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Cómo nació la Lectio Divina

La Lectio Divina

La lectura orante de la Biblia (1)

La lectura orante de la Biblia (2)

Pasos de la lectura orante de la Biblia

A la escucha del Maestro

Escuchar la palabra con corazón

La Lectio Divina en comunidad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Cómo nació la Lectio Divina

La expresión Lectio Divina quiere decir "lectura de Dios", e indica la práctica monástica, y secular, de la "lectura orante" de la Biblia. El primero en utilizar esa expresión fue Orígenes, quien afirmaba que para leer la Biblia con provecho es necesario hacerlo con atención, constancia y oración. Más adelante, la Lectio Divina vendría a convertirse en la columna vertebral de la vida religiosa. Las reglas monásticas de Pacomio, Agustín, Basilio y Benito harían de esa práctica, junto al trabajo manual y la liturgia, la triple base de la vida monástica.

«Al leer la Biblia, los Padres no leían los textos, sino a Cristo vivo, y Cristo les hablaba»
P. Evdokimov


La sistematización de la Lectio Divina en cuatro peldaños proviene del s. XII. Alrededor del año 1150, Guido, un monje cartujo, escribió un librito titulado La escalera de los monjes, en donde exponía la teoría de los cuatro peldaños: «Cierto día, durante el trabajo manual, al reflexionar sobre la actividad del espíritu humano, de repente se presentó a mi mente la escalera de los cuatro peldaños espirituales: la lectura, la meditación, la oración y la contemplación. Esa es la escalera por la cual los monjes suben desde la tierra hasta el cielo. Es cierto, la escalera tiene pocos peldaños, pero es de una altura tan inmensa y tan increíble que, al tiempo que su extremo inferior se apoya en la tierra, la parte superior penetra en las nubes e investiga los secretos del cielo (...). La lectura es el estudio asiduo de las Escrituras, hecho con espíritu atento. La meditación es una actividad diligente de la mente que, con ayuda de la propia razón, busca el conocimiento de la verdad oculta. La oración es el impulso ferviente del corazón hacia Dios, pidiendo que aleje los males y conceda cosas buenas. La contemplación es una elevación de la mente sobre sí misma que, pendiente de Dios, saborea las alegrías de la dulzura eterna»

En el siglo XIII, los mendicantes intentaron crear un nuevo tipo de vida religiosa más comprometida con los pobres e hicieron de la Lectio Divina la fuente de inspiración para su movimiento renovador. En los siglos posteriores a la Contrarreforma, los creyentes perdieron el contacto directo con la Palabra. Sin embargo, el Concilio Vaticano II recuperó, felizmente, la anterior tradición e instó, con insistencia, a los fieles a leer asiduamente la Escritura.

«El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, la lectura asidua de la Escritura, para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo (Filp 3,8), "pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo" (...) Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues "a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras"» (DV 25)

En la actualidad, la Lectio Divina se va difundiendo cada vez más en las comunidades eclesiales más diversas, y está resultando una fuente de renovación espiritual y de vivo compromiso eclesial. El objetivo de la Lectio Divina no es conducir al lector-orante cristiano a una piedad intimista, individualista, encerrada celosamente en "el gozo de su Señor", sino el de guiarlo a través de un itinerario espiritual que le configura con Cristo, le abre al mundo y le apremia a la misión. Quien hace bien la Lectio Divina llega a hacer suyas las palabras y el sentir de San Pablo: "No soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí" (Gál 2,20). Inseparablemente unido a este sentir está el impulso apostólico nacido de la unión con Cristo: "El amor de Cristo nos apremia" (2 Cor 5,14).

Así pues, proponemos la Lectio Divina como un método, un "camino" a través del cual somos llamados a transformarnos en DISCÍPULOS Y APÓSTOLES DEL SEÑOR CRUCIFICADO Y RESUCITADO, en los diversos contextos en los que se desenvuelve nuestra vida cotidiana.

EL METODO DE LA LECTIO DIVINA

La idea que solemos tener de un "método" es la de una "técnica" o un procedimiento ordenado que nos conduce a un fin. Nuestra visión del "método" de la Lectio Divina es mucho más personal y dialogal que técnica. El método es un camino a través del cual avanzamos vivencialmente hacia una meta.

Tratándose de la Sagrada Escritura, el camino y la meta es Cristo, pues él mismo dice: "Yo soy el camino" (Jn 14,6), y "Yo, el Primero y el Último" (Ap 1,17). Por ello, los cuatro escalones que constituyen el proceso de la Lectio Divina son cuatro actitudes básicas del creyente que desea SEGUIR a Cristo conociendo su Palabra (Lectura), aprendiendo a vivir como Él vivió (Meditación), suplicando fuerza y luz para sus pasos (Oración) y trabajando por el advenimiento del Reino (Contemplación).

Veamos más detenidamente estos cuatro peldaños, válidos tanto para orientar experiencias oracionales individuales como comunitarias.

1. Lectio: «Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo» (San Jerónimo)

- Se trata, simplemente, de leer, leer y releer la Biblia hasta familiarizarnos con ella. La Biblia no es un libro anticuado e insignificante para nuestra vida, sino ACTUAL Y SIGNIFICATIVO. Tiene mucho que decirnos sobre nosotros mismos, sobre el mundo y sobre el momento histórico que vivimos. Pero para descubrir ese nexo entre la Palabra, escrita hace siglos, y nosotros, es preciso leer de forma constante y continua, perseverante y diaria. A través de la lectura tratamos de responder a una pregunta:¿qué dice el texto? Hay diversos modos de intentar responder a esa pregunta o, lo que es lo mismo, de encontrar el sentido literal del texto. Por ejemplo, por medio de un triple acercamiento:

a).- Literario:
Análisis de las palabras que constituyen el texto (sustantivos, adjetivos, verbos...), cayendo en la cuenta de sus campos semánticos, sus sinónimos y antónimos...

Atención a las repeticiones de palabras o frases.
Atención a los personajes y sus acciones.
Atención a las indicaciones de tiempo y lugar.
Atención al contexto literario: qué precede y qué sigue a nuestro texto, de modo inmediato y de modo más general (qué lugar ocupa el texto en la estructura general del libro).

b).- Histórico:
Cuál es la situación socio-cultural, económica, política y religiosa en la que se compuso el texto.

c).- Teológico:
Qué dice Dios al pueblo en aquella situación concreta. Cuál es el mensaje clave del texto.

2. Meditatio: «María custodiaba estas cosas rumiándolas en su corazón» (Lc 2,19)

Tras responder a la pregunta ¿qué dice el texto?, ahora abordamos otra cuestión: ¿qué me dice el texto a mí, a nosotros? Se trata de actualizar el mensaje y entrar en diálogo con el Dios que nos habla, en él, aquí y ahora.

¿Cómo podemos hacer la meditación?

A través de una serie de preguntas que establecen una conexión entre el texto y nuestra vida:

¿Qué diferencias y qué semejanzas encontramos entre la situación del texto y la nuestra?
¿Qué conflictos del pasado existen todavía hoy?
¿Cuáles son diferentes?
¿Qué dice el mensaje del texto para nuestra situación actual?
¿Qué cambio de comportamiento me sugiere a mí?
¿Qué quiere hacer crecer en mí, en nosotros?, etc.

Repitiendo el texto, "rumiándolo", masticándolo. Por ello es bueno resumir el texto en una frase (preferentemente del mismo texto) para repetirla durante todo el día, en la calle, en el metro, durante el trabajo... De este modo, la Palabra, como una gota de agua que incansablemente se deslizara sobre una roca hasta trazar un surco e incluso romperla, irá penetrando, abriendo y transformando nuestra persona, lenta pero realmente. En este proceso es el Espíritu, presente en la Palabra, el que obra esa transformación.

