento de su muerte, el Hijo de Dios encarnado es acogido por el Padre en su misma vida divina, como dice Jesús: ?en la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese (17,5). El Padre ama al Hijo, ¡y de qué manera! Más aún, Jesús, está con Dios y es Dios (prólogo de Juan 1,1). Los discípulos captarán esta revelación en el tiempo pascual y vivirán fascinados con ella.

La exaltación de la Cruz nos hace una revelación sobre Dios. En ella, además de conocer cuánto ama el Padre al Hijo, vemos también cuán eficaz para salvarnos es esta entrega de amor. En la exaltación del Crucificado Dios se vacía de amor en la humanidad. De su pecho traspasado por la lanza manan ríos de agua viva, el don de su mismo Espíritu, fuerza de vida eterna. Allí Él ejerce la irresistible atracción de su amor: -Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí-.

2.- El amor recíproco de los discípulos de Jesús. La primera parte del pasaje de hoy centró nuestra atención en el amor entre el Padre y el Hijo que se da a conocer por medio de la glorificación en la Cruz; allí los discípulos comprendieron cuánto los amaba Jesús. La segunda parte, que abordamos ahora, se centra en la relación entre los discípulos de Jesús.

Cuando Judas salió del cenáculo cambió el panorama: quedó en evidencia la partida de Jesús y los discípulos se turbaron de tristeza con el anuncio final de esta partida: Ya poco tiempo voy a estar con ustedes. Jesús le habla a los discípulos con palabras cargadas de ternura, casi con expresión de amor paterno-materno: ?Hijos míos (el diminutivo que aparece en el texto griego suena: Hijitos, queridos hijitos.
Hasta el momento, como lo afirmará explícitamente más adelante, Jesús ha estado en medio de su comunidad y la ha protegido ?Cuando yo estaba con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado (17,12; pero ahora Él sigue adelante su camino, que pasa por la muerte.

Los discípulos no lo seguirán de forma inmediata por este camino (13,33b), pero sí lo harán más tarde (diálogo con Pedro en 13,36; 21,18-19). De ahí que estamos ante el comienzo de un nuevo tipo de relación entre el Maestro y sus discípulos. Jesús le da a sus discípulos el mandato del amor: ?Que, como yo los he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros. Esta es la manera concreta como Jesús continuará en medio de su comunidad y, al mismo tiempo, los discípulos serán identificados en cuanto tales en el tiempo pascual.

Cada uno de los discípulos ha sido amado fuertemente por Jesús. Ahora la vida de ellos debe estar sostenida y orientada por este mismo amor. La experiencia del amor de Jesús, cuya cumbre se capta y se recibe en el amor de la Cruz, envuelve completamente la vida de los discípulos. Esta vida en el amor es la luz de los discípulos. Jesús habla de un mandato nuevo.

Pero, ¿en qué está lo nuevo, si ya había un mandamiento parecido en el Antiguo Testamento: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Levítico 19,18)? Lo nuevo está en la experiencia de Jesús que no habla de amor en abstracto o de forma genérica sino que su referente es el -como yo los he amado-. Es el comportamiento y las actitudes de Jesús lo que da los límites y el estilo de este amor; en este sentido el mandato de Jesús es completamente nuevo, porque sólo los discípulos han experimentado su amor y porque sólo en la Cruz se reveló en plenitud el amor de Jesús y el del Padre. Por lo tanto, lo que Jesús subraya de manera particular es que el amor de cada discípulo por el otro debe representar la intensidad y la grandeza del amor de Jesús Crucificado. El amor de los discípulos toma forma en el molde de la Cruz. El mandato no está en el simple hecho de amar sino de amar a la manera de Jesús, un amor de aceptación del otro aún en su pecado, un amor que efectivamente ayuda y trasforma, un amor que se despoja de sí mismo para buscar el bien del otro. De esta forma se revelará que Jesús está vivo y presente en medio de sus discípulos. En su forma de amar, cada uno le hará presente Jesús a su hermano. La característica más importante de Jesús es el amor y su presencia resucitada en la comunidad se verifica precisamente en este punto.