3. Oratio: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene» (Rom 8,26)

La pregunta de este tercer escalón es: ¿qué me/nos hace decirle a Dios el texto? En este momento especialmente dedicado a la oración, el creyente responde a Dios, movido por el Espíritu. Puede hacerlo valiéndose de los salmos (como hizo el mismo Jesús), de oraciones ya existentes, de cantos o de palabras brotadas espontáneamente de sus labios al hilo de la experiencia.

4. Contemplatio: «Y miró Dios a los hijos de Israel y conoció... "Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto. He escuchado y he bajado para librarle» (Éx 2,25; 3,7-8)

Podríamos entender la contemplación como un "retorno al paraíso perdido", como un gusto y dulzura inefables, experimentados en el corazón de quien hace de la Palabra de Dios el único punto de referencia de su vida. El riesgo de esta concepción es el intimismo, el nacimiento de una piedad "estufa" o "seno materno" con la que el creyente se encuentra muy a gusto, pero aislado y protegido del "mundo" (entendiendo el mundo como un ámbito en el que Dios no puede encontrarse). Otra posibilidad sería la de entender la contemplación como una nueva manera de ver, observar y analizar la vida, los acontecimientos y la historia individual y colectiva: mirar el mundo desde los ojos de Dios. Por ello, la pregunta que podríamos formularnos aquí sería: ¿cómo cambia el texto mi/nuestra mirada? Este modelo de contemplación no lleva a la famosa "fuga mundi", ni a la preocupación preferente por la propia perfección y salvación, sino a la inmersión en la historia ("bajar" a ella, como Dios "bajó") y al compromiso por mejorarla. En este sentido, sólo los contemplativos pueden dedicarse a la misión.

En el apartado siguiente presentaremos un esquema que pueda servirnos como modesta "guía" o camino para el ejercicio de la lectura orante, individual o comunitaria, de los textos.

BREVE ESQUEMA DEL MÉTODO PARA USO PASTORAL

En el esquema que proponemos a continuación sugerimos diversas posibilidades para realizar en cada uno de los peldaños de la Lectio Divina. Naturalmente no es necesario seguirlas todas, sino que se trata más bien de un menú en el que podrán elegirse aquellas que se consideren más adecuadas según el tipo de texto al que se van a aplicar.

Invocamos al Espíritu Santo a través de un canto o de una oración (Recordemos que "es Él quien nos lo enseñará todo")

1. Lectio: ¿Qué dice el texto?

- Leer y releer atentamente, hasta que se haya entendido bien todo su contenido.
- Caer en la cuenta de: las indicaciones de tiempo y lugar; los personajes y sus acciones; la palabra o palabras clave; las repeticiones; los campos semánticos (sinónimos y antónimos); a qué otros textos de la Escritura hace referencia (textos paralelos); posible estructura de la perícopa, justificando las diversas partes de la misma; el contexto literario inmediato y su relación con el mismo; palabras o frases "bisagra" -es decir, que sirven para conectar o ligar un texto con otro-; situación del texto en el conjunto del libro. Quizá pueda ayudarte a prestar más atención a todos estos elementos copiar el texto o subrayarlo. [También es muy iluminador comparar diversas traducciones, a ser posible, en lenguas diversas, así como confrontar el texto con el original griego, hebreo y arameo].
- Buscar, con la ayuda de algún comentario, el contexto socio-cultural, económico, político y religioso de la época.

2. Meditatio: ¿Qué me dice el texto a mí/a nosotros?

- Caer en la cuenta de las diferencias y semejanzas existentes entre la situación del texto y la nuestra: - ¿Qué conflictos del pasado existen todavía hoy? - ¿Cuáles son diferentes? - ¿Qué mensaje nos transmite el texto para nuestra situación actual? - ¿Qué cambio de comportamiento reclama de mí? - ¿Qué quiere hacer crecer en mí, en nosotros? - ¿En qué sentido esta Palabra es buena noticia para mí?
- Intenta resumir el mensaje en una palabra o frase. Repítela interiormente con atención.

3. Oratio
: ¿Qué nos hace decir el texto a Dios?

La oración surge de modo espontáneo como súplica, acción de gracias, alabanza, petición de perdón o intercesión.

4. Contemplatio: ¿Cómo cambia el texto mi/nuestra mirada?

- ¿Qué compromisos concretos me/nos hace adquirir para que se realice el Reino de Dios y su justicia?

BIBLIOGRAFIA
Carlos Mesters y equipo bíblico CRB, Lectura orante de la Biblia, Estella, 20003
Innocenzo Gargano, Iniciación a la Lectio Divina. Un itinerario para acercarse a la Palabra de Dios, Madrid, 1996
García M. Colombás, La Lectura de Dios. Aproximación a la Lectio Divina, Zamora, 1980
Antonio Llamas Vela, Orar con la Biblia. Práctica de la Lectio Divina, Madrid

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La Lectio Divina

LECTURA ORANTE DE LA BIBLIA

La lectura orante de la Biblia. Es un método usado desde antiguo en la Iglesia, principalmente en los monasterios. Hoy día, las comunidades eclesiales, principalmente en América Latina, lo han adoptado como método de oración.

DIEZ PUNTOS PARA ORIENTAR LA LECTURA ORANTE, PERSONAL Y DIARIA DE LA BIBLIA

Habla, Señor, que tu siervo escucha. Hágase en mí según tu Palabra

1. Comenzar invocando al Espíritu Santo

2. Leer el texto lentamente y con atención

3. Hacer un momento de silencio interior recordando lo que se leyó

4. Ver en profundidad el sentido de cada frase

5. Rumiar la Palabra, actualizarla y relacionarla con la vida

6. Ampliar la visión relacionando el texto leído con otros pasajes de la Biblia

7. Volver a leer, rezando el texto y respondiendo a Dios

8. Formular un compromiso de vida

9. Rezar un salmo apropiado

10. Como resumen, elegir una frase para memorizar

PEQUEÑA PEDAGOGÍA PARA VIVIR LA PALABRA DE DIOS

- Hacer una lectura lenta, muy lenta, de la Palabra de Dios, con pausas muy frecuentes.

- Mantener el alma vacía, abierta y serenamente expectante.

- Lectura desinteresada; no buscar algo como doctrina, verdades, frases bonitas, soluciones a mis problemas, consuelos...

- Leer escuchando al Señor de alma a alma, de persona a persona, atentamente, pero con una atención pasiva, sin ansiedad...

- No esforzarse por entender intelectualmente, ni literalmente: no preocuparse de lo que quiere decir esto, sino preguntarse ¿qué me está diciendo Dios con esto?.. No estancarse en frases sueltas que, acaso no se entienden, sino dejarlas sin preocuparse de entender literalmente todo.

- Las expresiones que más me han conmovido, subrayarlas con un lápiz y colocar al margen una palabra que sintetice aquella impresión fuerte...

- Retirar el nombre propio que aparece (por ejemplo Israel, Jacob, Samuel, Moisés, Timoteo...) y sustituirlo por tu propio nombre personal. Sentir que Dios te llama por tu propio nombre.

- Si la lectura no te dice nada, quedate tranquilo y en paz; podría ser que la misma lectura otro día te diga mucho; por detrás de nuestro trabajo está, o no está, la gracia; la hora de Dios no es nuestra hora; hay que tener siempre paciencia en las cosas de Dios.

- No luchar por atrapar y poseer exactamente el significado doctrinal de la palabra, sino más bien meditarla como hacía María en su Corazón: darle vueltas en la mente y en el corazón, dejándose llenar e impregnar de las vibraciones y resonancias del corazón de Dios, y conservar la Palabra, es decir, que esas resonancias sigan resonando a lo largo del día.

- En los salmos, imaginar qué sentiría Jesús (o María) al pronunciar las mismas palabras, colocarse mentalmente en el corazón de Jesucristo y desde ahí dirigir a Dios esas palabras, en lugar de Jesús, rezarlas en su espíritu, con su disposición interior, con sus sentimientos...