El amor del Padre y del Hijo en la Cruz capacitan al verdadero discípulo, aquél que ha adherido vitalmente su existencia a la de Jesús para continuar en el mundo la fuerza de este amor. Jesús no se ha limitado a mandar que nos amemos sino que nos ofrece la experiencia de su propio amor, vaciándolo en nuestros corazones, creando así entre Él, nosotros y los que nos rodean, un nuevo espacio vital y una nueva dinámica relacional. En esto conocerán que son discípulos míos: si se tienen amor los unos por los otros.

3.- Discipulado y Misión se funden en este aspecto. Las relaciones cristificadas nos hacen más claramente seguidores del Maestro y al mismo tiempo nos constituyen en testigos de la eficacia de su amor por la humanidad. Así, como sucede con Jesús, el amor de la comunidad atraerá a todos. La comunidad de los discípulos permanecerá como una lámpara siempre radiante ante el mundo. El amor recíproco al interior de ella será el reflejo de la relación aún más estrecha que sostiene con Jesús. La vida de la Iglesia se convierte así en un anuncio vivo de la presencia del Resucitado en el mundo. La comunión viva de la Iglesia nos hace testigos pascuales.

5.- Cultivemos la semilla de la palabra en lo profundo del corazón

1. ¿He hecho la experiencia del amor de Jesús y del amor de Dios?

2. ¿Mi forma de amar se inspira y tiene su fuerza en el amor de Jesús?

3. ¿De qué me tengo que despojar para amar como Jesús?

4. ¿En qué forma convierto mi cruz, aquella que tanto me pesa, en un medio para ?visibilizar lo más profundo del amor de Dios?

5. Jesús “amó hasta el extremo a sus discípulos y les pidió hicieran lo mismo con los demás. ¿En mi vida, cuál es ese ?extremo con el cual amo a mis hermanos?

(P. Fidel Oñoro, cjm)

 

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6º Domingo de Pascua. Ciclo C

El Espíritu Santo nos ayudará a comprender las palabras de Jesús
(Juan 14, 23-29)

1.- ORACION INICIAL

Espíritu consolador, ven a soplar sobre las inquietudes
que pueden retenernos lejos de ti.
Y concédenos descubrir las fuentes de la confianza
depositadas en lo más profundo de nosotros. (Hno. Roger de Taizé)

2.- LECTIO

a) El texto: Juan 14, 23-29:

“23. Jesús les respondió: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. 24. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra no es mía, sino del Padre que me ha enviado. 25. Les he dicho estas cosas estando entre ustedes. 26. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho. 27. Les dejo la paz, mi paz les doy; no les doy como la da el mundo. No se turben sus corazones ni se acobarden. 28. Han oído que les he dicho: Me voy y volveré a ustedes. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más grande que yo. 29. Y les digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean.

b) Momento de silencio:

Dejamos que la voz del Verbo resuene en nosotros.

3.- MEDITATIO

a) Algunas preguntas:

“Y vendremos a él, y haremos morada en él”: Si miramos hacia nuestros campamentos internos, encontramos la tienda de la presencia de Dios?
“El que no me ama no guarda mis palabras”: ¿son palabras vacías, por nuestra falta de amor, las palabras de Cristo a nosotros? o ¿más bien podemos decir que las observamos como guía de nuestro camino?
“El Espíritu Santo les recordará todo lo que yo les he dicho”: Jesús vuelve al Padre, pero todo lo que dijo e hizo permanece entre nosotros. ¿Cuándo seremos capaces de recordar lo que la gracia divina ha realizado en nosotros? ¿Acogemos la voz del Espíritu Santo que nos sugiere en lo más íntimo el significado de todo lo que ha sucedido?
“Mi paz les doy: La paz de Cristo es su resurrección”: ¿hasta cuándo la inquietud y las manías por hacer, que nos alejan de la fuente del ser, abandonarán el domicilio de nuestra existencia? Dios de la paz, ¿cuándo viviremos únicamente de ti, paz de nuestra espera?
“Y les digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean”: Antes que suceda… A Jesús le agrada explicarnos lo que sucederá con anticipación, para que los acontecimientos no nos sorprendan desprevenidos. Pero, ¿somos capaces de leer los signos de nuestros acontecimientos con las palabras que hemos oído de Él?

b) Clave de lectura:

Venir a morar. El cielo no tiene lugar mejor que un corazón humano enamorado. Porque en un corazón dilatado los confines se amplían y toda barrera de espacio y tiempo se anulan. Vivir en el amor equivale a vivir en el cielo, a vivir en Aquel que es el amor, y amor eterno. Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” . En los orígenes de toda experiencia espiritual hay siempre un movimiento hacia delante. Partiendo de un pequeño paso, todo se mueve después con armonía. Y el paso a realizar es solamente uno: Si uno ama. ¿Se puede amar verdaderamente a Jesús? ¿Cómo es que su rostro no se refleja en la gente? Amar: ¿qué significa realmente?

Amar, en general, significa para nosotros quererse, estar juntos, tomar decisiones para construir el futuro, darse… pero amar a Jesús no es la misma cosa. Amarlo significa hacer como ha hecho Él, no retraerse frente al dolor, a la muerte; amar como Él significa ponerse a los pies de los hermanos, para responder a sus necesidades vitales; amar como Él nos puede llevar lejos...es así como la palabra se convierte en pan cotidiano del cual alimentarse y la vida se convierte en cielo por la presencia del Padre.

El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra no es mía, sino del Padre que me ha enviado... Si no hay amor, las consecuencias son desastrosas. Las palabras de Jesús se pueden observar, si solamente hay amor en el corazón, de otro modo parecen propuestas absurdas. Aquellas palabras no son de un hombre, nacen del corazón del Padre que propone a todos ser como Él. No se trata de hacer cosas en la vida, por buenas que sean. Es necesario ser hombres, ser imágenes semejantes a Quien no cesa jamás de donarse a Sí mismo.

Les he dicho estas cosas estando entre ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho. Recordar es obra del Espíritu Santo: cuando durante nuestras jornadas el pasado se desliza como algo irremediablemente perdido y el futuro se presenta amenazador para quitarnos la alegría de hoy, solamente el soplo divino puede hacernos recordar. Hacer memoria de lo que se dijo, de cada palabra salida de la boca de Dios para ti, y olvidada por el hecho de que ha pasado el tiempo.

Les dejo la paz, mi paz les doy; no les doy como la da el mundo. No se turbe sus corazones ni se acobarde. La paz de Cristo para nosotros no es ausencia de problemas, serenidad en la vida, salud...sino plenitud de todo bien, ausencia de temor frente a lo que puede venir. El Señor no nos asegura el bienestar, sino la plenitud de la filiación en una adhesión amorosa a sus proyectos de bien por nosotros. La paz la poseeremos cuando hayamos aprendido a fiarnos de lo que el Padre elige para nosotros.

Han oído que les he dicho: Me voy y volveré a ustedes. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Vuelve al discurso del amor. Si me amaran, se alegrarían. Pero ¿qué sentido tiene esta expresión en los labios del Maestro?
Podríamos completar la frase y decir: Si me amasen, se alegrarían que me vaya al Padre...pero como solamente piensan en ustedes, están tristes porque me voy. El amor de los discípulos es amor egoísta. No aman a Jesús porque no piensan en Él, piensan en ellos. Entonces, el amor que Jesús nos pide es éste. Un amor capaz de alegrase porque el otro es feliz. Un amor capaz de no pensar en sí mismo como el centro del universo, sino como un lugar en el que oír se hace apertura a dar y poder recibir: no un intercambio, sino como “efecto” del don entregado.