- Ocuparse con frecuencia en aplicar a la vida la Palabra meditada; reflexionar en qué sentido y circunstancias los criterios en la Palabra (la mente de Dios) deben influir y alterar nuestro modo de pensar y de actuar, porque la Palabra debe interpelar y cuestionar la vida del creyente; de esta manera, los criterios de Dios llegarán a ser nuestros criterios hasta transformarnos en verdaderos discípulos del Señor.

- Determinarse por un propósito para el día, que sea concreto, ligeramente difícil, escuchado del Señor...

- En suma: Leer, saborear, rumiar, meditar, aplicar.

SIETE SUGERENCIAS PARA ORIENTAR LA LECTURA ORANTE EN GRUPO

1. Acogida, oración

+ Acogida y breve intercambio de expectativas
+ Oración inicial invocando la luz del Espíritu Santo

2. Lectura del texto

+ Lectura pausada y atenta
+ Permanecer en silencio para que la Palabra pueda penetrar en nosotros
+ Reconstruir el texto entre todos, intentando recordar lo que se leyó


3. El sentido del texto en sí mismo


+ Intercambiar impresiones y dudas sobre el sentido del texto. Si fuera necesario volver a leer y entre todos aclarar las dudas
+ Hacer un momento de silencio para asimilar lo que se ha escuchado

4. El sentido para nosotros

+ Rumiar el texto y descubrir su sentido actual
+ Aplicar el sentido del texto a la situación que vivimos hoy
+ Ampliar el sentido relacionándolo con otros textos de la Biblia
+ Ubicar el texto en el Plan de Dios que se realiza en la historia

5. Rezar el texto

+ Una vez más leer el texto con atención
+ Hacer un momento de silencio para preparar nuestra respuesta a Dios
+ Rezar el texto, compartiendo las luces y la fuerza recibidas

6. Contemplar, comprometerse

+ Expresar el compromiso al que nos condujo la Lectura Orante
+ Resumir todo en una frase que nos acompañe

7. Un salmo

+ Buscar un salmo que exprese las vivencias del encuentro
+ Rezarlo como conclusión del encuentro

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La lectura orante de la Biblia (1)

¿Cómo hacerla en nuestros días?
Por Marcelo A. Murúa


"No es una simple lectura, ni tampoco un estudio. Leer la Biblia es como prender un fueguito. Hacer la lectio es como quedarse a su lado mirándolo lento, mientras dejás que el calorcito se te meta adentro"
Mamerto Menapace (Sufrir pasa: reflexiones para Cuaresma - Ed. Patria Grande)

Todo catequista o agente pastoral debe cimentar su vida de fe en una práctica constante de la lectura de la Biblia. El contacto cotidiano con la Palabra de Dios nos va abriendo el corazón y nos hace más permeables a su mensaje. Para transmitir el evangelio a los demás primero hay que ser evangelizado, y este proceso no termina nunca pues siempre hay algo nuevo que Dios tiene para decirnos. La lectura, reflexión y oración diaria, a solas y si es posible en comunidad, de a dos o como se pueda (porque rezar con otros renueva la fe y es imprescindible para crecer), va construyendo en nuestra vida esos cimientos sólidos de los que nos habla Jesús en la comparación de la casa edificada sobre roca (Mt. 7, 24-27). Si nuestra vida de fe la cimentamos sobre la Palabra de Dios nuestra vocación de enseñar el evangelio crecerá y dará los frutos que el Señor espera de nuestro trabajo.

Aprendiendo del pasado...

Esta lectura orante de la Biblia recibe el nombre de Lectio Divina. Esta práctica es tan antigua como la Iglesia misma. Este nombre se atribuye a Orígenes, quien afirmaba que la lectura de la Biblia exigía mucha atención y continuidad para que diera frutos. La práctica de la lectura orante tiene antecedentes en los primeros siglos de la Iglesia. Desde la aparición de los primeros escritos las comunidades cristianas se reunían para realizar la lectura orante dela palabra, desde la fe en Jesús, el Resucitado, y animados por su Espíritu. Pero es recién hacia el año 1150 cuando un monje llamado Guigo escribe un método para realizarla proponiendo los cuatro pasos: la lectura, la meditación, la oración y la contemplación, que con algunas variantes perduran hasta nuestros días.

Es importante tener en cuenta que en la Edad Media, cuando el monje Guigo propone estos pasos para leer la Biblia con provecho y encontrar en ella las raíces de toda espiritualidad verdadera, la Lectio Divina estaba unida a la vida cotidiana de los monjes de aquel tiempo. Los ritmos del día acompañaban los momentos de oración y el lema de vida era "Ora et labora", o sea Rezar y Trabajar. La vida, lo cotidiano, expresado en la dura tarea del trabajo para sobrevivir se integraba en armonía con la oración y la vida de fe. En nuestros días se tiende a separar las esferas de la fe y de la vida cotidiana.

Como cristianos debemos esforzarnos en integrar ambas realidades, que son como las caras de una misma moneda. la fe se vive y se juega en las cosas de todos los días. la unida entre fe y vida es vital para que podamos responder, con Jesús, al desafío de construir el Reino de Dios. Bueno, todo esto es para dejar bien sentado que si no rezamos poniendo delante del Señor y de los hermanos nuestra vida, sus conflictos y alegrías, sus dolores e incertidumbres, a nuestra oración le va a faltar encarnarse y es posible que la lectura de la Palabra de Dios termine siendo un rito más, vacío y alienante.

¿Cómo hacer hoy la Lectura orante de la Biblia?

El esquema que te proponemos te puede facilitar la lectura orante de la Biblia en forma personal, pero lo más provechoso es hacerla en comunidad. Una reunión de comunidad, o de un grupo bíblico, o un encuentro de catequistas pueden ser la ocasión para utilizar esta propuesta, Es una buena manera de ir profundizando en el conocimiento bíblico y en la oración, y de unir ambas para escuchar mejor los desafíos que el Señor nos está pidiendo para vivir la fe en forma auténtica en los tiempos que vivimos. El esquema que te proponemos es un marco general que puede ser adaptado para cada grupo en particular según sus características. Es importante señalar que esta metodología va ganando en profundidad a medida que se practica.

No hace falta la presencia de ningún "doctor en Biblia", pues se intenta recuperar una lectura y reflexión popular de la misma, pero sí ayuda que alguien coordine la reunión, que haya quien "prepare" algunos elementos sobre el contexto histórico, geográfico y social del texto, y es conveniente que todos tengan Biblia o por lo menos una copia del texto a trabajar.

Comenzar el encuentro compartiendo informalmente lo que nos pasó en la semana, qué novedades personales tenemos, qué hechos sucedieron en el barrio, el país o el mundo que nos impactaron y nos hicieron pensar, si es un grupo de catequistas: cómo nos fue en el último encuentro con los chicos. (Esto es como el precalentamiento que realizan los deportistas antes de comenzar sus prácticas, es necesario para ablandar el grupo, entrar en confianza y recoger cosas que después se ofrecerán o meditaran en la oración).

Lectura y trabajo del texto elegido.

Es bueno que todos tengan la Biblia, o el texto fotocopiado.

a) Lectura:

Leerlo tranquilo, un par de veces. Ayuda leerlo en voz alta. Se puede intentar luego de la lectura reconstruir el texto, haciendo una ronda e invitando a que cada participante recuerde un pedacito del texto, en lo posible en orden cronológico. Es muy común que entre todos se reconstruyan hasta los más mínimos detalles. Atenerse sólo a lo que dice el texto, no interpretarlo todavía en este primer paso.

b) Trabajo con el texto:

En este momento se aportan todos los elementos literarios, históricos, sociales, etc. que nos permitan entender mejor lo que el texto dice. Se podrían agrupar los elementos en tres categorías:



Nivel Literario: compartir lo que sabemos sobre el género literario, el lenguaje, el estilo, observar los detalles, las partes en que está dividido.