Les digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean. Jesús instruye a los suyos porque sabe que quedarán confusos y serán lentos para comprender. Sus palabras no se disipan, quedan presentes en el mundo, como tesoros de comprensión para la fe. Un encuentro con el Absoluto que está desde siempre y para siempre en favor del hombre.

“Aplíquense, en cambio, en aquello que por encima de todo deben anhelar: tener el Espíritu del Señor y su santa operación”… (2R 10, 8). En lo que algunos autores han dado en llamar el corazón de la Regla (capítulo décimo de la regla bulada), Francisco pone el centro de todo deseo para el discipulado en dejarse guiar por el “Espíritu del Señor y su santa operación”.

Las obras si están realizadas según Dios, son las que darán al hermano menor la medida de la verdad en el seguimiento. La tendencia a amarnos a nosotros mismos ha de ser rasgada por la llamada transformadora del Espíritu Santo que nos lleva al compromiso de amar a todos como el Padre nos ha amado en Jesús.

c) Reflexión:

Amor. Palabra mágica y antigua como el mundo, palabra familiar que nace en el horizonte de cada hombre en el momento en el que es llamado a la existencia. Palabra escrita en las fibras humanas como origen y como fin, como instrumento y paz, como pan y don, como uno mismo, como los otros, como Dios. Palabra confiada a la historia a través de nuestra historia diaria. Amor, un pacto que siempre tiene una sola denominación: hombre. Sí, porque el amor coincide con el hombre: amor es el aire que se respira, amor es el alimento que se nos da, el descanso de quien confía, amor es el vínculo que hace que la tierra sea un lugar de encuentro. El amor con el cual Dios contempló la creación y dijo: “Es una cosa muy buena”. Y no se ha vuelto atrás del compromiso, cuando el hombre hizo de sí mismo un rechazo, más que un don, un desprecio, más que una caricia, una piedra lanzada, más que una lagrima enjugada. Amó más con los ojos y el corazón del Hijo, hasta el final. Este hombre que se hizo llama ardiente del pecado, el Padre lo redimió, única y exclusivamente por amor, en el fuego del Espíritu.

4.- ORATIO

Orar con el texto:

El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre le amará
El Paráclito que enviará el Padre en mi nombre es quien les enseñará todo
La paz les dejo, mi paz les doy… que no tiemblen sus corazones ni se acobarden
Me voy y vuelvo al lado de ustedes

5.- CONTEMPLATIO

Te veo, Señor, estar presente en medio de mis días a través de tu palabra que acompaña mis momentos más fuertes, cuando mi amor por ti se hace audaz y no me echo atrás frente a lo que siento que no me pertenece. Este Espíritu que es como el viento: sopla donde quiere y se oye su voz, el Espíritu que se ha hecho un espacio en mí, y ahora puedo decirte que es como un amigo querido con el cual poder hacer memoria. Ir hacia las palabras dichas, a los acontecimientos vividos, a la presencia percibida, recorriendo el camino, hace mucho bien al corazón. Me siento habitado más profundamente cada vez que en el silencio viene a la mente una frase tuya, una invitación tuya, una palabra de compasión, un silencio tuyo. Las noches de tu oración me permiten orar al Padre y encontrar paz. Señor, ternura celada en los repliegues de mis gestos, concédeme hacer acopio de todo lo que eres: un rollo desplegado en el cual se puede entender el sentido de mi vida. Que mis palabras sean morada de tus palabras, que mi hambre sea morada de ti, pan de vida, que mi dolor sea una tumba vacía y un sudario doblado, para que todo lo que quieras se cumpla, hasta mi último suspiro. Te amo, Señor, mi roca.

6.- ORACIÓN FINAL

Padre, sorprendidos y esperanzados te vemos mudarte del cielo a la tierra, empadronarte en nuestras oscuras e injustas ciudades, compartir nuestra vecindad. Constatamos nuestra poca fe. Condúcenos tú con tu Espíritu enviado en nombre de Jesús, para que cada día renovemos nuestro compromiso de amor dentro de la Iglesia y hacia todos nuestros hermanos. No permitas que nuestras leyes hagan peligrar la fe de los que nos empeñamos en guardar el Evangelio y en dar forma expresa a tu amor recibido del misterio pascual de Cristo. Sé tú nuestro único templo y nuestra única luz, junto con Jesús tu Hijo y tu Espíritu de amor, a fin de que tu gloria se manifieste en nosotros y en todos nuestros hermanos para la vida eterna. Amén.

 

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Ascensión del Señor. Ciclo C

Serán mis testigos. Lucas 24,46-53

1.- ORACION INICIAL

Espíritu Santo, por tu continua presencia en nosotros,
nos llevas a dar nuestra vida por amor.
Incluso si a veces te olvidamos
Tú infundes en nosotros la alegría.
(Hno. Roger de Taizé)

1.- LECTIO

a) El texto:

“46. y les dijo: «Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día 47. y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. 48. Ustedes son testigos de estas cosas. 49. «Miren, Yo voy a enviar sobre ustedes la Promesa de mi Padre. Ustedes permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos de poder desde lo alto.» 50. Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. 51. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. 52. Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo. 53. Y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios”.

b) Momento de silencio:

Dejamos que la voz del Verbo resuene en nosotros.

2.- MEDITATIO

1. Para comprender adecuadamente el texto evangélico que la liturgia nos propone, hemos de partir de Lc 24, 44. La conclusión del relato de la segunda aparición en termina en el v. 43. Siguen las instrucciones de despedida que insisten en el cumplimiento de lo anunciado en el AT; todo estaba orientado hacia Él que está todavía con ellos pero ya de un modo nuevo. Desde la pascua del Señor Jesús, la comprensión de la Escritura exige una mirada nueva: Jerusalén será punto de partida para una misión universal, los discípulos irán a ella ahora, en calidad de testigos. La misión no será empresa de aquel grupo indefenso y pobre sino del Padre que dará para ella la fuerza del Espíritu Santo. Es Jesús mismo el dador del Espíritu, este don será el cumplimiento de la promesa hecha a Abrahán e interpretada por los profetas.

2. Ha habido un largo camino que ha hecho el Mesías con los suyos, abriéndoles los oídos y la mente para la escucha; los ojos y el corazón para darles una nueva mirada y comprensión de la obra del Padre. La escena de la ascensión une el tiempo de Jesús y el de la Iglesia naciente llamada a prolongar su presencia en el testimonio y el anuncio del evangelio. La narración es como una liturgia de glorificación, en ella se cumple el día sin fin de la pascua. El retorno del Hijo al Padre, constituye el sentido pleno del misterio pascual, la meta del largo éxodo de la creación entera, la salida de la tierra de la muerte y esclavitud (sepulcro) y el ingreso en la tierra nueva y definitiva de la promesa. Después de la ascensión, el Padre no tiene ya nada más que darnos, todo nos lo ha dado en la carne de Jesús, sólo necesita el nuevo pueblo, nacido de la Alianza Nueva, el don del Espíritu que la guíe y la sostenga en la fidelidad. Él no se aleja de los suyos, estará siempre en camino como estuvo con los de Emaús, de forma discreta ya no física como en otro tiempo.

3. La ascensión del Señor, es exaltación de su humanidad a la dignidad de Hijo de Dios, es esperanza cumplida para cada hombre y mujer que peregrina en este mundo. En Jesús, cabeza y primicia del hombre nuevo, vemos los mortales el destino de nuestro caminar, el anhelo de nuestras fatigas y sin sabores al sentirnos esperados y recibidos por el Padre que todo lo ha hecho nuevo en la Pascua de su Hijo Jesucristo. La marcha de Jesús ha dejado la vía abierta para nuestra responsabilidad. Se nos ha encomendado la conversión y el acceso al perdón de los pecados de todos los pueblos. Hemos pasado de ser discípulos que escuchan la Palabra a testigos de su fuerza que la proclaman y predican. La Iglesia no tiene otra palabra que pronunciar que el Evangelio. Es deuda que ella tiene contraída con su Señor en beneficio de todos los hombres. Toda otra palabra que pronuncie, por sabia y santa que crea que pueda ser, se convierte en fraude contra su misión. La fuerza del Espíritu no la hemos de apagar, no la hemos de derrochar en razonamientos carnales que invalidan la categoría de testigos que hemos recibido. Sólo podemos testificar acerca de aquello que hemos visto y oído: el Crucificado ha resucitado, está vivo a la derecha del Padre y vendrá con gloria. Ésta es nuestra esperanza, y la salvación de todos los hombres.