Nivel Histórico: compartir lo que sabemos sobre la situación histórica del pueblo en ese momento, analizar los personajes que aparecen, que sabemos de ellos. Aportar todos los detalles sociales, políticos, económicos, geográficos, culturales y religiosos que nos permitan reconstruir la época y la sociedad en que fue escrito el texto leído.

Nivel Teológico: descubrir cuál es el mensaje del texto para el pueblo de ese tiempo, en las circunstancias históricas que vimos en el punto anterior y expresado en los términos literarios que también compartimos previamente.

El objetivo de este paso es responder a la pregunta ¿qué dice el texto?

c) Meditación.

Es el momento de rumiar el texto. "Sacarle jugo", es decir encontrarle sentido y relación con nuestra vida. Comprender e interpretar cuál es el mensaje del texto para nuestros días. Actualizarlo, comparar su mensaje con la situaciones que vivimos hoy y dejar que la Palabra las ilumine y nos guíe en el mejor camino para construir el Reino. el esfuerzo en este punto se concentra en encarnar la Palabra leída en los desafíos de nuestras vidas personales, comunitarias y sociales. Escuchar a Dios que habla desde los acontecimientos que vivimos, que sufrimos y que vislumbramos como semillas de esperanza. Se trata de escuchar a Dios que nos habla con su Palabra desde la historia que compartimos.

Trabajar juntos, ¿esta Palabra de Dios cómo se relaciona con todo lo que vivimos y compartimos en la primera parte del encuentro? ¿cuál es su mensaje para nosotros, hoy, en nuestra realidad actual?

En este segundo momento la intención es responder a la pregunta ¿qué nos dice el texto?

d) Oración

Todo lo compartido se presenta ante el Señor. A través de peticiones, acciones de gracias, ofrecimientos, súplicas de perdón, lecturas de salmos o cantos. Expresar en común un compromiso que nazca de la lectura y meditación dela Palabra.

Hasta este momento Dios es quien ha hablado, primero en lo que dice el texto, luego en lo que el mismo texto nos dice a nosotros. En la oración somos nosotros los que nos dirigimos a Dios, que nos ha hablado.

La meta de este momento responde a la pregunta ¿qué le decimos a Dios, después de escuchar su Palabra?

e) Contemplación


Este es el nexo con la vida que continúa luego del encuentro y se prolonga hasta la próxima reunión. Contemplar a Dios es volver la mirada al mundo de todos los días, con sus problemas, sus desafíos e intentar descubrirlo y co-rresponder a su presencia. Se trata de ofrecer un compromiso de vida, que relacionado con el texto leído, meditado y rezado, sea nuestra respuesta concreta a Dios en la vida.

Sinteticemos todo lo compartido en una frase del texto, o en el compromiso asumido. Esa idea o frase nos va a acompañar hasta que nos encontremos nuevamente, tratando de tenerla en cuenta en todo momento y buscando un momento cada día para recordarla y tener un tiempo de oración cotidiano donde volver a charlarla con el Señor.

f) Escuchar la Palabra para vivirla

La lectura orante de la Biblia es el mejor camino para encontrarnos con la Palabra viva de Dios."En efecto, la Palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo. Penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, sondeando los huesos y los tuétanos para probar los deseos y los pensamientos más íntimos. Toda criatura es transparente ante ella; todo queda desnudo y al descubierto a los ojos de Aquel al que debemos dar cuentas" Heb. 4, 12-13. Palabra que nos libera de nuestros egoísmos y nos amplía la mirada para ver el mundo con los ojos de Dios, y así poder comprometernos con firmeza, perseverancia y alegría en la transformación de este mundo en el proyecto de Dios: su Reino.

 
Para practicar en forma personal
 
 

Haz el propósito de leer, dedicar durante una semana 10 minutos a la lectura de la Biblia. Conviene seguir los textos de cada día (están en cualquier agenda), de esta manera te unes a la oración de toda la Iglesia.

Algunas pistas:

- Lee la lectura un par de veces en silencio.

- Trata de pensar en la época en que el texto fue escrito, para entender mejor qué mensaje contiene (Es bueno leer las introducciones a los diferentes libros que traen la mayoría de las Biblia, así como las notas al pie de página)

- Intenta contestarte la pregunta ¿qué me quiere decir Dios con esto?

- Haz un rato de silencio interior (intenta no pensar sino escuchar, puedes cerrar los ojos, si te ayuda)

- Piensa una intención a la luz del texto, ¿qué le quieres pedir o dar gracias al Señor?

- Busca un compromiso concreto para vivir en el día a la luz del texto. Ofrécelo en la oración.


 
 
Un ejemplo sencillo
 
 
Lectura:

Mc. 4, 1-9 La parábola del sembrador

Trabajo con el texto:

¿Qué es una parábola?

¿Por qué Jesús las usaba?

¿Por qué Jesús utiliza este ejemplo?

¿Cómo era la gente que lo escuchaba?

¿Cómo se sembraba en esa época?

¿Qué representa cada situación?

Meditación:

¿Qué tipo de tierra somos?

¿Cómo recibimos la semilla?

¿Damos fruto?

¿Qué tipo de fruto?

¿Cómo colaborar con el sembrador?

Oración:

A la luz de este texto ¿qué le decimos a Dios?

Contemplación-Compromiso:

Ofrecer una tarea a realizar , una actitud a cambiar, un gesto solidario.



 

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La lectura orante de la Biblia (2)

Fuente de renovación espiritual
Henrique Cristiano José Matos, cfmm

La Lectio Divina es, en sí misma, muy sencilla y a la altura de cualquier persona que quiera encontrarse con el Señor en su Palabra. La Lectura Orante o Lectio Divina es una práctica antiquísima en la Vida Religiosa Consagrada, particularmente en la tradición monástica. El Proyecto de la Conferencia de Religiosos Brasileña “Tu Palabra es Vida” se conoció y se divulgó entre religiosos(as) de vida apostólica. ) (1).

 

 

Introducción

Quien se embarcó efectivamente por los caminos de la Lectio, especialmente en la modalidad sugerida en el Proyecto mencionado, experimentó personalmente y en comunidad cómo esta forma de lectura bíblica constituye un factor poderoso en la renovación y dinamización de la propia vida espiritual, dando motivación y fundamento a nuestra consagración.

La finalidad de este texto es corroborar el Proyecto “Tu Palabra es Vida” con una reflexión sobre los orígenes, el contenido y la estructura de la Lectio Divina, privilegiando su vertiente de lectura personal, una vez que ésta se encuentra siempre disponible para los/as consagrados/as, preparando y auxiliando, incluso, su modalidad comunitaria como es presentada didácticamente en los siete volúmenes de la colección de la CRB.

Ojalá que los/as religiosos/as descubran cada vez más su valor, haciendo de la Lectio el eje de su vida espiritual. Que en la formación inicial y permanente la “Lectura orante de la Biblia” reciba la atención que se merece y pueda de este modo contribuir, de hecho, a renovar por dentro nuestro seguimiento de Jesús, pues, como dice San Jerónimo (+ 419), “quien desconoce las Escrituras ignora a Cristo” (Comm. in Isaiam 1).

1.- La Biblia: palabra de vida

La Sagrada Escritura es “la gran Carta” que el Padre envía a sus hijos que peregrinan en el mundo y con quienes se entretiene mediante el Espíritu Santo (cf DV 21). En los Libros Sagrados Dios viene amorosamente al encuentro de las personas, transmitiéndoles el Mensaje de Vida. Su “Palabra es Vida” para toda la humanidad y para cada persona en particular. Leyendo la Biblia descubrimos que la Palabra de Dios se encarna no sólo en aquellas épocas del pasado, sino también hoy, para poder estar con nosotros y ayudarnos a enfrentar los problemas y a realizar las esperanzas: ¡Ojalá escuchásemos hoy su voz! (Sal 95, 7) (2).

Escuchando y meditando la Palabra a partir de su experiencia concreta, la persona experimenta la luz, la fuerza y la presencia creativa del amor de Dios. La Palabra divina es como una semilla (cf Mt 13, 19) que trae en su seno la vida (cf Dt 32, 47). Germina en la historia y en la vida de cada persona, iluminando y nutriendo a quienes la reciben (cf Sal 119, 105), con una nueva sabiduría capaz de penetrar en lo sagrado de las cosas (cf Rm 11, 33).

La Escritura ofrece la Palabra que informa dándonos la forma de Dios, por el hecho de hacernos participar de la vida, voluntad y pensamiento del mismo Dios. En la visión de los Santos Padres toda la Biblia nos habla de Cristo y conduce a él. “Toda la Sagrada Escritura constituye un solo Libro, y este Libro único es Cristo, porque toda la divina Escritura nos habla de Cristo y se realiza en Cristo” (Hugo de San Víctor, + 114: De Arca Noé, 8). “Comemos y bebemos la sangre de Cristo en el misterio (de la Eucaristía), pero también en la lectura de las Escrituras”, escribe San Jerónimo en su “Comentario sobre el Eclesiastés” (1, 13) y concluye: “Para mí, pienso que el Evangelio es el cuerpo de Cristo”. Ignacio de Antioquía (+ 110), en su “Carta a los Filadelfios” (5, 1) hablaba igualmente del Evangelio “como de la carne de Jesús”.

La Biblia es el Libro de la Iglesia, comunidad de fe, antes de serlo de la persona individualmente. Debemos leer la Sagrada Escritura y escuchar a Dios en Cristo, desde el interior de su Cuerpo, o sea, la Iglesia. De hecho, “la búsqueda en común hace aparecer el sentido eclesial de la Biblia y fortalece en todos el sentido común de la fe. Por eso es tan importante que la Biblia sea leída, meditada, estudiada y rezada no sólo individualmente sino también, y sobre todo, en común. Pues se trata del libro de cabecera de la Iglesia, de la Comunidad” (3).

Finalmente, somos invitados a convertirnos en “servidores de la Palabra”, en ministros suyos, que no ceden a la tentación de reducir la Palabra a los caprichos de nuestros intereses.

2.- La “Lectio Divina” o “Lectura orante de la Biblia”

2.1. En la tradición monástica

No es exageración decir que la Lectio Divina es elemento constitutivo de la vida monástica. Aunque sin seguir un método fijo o rígido. En la Escritura se busca más el “sabor” que la “ciencia”, con la convicción de que el “gozo” de la Palabra divina abre la puerta a una comprensión más íntima y profunda. De ese modo el monje acoge la Biblia con “el oído del corazón” (in aure cordis) y la saborea con “el paladar del corazón” (palatum cordis), según expresión atribuida a San Gregorio Magno. Sin embargo, “la Lectio Divina no es (...) una especialidad de los monjes: pertenece a toda la Iglesia. Es una condición necesaria para que la Palabra fructifique en nosotros”(4).

2.2. Concepto de “Lectio Divina”

No se trata de una “lectura espiritual” o de un texto de “edificación” o, menos aún, de un estudio de carácter exegético o intelectual.
Lectio (= lectura) y divina son dos términos que, conjuntamente, indican un encuentro dialogal entre Dios que “habla” y la persona que “escucha”, estableciéndose entre ambos una comunicación de amor, lo cual es precisamente una de las características esenciales de la Revelación divina: “... el Dios invisible (cf Col 1, 15; 1 Tm 1, 17), llevado por su gran amor, habla a los hombres como a amigos (cf Ex 33, 11; Jn 15, 12-15), y se entretiene con ellos (cf Ba 3, 38) para invitarlos a tener comunión con él y en ella recibirlos” (DV 2).

Estamos ante una lectura sabrosa y orante de la Biblia, realizada bajo el impulso del Espíritu Santo, en vistas a un diálogo amoroso con el Señor que hace crecer la fe y aumenta la esperanza. Con razón podemos hablar de una lectura existencial de la Palabra que sobrepasa de lejos la curiosidad intelectual, envolviendo toda la vida de una persona o comunidad. Se busca el “agua viva” para saciar la “sed del corazón”, o sea la búsqueda de sentido, paz, felicidad, en fin, de salvación.
“La lectura de Dios (no se insistirá nunca bastante en esto( es una lectura agradable, paladeable. Es saborear el Verbo, saborear a Dios, en el Espíritu Santo, que vivifica la letra y suscita en el lector un gusto secreto para que se sitúe en armonía con lo leído y responda con su oración y toda su vida a la Palabra del Padre” (5).

Sí, “por la Lectio Divina intentamos alcanzar lo que dice la Biblia: 'La Palabra está muy cerca de ti: en tu boca y en tu corazón, para que la pongas en práctica' (Dt 30, 14). En la boca, por la lectura; en el corazón, por la meditación y por la oración; en la práctica, por la contemplación. El objetivo de la Lectio Divina es el objetivo de la misma Biblia: 'Comunicar la sabiduría que lleva a la salvación por la fe en Jesucristo' (2 Tm 3, 15); 'instruir, refutar, corregir, formar en la justicia, y de este modo, preparar al hombre de Dios para toda obra buena' (2 Tm 3, 16-17); 'dar perseverancia, consuelo y esperanza' (Rm 15, 4); ayudarnos a aprender de los errores de los antepasados (cf 1 Co 10, 6-10)” (6).

2.3. El papel de los Santos Padres

La Biblia es el libro por antonomasia de la Lectio, pues es “tan grande el poder y la eficacia que se encierra en la Palabra de Dios, que ella constituye un gran apoyo y vigor para la Iglesia y, para sus hijos, firmeza de la fe, alimento del alma, pura y perenne fuente de vida espiritual” (DV 21). El objetivo específico de la “Lectio Divina” es, sin embargo, la Sagrada Escritura en sí. Pero desde los tiempos más remotos los monjes entienden que la lectura de la Biblia no se puede separar de los comentarios que hacen de ella los Padres de la Iglesia. Fueron ellos, después de los Apóstoles, los primeros “maestros espirituales” de la Iglesia. Vivían lo que enseñaban, y enseñaban lo que vivían. Por eso es que sus escritos transmiten al mismo tiempo “doctrina” y “experiencia”, íntimamente unidas en una sola vivencia. “No importan los géneros literarios de los cuales se sirven los Padres: siempre explican y desarrollan la Escritura. Todavía más: todo lo que los Padres escribieron o dijeron, e incluso lo que hicieron, está relacionado (según el pensamiento de los antiguos monjes( con la Escritura; todo se reducía a una ilustración, teórica o práctica, sobre ella... (De hecho) 'vivían de la Biblia, pensaban y hablaban por la Biblia, con esa admirable penetración que llega hasta la identificación de su ser con la misma sustancia bíblica' (Paulo Evdokimov)”.

2.4. Dos modalidades de “Lectio”

La “lectura orante” a nivel personal: He aquí un encuentro más estrictamente personal e íntimo con la Palabra de Dios. Se trata de un contacto frecuente (de preferencia diario( e interior con la Biblia en una experiencia vital con Dios. Por medio de mi reacción de fe, amor y esperanza al mensaje divino contenido en la Escritura se convierte en llamada para mí, “sucede conmigo”. “Aunque eminentemente 'activa', la lectio divina puede llamarse al mismo tiempo 'pasiva', en cuanto que consiste también en dejar resonar en nosotros la voz de Dios que nos habla, en dejar que su Palabra nos transforme, en abandonarnos a Dios” (7).