4. “A nosotros hechos a tu imagen y semejanza, nos colocaste en el paraíso”…(1R 23,1-2) Francisco de Asís, muchas veces revive en su camino la nostalgia de poder descansar en el paraíso: comunión definitiva con el Padre al que llegamos por su Hijo Jesús. Él vivió su camino de creyente como un duro éxodo, el que impone la vocación y el testimonio del amor que tiene nombre y sabor de fraternidad que se va haciendo con desapropiación… ¡es el camino único de la experiencia pascual, sin él no hay vida nueva ni gloria!

5. Algunas preguntas:

En el nombre del Señor. Esto que vivo cada día ¿en nombre de quién lo hago?
A todas las gentes. ¿Tengo un corazón capaz de acoger a todos o, más bien, discrimino fácilmente según mis puntos de vista?
Quedarse en la ciudad. ¿Consigo estar en las situaciones más difíciles, o intento antes de entender el sentido, de eliminarlas?
Mi oración. ¿Alabo al Señor por lo que realiza en mi vida o más bien pido por mí?

3.- ORATIO

Orar con el texto:

El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día
En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos
Ustedes serán mis testigos
Yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido
Los sacó hacia Betania, levantando las manos, los bendijo


Salmo 22, 23-32


Contaré tu fama a mis hermanos, reunido en asamblea te alabaré: «Los que están por Yahvé, alábenlo, estirpe de Jacob, respétenlo, témanlo, estirpe de Israel.
Que no desprecia ni le da asco la desgracia del desgraciado; no le oculta su rostro, le escucha cuando lo invoca».
Tú inspiras mi alabanza en plena asamblea, cumpliré mis votos ante sus fieles. Los pobres comerán, hartos quedarán, los que buscan a Yahvé lo alabarán.
Se acordarán, volverán a Yahvé todos los confines de la tierra; se postrarán en su presencia todas las familias de los pueblos.
Porque de Yahvé es el reino, es quien gobierna a los pueblos. Ante él se postrarán los que duermen en la tierra, ante él se humillarán los que bajan al polvo.

4.- CONTEMPLATIO

Señor, comprendo que la evangelización exige una profunda espiritualidad, autenticidad y santidad de testimonios, personas maduras en la fe, capaces de encontrarse juntos para hacer de la propia experiencia de fe un lugar de encuentro y de crecimiento en un contacto de persona a persona que construya relaciones profundas y abiertas a lo eclesial, al mundo, a la historia. Y yo me siento ahora inepto. En un contexto en el cual el continuo aparecer de imágenes, palabras, propuestas, proyectos, crónicas, desorienta y casi emborracha el pensamiento y elimina el sentir, el testimonio se levanta como palabra privilegiada para una parada de reflexión, para un momento de pensar tranquilo. ¿Y si yo soy el primero en dejarme arrastrar por aquellas imágenes, palabras, proyectos? De una cosa estoy seguro, y esto me conforta. También el más bello testimonio se revelaría con el tiempo impotente, si no estuviese iluminado, justificado, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús. La Buena Noticia, proclamada por el testimonio de vida, pronto o tarde necesita anunciarse por la palabra de vida. Daré razón de mi esperanza proclamando tu nombre, tu enseñanza, tu vida, tus promesas, tu misterio de Jesús de Nazaret e Hijo de Dios. Pienso que sea para mí el camino más sencillo para suscitar el interés por conocer y encontrarte a ti, Maestro y Señor, que ha elegido vivir como hijo del hombre para revelarnos el rostro del Padre. Toda pastoral que hoy se encuentre en cadenas por causa de la fe podrá pedirte a ti, Dios, que se abra la puerta de la predicación para anunciar el misterio de Cristo, la predicación, que como palabra divina, obra en todo aquel que cree.