La “lectura orante” a nivel comunitario: La Lectio puede (y debe) ser hecha también junto con mis hermanos(y hermanas), en un coloquio fraterno que los antiguos llamaban collatio (colación). Compartir las experiencias personales vividas en contacto con la Escritura, compararlas con las de otros “oyentes de la Palabra”, no deja de ser un fuerte estímulo para proseguir en la práctica de la lectio. Es precisamente en este contexto donde adquieren excepcional importancia los “encuentros bíblicos” sugeridos en la dinamización del Proyecto Tu Palabra es Vida, de la CRB. En la “Vida de San Antonio”, escrita hacia el año 357 por San Atanasio, leemos este dato significativo: “Cierto día todos los monjes fueron a verlo y le pidieron que les dirigiese la palabra. Les dijo en egipcio: 'Las santas escrituras bastan para nuestra enseñanza, pero es bueno que nos exhortemos mutuamente en la fe y nos animemos con conversaciones. Ustedes, hijos míos, le enseñan a su padre lo que saben; yo, más viejo que ustedes, les comunico lo que me ha enseñado la experiencia. Que nuestro esfuerzo común sea, sobre todo, para que no abandonemos lo que comenzamos, y no desanimarnos en el trabajo...' ” El significado de ese “coloquio fraterno”, a partir de la Sagrada Escritura, es subrayado igualmente por el monje benedictino Samaragdo (+ c. 825) en “Diadema monachorum” (PL 102, 63). En dicho libro afirma que esta práctica saludable y edificante contiene: una confessio, o sea una contribución proveniente del testimonio personal; una collocutio, o sea un diálogo enriquecedor del punto de vista religioso y cultural; una confabulatio, o sea una conversación fraterna que construye la comunión mutua. Sí, concluye el monje: La collatio enseña cómo disponernos a aprender de los otros, en lo que toca al amor, comprensión y aplicación de la Palabra de Dios. Otro testimonio es del Papa Gregorio Magno (+ 604), que, recordando probablemente los días felices vividos en el monasterio, dice en una de sus homilías: “Sé por experiencia que muchas cosas de la Palabra de Dios que no conseguí entender por mí mismo resultaron aclaradas estando con mis hermanos. Sucede así que, por gracia de Dios, crece el entendimiento de las Escrituras cuando para ustedes aprendo aquello que enseño y percibo muchas veces que es acogido por ustedes o que yo les digo” (In Ezechielem II, 1-PL 948-949).

3.- Disposiciones interiores de la “Lectio”

Cuando entramos en comunión con el Señor a través de su Palabra viva y eficaz, debemos, como Moisés, “sacar las sandalias de los pies” (cf Ex 3, 5). Es necesario despojarse de todo cuanto impida una comunicación vital con Dios. Un profundo respeto por la presencia real del Señor que viene a nosotros a través de su Palabra debe llevarnos a crear en nosotros y alrededor de nosotros un clima propicio para la escucha. Algunas sugerencias pueden ser útiles en este sentido: hacer un “cantito piadoso”, tener preparado un lugar para la “lectura orante”, en donde estén: Biblia, candela, ícono (por ejemplo de la Santísima Trinidad o de Cristo) y un asiento o almohadilla. Es importante también adoptar una posición corporal correcta que no canse y que favorezca la concentración. Hay algunos a quienes les gusta usar incienso cuando meditan. Todo eso puede ayudar para obtener interiormente una actitud de acogida, de receptividad. En efecto, “nosotros nos preparamos para entrar en ese mundo de Dios y para sentir su proximidad. 'Tú estás cerca, Yahveh' (Sal 119, 151). A veces con lentitud y con extrema dificultad interior, a veces con entusiasmo y rapidez, tomamos conciencia de que Dios está allí, de que estamos en su presencia (cf Sal 84) y que somos capaces de colocar nuestro corazón en sus manos, en su corazón (cf Sal 61 y 91)”.

Sea como fuere, la Lectio siempre exigirá austeridad y presupone espíritu de sacrificio, como pasa con todos los verdaderos valores que son adquiridos en nuestra vida. Comenta Guillermo de Saint Thierry (+ 1148), en su “exposición sobre el Cantar de los Cantares” (1,28): “...el conocimiento sabroso de Dios exige el silencio, el secreto de la soledad, y además un corazón solitario, incluso, en medio de la multitud”.

Esa actitud básica de escucha sólo es posible en una existencia en que esa escucha es cultivada expresamente, volviéndose una manera de ser de la persona, que se refleja en la apertura y disponibilidad en la convivencia.

La invocación al Espíritu Santo es absolutamente imprescindible al iniciarse la “lectura orante”, porque tener acceso a la Palabra de Dios es, antes que nada, un don del Espíritu. Simeón, el Nuevo Teólogo (+ 1022), no duda en decir que “la Palabra solamente se vuelve fecunda cuando el Espíritu de Dios anima a aquel que la lee”. Y San Gregorio Magno (+ 604) afirma categóricamente que “las palabras de Dios no pueden ser penetradas sin su sabiduría. Quien no recibió su Espíritu no puede en modo alguno entender sus palabras” (Mor. 18,39.60). De hecho, estamos bajo la dependencia del Espíritu en nuestra búsqueda de Cristo para contemplar al Dios único, nuestro principio y fin. Orígenes (+ 253) argumenta que para leer con provecho la Biblia es indispensable un esfuerzo de atención y de asiduidad. Lo que no podemos conseguir por nuestro propio esfuerzo debemos pedirlo en la oración, “pues es absolutamente necesario rezar para comprender las cosas divinas”.

La disposición interior puede ser una entrega sincera, un abandonarse en Dios, a fin de poder discernir su voluntad. Debe ser evitada toda negligencia en la escucha de la Palabra, pues según Cesáreo de Arles (+ 543) “aquel que no ha escuchado atentamente no será menos culpado que quien, por descuido, haya dejado caer el cuerpo del Señor” (Sermón 78, 2).

En resumen, “se trata de escuchar y de acoger, antes, incluso, que de reflexionar. O sea, escuchar la Palabra de manera vital. La lectura es hecha con todo el ser: con el cuerpo, pues normalmente se pronuncian las palabras con los labios; con la memoria que las fija; con la inteligencia que les extrae el sentido. El fruto de tal lectura es la experiencia” (8).

Una característica esencial de la “Lectio” es su gratuidad: debe ser completamente desinteresada. No se lee la Palabra de Dios, en primer lugar, para sacar “sacar provecho” de ella, en el sentido común de dicha expresión. Su primera finalidad es sencillamente querer “estar con el Señor”, gozar de su “presencia amorosa”. De ahí se sigue que la “Lectura orante” debe ser pausada, alejada de toda prisa. Se debe procurar saborear, más que leer; admirar, más que raciocinar o cuestionar. El oyente de la Palabra desea la proximidad de su Señor que le sale al encuentro “como amigo” (cf DV 2). Quiere oír su voz y sentir su presencia incluso antes de captar el contenido formal de las palabras. Exactamente esta experiencia de comunión recíproca es motivo de gran alegría interior (9).

Debemos esforzarnos para permanecer en la Palabra (cf Jn 8, 31-32) y así, como discípulos (as) del Señor, conocer la verdad. Lo cual es posible si hay asiduidad. Exhorta Juan Casiano (+ 453): “He aquí aquello a lo que debes aspirar por todos los medios: aplicarte con constancia y asiduidad a la lectura sagrada hasta que una incesante meditación impregne tu espíritu y de ese modo puedas decir que la Escritura te transforma a su semejanza” (Conferencia XIV,11).

4.- Los pasos de la “Lectio divina”

Entre los escritos de Guido II, prior de la Gran Cartuja, cerca de Grenoble, Francia, de 1173 a 1180, fue encontrada una preciosa Carta sobre la Vida Contemplativa, en la que describe las “cuatro gradas” de la “escalera espiritual” (Scala claustralium) como medio adecuado para hacer una “lectura orante” espiritualmente provechosa: lectio, meditatio, oratio, contemplatio. Guido parte de la propia experiencia y sugiere esas cuatro “etapas” para obtener una Lectio vital y profunda. No son “técnicas de lectura” sino fases de un proceso dinámico a fin de asimilar la Palabra de Dios en la vida. En el fondo son cuatro actitudes permanentes que coexisten y actúan juntas, aunque con intensidades diferentes conforme al grado en que se encuentra la persona.