6.- ORACION CONCLUSIVA

Padre de la gloria, tú rescataste de la muerte a tu Hijo Jesús para que nosotros viviéramos de esa misma esperanza; ilumina nuestro corazón con la gracia de la fe y danos tu Espíritu de amor, para que con su fuerza confesemos siempre la gloria de Cristo el Señor. A ti la gloria, la alabanza y la bendición que brota de nuestro corazón agradecido hasta que el Señor vuelva. Amén.

 

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Domingo de Pentecostés. Ciclo C

RECIBAN EL ESPÍRITU SANTO. Juan 20, 19-23

1.- ORACION INICIAL


Espíritu Santo, incluso cuando nuestras palabras no llegan a expresar bien la espera de la comunión contigo, tu invisible presencia habita en cada uno de nosotros y nos ofreces la alegría.

O bien:

Señor, Padre misericordioso, en este día santísimo yo grito hasta ti desde mi cuarto con las puertas cerradas; a ti elevo mi oración desde el miedo y la inmovilidad de la muerte. Haz que venga Jesús y que se detenga en el centro de mi corazón, para arrojar todo miedo y toda oscuridad. Haz que venga tu paz, que es paz verdadera, paz del corazón. Y haz que venga tu Espíritu Santo, que es fuego de amor, que inflama e ilumina, funde y purifica; que es agua viva, que salta hasta la vida eterna, que quita la sed y limpia, bautiza y renueva; que es viento impetuoso y suave al mismo tempo, soplo de tu voz y de tu respiro; que es anunciador de perdón, de un comienzo nuevo y duradero para toda la tierra. Manda tu Espíritu sobre mí, en el encuentro con esta Palabra, en la escucha de ella y en la penetración de los misterios que ella conserva; que yo sea colmado y sumergido, que sea bautizado y hecho hombre nuevo, por el don de mi vida a ti y a los hermanos. Amén.

EL TEXTO

Juan 20, 19-23: “Al anochecer de ese mismo día, el primero de la semana, los discípulos estaban a puertas cerradas por miedo a los judíos. Jesús se hizo presente allí, de pie en medio de ellos. Les dijo: la paz sea con ustedes. Después de saludarlos así, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de gozo al ver al Señor. El les volvió a decir: la paz esté con ustedes. Así como el Padre me envió a mi, así los envío a ustedes. Dicho esto, sopló sobre ellos: reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes perdonen, queden perdonados, y a quienes no libren de sus pecados, queden atados”.

PROFUNDIZAR EL TEXTO

1. Es en estos encuentros del Resucitado con los suyos donde va naciendo la nueva comunidad de la pascua, primicia de una nueva creación. El texto que tenemos entre manos contiene alusiones eucarísticas que se amplían en pasajes sucesivos. Jesús se aparece a los suyos en el cenáculo, donde antes de padecer había anticipado el don de sí mismo; los sorprende al anochecer, en el tiempo propicio para el encuentro entre ellos, el tiempo para hacer memoria. El texto se articula en dos partes bien definidas: despunta la era nueva de la pascua-nueva creación y el don del Espíritu Santo y la misión (testimonio, anuncio y reconciliación).

El texto comienza aludiendo “al anochecer del primer día de la semana”… para Jn, el mismo día en que comienza la nueva creación; se abre un tiempo nuevo: la Pascua Definitiva cumplida en la entrega y éxodo del Mesías Jesús. Los discípulos, sin nombres específicos en el texto, son los que dan su adhesión a Jesús; a ellos les va a confiar el Señor la misión, el don del Espíritu. “Las puertas cerradas” nos están hablando de su desamparo en el mundo hostil en el que viven, al mismo tiempo que no esconde el texto la sensación de inseguridad que les embarga; aún no tienen experiencia de que ¡Jesús está vivo!. Como José de Arimatea, son también ellos discípulos clandestinos y todavía están en la noche (“al anochecer”…), de la que el Señor va a sacarles dándoles nueva vida y libertad verdaderas, superando la opresión del miedo y el temor.