Según el monje cartujo, “la lectura (1er. grado) consiste en la observación (inspectio) atenta de las Escrituras con aplicación del espíritu. La meditación (2º grado) es una acción acuciosa (estudiosa) de la mente para, como ayuda de la propia razón, obtener el conocimiento de una verdad oculta. La oración (3er. grado) es un entretenerse en Dios con el corazón, pidiendo que aparte de nosotros los males y nos conceda el bien. La contemplación (4º grado) es una cierta elevación del alma a Dios, conducida por sobre la misma y degustando las alegrías de la eterna dulzura”.

De este modo, “la lectio representa el alimento sólido, la meditatio la masticación; la oratio el saboreo; y la contemplatio es el sabor mismo”.
En sí, la Lectio es muy sencilla y posee una estructura trasparente. Fundamentalmente consta de dos momentos (10):

-La lectura atenta y religiosa de la Biblia, durante la cual se escucha la voz del Padre celestial que se dirige al lector-oyente personalmente.

-La respuesta de la persona a través de la oración, verdadera adhesión a la Palabra y también expresión de alabanza por la grandeza y bondad de Dios y de sus maravillas salvíficas. Contiene simultáneamente preces de intercesión y súplicas de perdón.

4.1. La Lectura

“El objetivo de la lectura es leer y estudiar el texto hasta que el mismo, sin dejar de ser él mismo, se torne espejo de nosotros mismos y nos refleje algo de nuestra propia experiencia de vida. La lectura debe familiarizarnos con el texto hasta el punto de que se vuelva nuestra palabra”. Entonces percibimos que Dios, a través del texto, quiere hablar con nosotros y comunicarse.

4.2. La Meditación

La meditación es un proceso de “apropiación” personal del texto mediante una actualización y repetición.

4.2.1. En cuanto que la lectura iluminó el trozo bíblico en su realidad objetiva, la meditación quiere interiorizar el texto, buscando su sentido para nosotros hoy. En esta “actualización” el punto de partida es nuestra situación presente. En función de la misma interrogamos al Libro sagrado, buscando en él la luz para nuestro actuar. El texto, por lo mismo, es traído hacia dentro de nuestra existencia concreta tanto personal como comunitaria.

4.2.2. Al lado de una “actualización” del texto es importante acentuar la repetición o rumiado, una especie de “masticación” y “digestión” de la palabra con el objetivo de asimilarla mejor. Dejamos pasar la Palabra de Dios de la cabeza al corazón. Un método sencillo y comprobado en una tradición religiosa secular es la práctica del mantra: un incesante repetir a lo largo del día una frase o una palabra que resume la sustancia de la lectura bíblica (11).

Tenemos aquí un instrumento espiritual adecuado para conservar vivo el recuerdo del encuentro con el Señor en el mensaje de su Palabra. También, a través de este rumiado nos ponemos bajo el juicio de Dios y dejamos que él nos penetre, como espada de dos filos (Hb 4,12), pues ya sabemos que el agua que cae sobre la piedra dura acaba agujereándola.

4.3. La Oración

La oración es una respuesta, solicitada por la Palabra que nos fue dirigida por Dios. Fue él quien tomó la iniciativa de hablarnos (cf Dt 4,12), “porque nos amó primero” (1 Jn 4,10.19). Ahora viene nuestra retribución, en forma de oración y de gestos de amor y de obediencia. La actividad orante brota espontáneamente de la oración y se traduce en una admiración silenciosa y adoración al Dios de la vida.

Pero, en su sencillez, la oración “debe ser realista y no ingenua, lo cual se alcanza mediante la lectura”.

Debe nacer de la experiencia de nuestra nada y de los problemas reales de la vida, lo cual se obtiene por la meditación. Debe volverse una actitud permanente de vida, lo que se alcanza en la contemplación.

De hecho, como nos dice San Juan Crisóstomo (+ 407), esta oración, o diálogo con Dios, “es un bien incomparable, pues nos pone en comunión íntima con el Señor (...) Pero no es sólo en el momento concreto dedicado a rezar cuando debemos elevar a Dios nuestro espíritu; también en medio de las más variadas tareas es necesario conservar siempre viva la aspiración y el recuerdo de Dios, a fin de que todas nuestras obras, condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en alimento agradable para el Señor...” (Homilía 5, De precautione).

Con frecuencia la oración viene acompañada de mociones de penitencia y conversión, en el sentido de un sincero cambio de corazón (cf Hch 2,37s), que la tradición monástica indica con el término compunción.

Es natural que suceda eso en una persona en sintonía con la Palabra viva del Señor. Esta, de hecho, “penetra hasta lo más recóndito, lo más íntimo del ser, a donde el espíritu sobrenatural se encuentra con nuestro espíritu vital. Y ahí, en el interior del hombre, posee una capacidad de juzgar y sentenciar, pues obliga al hombre a tomar posición; ante esa palabra no es posible el compromiso ni la simulación(...) Precisamente porque 'la Palabra de Dios puede exigir de mí hoy una cosa que no exige siempre' (escribe H.U.von Balthasar), 'debo permanecer abierto y atento para escuchar lo que exige'” (12).

4.4. La Contemplación

En este cuarto paso la experiencia de Dios se intensifica y profundiza. Fijamos nuestra mirada y nuestro corazón en Dios (Pablo VI) y vemos la realidad a la luz de su Palabra. Aprendemos así a “pensar conforme a Dios” (cf Mt 16,23) y a interpretar cada situación según “el pensamiento del Señor” (cf 1 Co 2,16). La realidad se vuelve diáfana y penetramos en la esencia de las cosas, donde vislumbramos y saboreamos la presencia viva, amorosa y creativa de Dios.

La contemplatio contiene en sí la operatio. “La 'palabra de vida' da la vida cuando es realizada. Así pues la palabra de Dios nos acompaña en la vida, en tanto es experimentada en la acción. Esta experiencia cotidiana sirve a su vez para comprender la palabra de Dios” (13). San Ambrosio (+ 397) lo resume así: “La Lectio Divina nos lleva a la práctica de las buenas obras. Realmente, de la misma forma que la meditación de las palabras tiene como fin su memorización, de modo que nos acordemos de dichas palabras, así también la meditación de la ley, de la Palabra de Dios, nos hace volcarnos a la acción, nos impele a actuar”.

La contemplación no debe ser confundida con una simple introspección psicoanalítica ni con una capacidad visionaria. Al contrario, ella nos hace contemplar las cosas “desde Dios”. San Benito (+ 547) lo expresa en el bello texto de su Regla monástica: “...abiertos nuestros ojos a la luz que nos diviniza, vamos a oír con los oídos llenos de espanto la divina voz que dice: Hoy, si oyeren su voz, no endurezcan sus corazones”.

En efecto, “la contemplación no sólo medita el mensaje sino que también lo realiza; no sólo lo oye sino que lo pone en práctica. No separa los dos aspectos: dice y hace, enseña y anima, es luz y fuerza”.

Por otra parte, la contemplatio ya permite saborear algo de la alegría y el gozo que “Dios preparó para los que le aman” (1 Co 2, 9). Nos introduce en una “conversación tranquila con Dios, sin otro deseo que estar y permanecer a su lado. Esta presencia y esta proximidad se van haciendo cada vez más silenciosas, como en un paseo entre amado y amante, en que, en cierto momento, tras el diálogo y la alegría del reencuentro, se quedan sencillamente el uno junto al otro. Ya no se pronuncian palabras, apenas hablan los ojos y el corazón. Así, siempre más cerca de Dios, se conoce en profundidad su pensamiento, se presenta claramente su corazón en el texto y se abandona a él”(14).