2. Jesús se hace presente en medio de ellos, como lo había prometido. Está en el centro: como fuente de vida, como referencia en la que se reconocen y como vínculo de unidad. El saludo mesiánico de la paz, confirma que ha vencido al mundo y a la muerte y es ya Señor.

Les muestra los signos de su amor y de su victoria; el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Él es el Cordero de Dios, la ofrenda viva y definitiva de la Pascua Nueva cuya sangre libera de la muerte, la Víctima preparada para ser consumada esa noche que ya pasa. Sus llagas, sus heridas certifican su amor inequívoco; Jesús será ya para siempre el Mesías-rey crucificado, del que brota la sangre y el agua, la vida y la alegría.

3. Por dos veces Jesús repite el saludo de la paz e introduce la misión para la que los discípulos habían sido elegidos. La misión ha de ser cumplida hasta el fin, con el mismo amor y entrega con que Él la cumplió (manos, pies y costado traspasados). El Espíritu los capacitará para la misión. Él exhala sobre ellos su aliento, crea en ellos una nueva condición humana, la que da el Espíritu; culmina así la obra de la creación; nace un universo nuevo, los hombres y las mujeres están capacitadas para hacerse hijos e hijas de Dios quedando liberados del afán posesivo y dominador del mundo, saliendo de la esfera de la opresión. La vida que da el Espíritu de Dios hace libres. El éxodo del Mesías no se hace saliendo físicamente del mundo injusto y competitivo sino dando la adhesión a Jesús y dejando de secundar la dinámica egoísta del mundo. Se le perdonan los pecados al que optando por seguir a Jesús se deja introducir por Él en una dinámica de vida nueva, la del Espíritu.

4. La iglesia sale del sepulcro contemplando a través de las heridas el amor de su Esposo y Señor; ella nacida de la sangre y del agua, de la vida entregada del Señor Jesús y de su Espíritu es enviada a testimoniar al mundo entero el amor del Padre en el perdón que da a los hermanos. Ahora sí, todo está cumplido. Jesús nos ha entregado su Espíritu y nosotros lo recibimos con alegría serena y esperanza firme. Ahora podemos disponernos con docilidad a ejercer el amor mutuo, en el perdón constante, en el anuncio del Evangelio, en la cercanía del Reino de Dios que llega con la paz en Cristo resucitado. Ahora, pues, pertrechados de su Espíritu, los que hemos sido bautizados con su amor desbordado, nos disponemos a recorrer los caminos de la historia, al encuentro de los hombres y las mujeres que la habitan, con la noticia de la nueva filiación en Dios y la regalada fraternidad humana. Nos espera la vida pura y dura, pero cargados de esperanza anunciaremos a todos las maravillas de Dios.

ORAR CON EL TEXTO

En este momento me acerco a los personajes presentes en el texto, me pongo a la escucha, en oración, en meditación, rumiando, en contemplación… Momento de silencio orante, escucha del Maestro, me siento a sus pies y me abandono en su presencia; abro mi corazón, porque Él me instruye, me consuela.
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana
Estaban los discípulos en una casa encerrados por miedo a los judíos
Jesús se puso en medio y les dijo: paz a ustedes
Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo
Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: reciban el Espíritu Santo

ORACION FINAL


Ven, Espíritu Santo Paráclito,
huésped íntimo y solícito.

Ven, enviado por el Padre,
Ven, abogado de la fe,
presencia que llena la ausencia de Jesús.
Ven, gloria del Padre y del Hijo,
luz y guía en nuestra peripecia vital

Ven, testigo fiel de Jesús,
vida y fuerza de los mártires
memoria y luz vida del Evangelio. Amén

 


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