A través de la Lectio el oyente debe preguntarse a sí mismo: ¿Cómo es que mi vida, mi actividad, mi apostolado, se vuelven de hecho “palabra de Dios”, a la luz de aquella Palabra de Dios definitiva que es Jesucristo, misteriosamente presente en la Escritura? Por eso, la Lectio sitúa nuestra fe en el ritmo de lo cotidiano, en el servicio diario al Reino, teniendo tres impulsos particularmente significativos:

- La discretio, o sea la capacidad adquirida en el Espíritu para acoger en la vida lo que es conforme al Evangelio, rechazando lo que le es contrario. Es el discernimiento para que conozcamos la voluntad de Dios en situaciones concretas.

- La deliberatio, o sea la selección consciente de aquello que corresponde a la verdad de la Palabra de Dios, oída con amor y asimilada con fe.

- La actio, o sea el actuar subsiguiente dentro de un comportamiento “según Dios”: un estilo-de-vida que traduce vitalmente nuestra “experiencia de Dios”.

En síntesis: la Lectio Divina transcurre en un proceso dinámico muy sencillo en sí mismo y a la altura de cualquier persona que desee encontrarse con el Señor en su Palabra. Podemos resumir este itinerario de esta forma:

1) Leer y releer, cada vez más, hasta conocer lo que está escrito;

2) Repetir de memoria, con la boca, lo que fue leído y comprendido y rumiarlo hasta que, desde la cabeza y la boca, pase al corazón y entre en el ritmo de la propia vida;

3) Responder a Dios en la oración y pedir que nos ayude a practicar lo que su Palabra nos pide;

4) El resultado es una nueva luz en los ojos que permite saborear la Palabra y mirar el mundo de manera distinta. Con esa luz en los ojos, se comienza, nuevamente, a leer, a repetir, a responder a Dios, y así sucesivamente. Un proceso que no termina nunca, que siempre se reitera, pero que nunca se repite igual”.

5.- Los frutos de la “Lectio”

La Lectio Divina es un medio a disposición del Espíritu para que nos conceda “la mentalidad de Cristo”. La teología ortodoxa usa aquí dos términos característicos: el hombre pneumatóforo se hace cristóforo; comunicándole la gracia del Espíritu Santo, a través de la Palabra, el Señor configura de tal forma al fiel a Cristo, que llega a reproducir en sí la imagen de Jesús (15).

El contacto personal (y comunitario), asiduo y profundo, con la Palabra de Dios produce en el oyente un mensaje bíblico: las ideas, expresiones e imágenes de la Escritura se vuelven su “patrimonio espiritual”.

La persona comienza a pensar y a hablar a partir de la Biblia y como la Biblia.
La “Lectura Orante” de la Escritura concede también a la piedad un carácter más objetivo. “Lejos de basarla en imaginaciones y sentimentalismos inconscientes, la edifica sobre hechos, modelos y misterios reales, con los que el cristiano procura identificarse. Se centra en Dios, o, más exactamente, en Cristo y en la Santísima Trinidad”(16).

Quien practica la Lectio sabe por experiencia propia cómo ella ejerce una función purificadora, cuestionándonos y, muchas veces, llevándonos en dirección contraria. La Palabra de Dios invita a la conversión, es un “espejo” que pone al descubierto nuestras incoherencias y disfraces. Se muestra “viva, eficaz y más penetrante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta dividir alma y espíritu, junturas y médulas: Ella juzga las disposiciones del corazón” (Hb 4,12).

A través de la práctica perseverante de la Lectio el oyente se convierte en “hombre de Dios”, servidor y testigo de la Palabra. Se vuelve sensible al paso del Señor y a las inspiraciones de su voluntad, “lleno de su Espíritu de sabiduría, solícito a la alabanza santa, dispuesto a servir a Dios en todas las circunstancias de la vida de comunidad y a ser testimonio del Señor por medio de su vida” (17).

Finalmente, podemos concluir nuestras consideraciones sobre la “lectura orante de la Biblia” con la oración atribuida a Guido II, abad de la Gran Cartuja (siglo XII), que resume en sí toda la riqueza espiritual de la “Lectio Divina”: “Señor, cuando tú me partes el pan de la Sagrada Escritura, yo te conozco por esta fracción del pan; cuanto más te conozco, más deseo conocerte no sólo en la apariencia de la letra sino en el conocimiento saboreado por la experiencia. Y no pido este don por mis méritos sino en razón de vuestra misericordia...Dame, Señor, la prenda de la herencia futura, al menos una gota de la lluvia celestial para refrescar mi sed, pues estoy ardiendo de amor”.

Nota: El original de este artículo apareció la revista Convergência, Octubre 1998, Año XXXIII, Nº 316, publicada por: Conferencia de Religiosos de Brasil (CRB). En castellano fue publicado por la revista Alternativas, (Editorial Lascasiana, Managua, 5/11-12(1998)113-130, dominico@sdnnic.org.ni), con traducción de José Luis Burguet.

(1)- Se trata, sin duda, de la más significativa contribución a una auténtica renovación de la VR en Brasil que nos ha sido ofrecida en el período posconciliar.
(2)- CRB. Coleção “Tua Palabra é Vida”, vol. 1 (1990), p.19
(3)- Ibid., p. 26
(4)- Enzo Bianchi: “Rezar a palabra”, en CIMBRA: Lectio Divina, ontem e hoje, 1989
(5)- Gracia M. Colombas: Diálogo com Deus. Introduçâo à “Lectio Divina”, Paulus, São Paulo, 1996, p. 47
(6)- “Tua Palabra...”, op. cit., p. 18
(7)- Ibid., p. 61
(8)- Bianchi, op. cit. p. 81
(9)- Bonifacio Baroffo: "Lectio divina e vita religiosa, Leumann, Elle de Ci, 1988 p. 23
(10)- cf Salvatore Panimolle (org.): Ascolto della Parola e Preghiera. La "lectio divina", Città del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 1987, p. 15
(11)- Véanse recomendaciones sobre el mantra en nuestro libro A oraçao dos simples, vol. 1, 2ª parte, Belo Horizonte, O Lutador, p. 25-47
(12)- Colombas, op. cit., p. 24
(13)- João Evangelista Martins Terra: “Lectio Divina”, en: ATUALIZAÇAO 22(1983), nº 243, p. 217
(14)- Bianchi, op. cit., p. 95
(15)- Mario Masini: Iniziazione alla “Lectio Divina”. Teologia, metodo, spiritualitá, prassi, Padua, Messagero di S. Antonio, 1090, p. 21
(16)- Colombas, op. cit., p.89
(17)- Congreso de Abades Benedictinos en 1967, en Colombas, p. 88

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Pasos de la lectura orante de la Biblia


Los Siete Pasos de la Lectura Orante de la Biblia

Les presentamos un método sencillo de lectura creyente y orante de la Biblia, un instrumento muy adecuado para acercarse a la Palabra de Dios. Este itinerario de la lectura creyente y orante de la Biblia nació en Lumko (Sudáfrica), y además de servir para la lectura personal de la Biblia, está especialmente indicado para personas que quieren compartir la Palabra de Dios en grupo. El grupo debe elegir un texto bíblico para el encuentro. Para esta Navidad sugerimos el siguiente texto. Pueden utilizar algunos símbolos para la oración: luz, pan, flores o fotos:


No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para ustedes y para todo el mundo: “Les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”
(Lucas 1, 1-21)

PRIMER PASO: invitamos al Señor y a su Espíritu

Comenzamos invocando la presencia del Espíritu de Jesús con una oración, un canto apropiado o un momento de silencio. En este primer paso ya se vislumbra la orientación espiritual de toda reunión.

SEGUNDO PASO: leemos el texto elegido

Señalamos el capítulo y los versículos correspondientes, cada uno busca en su Biblia el texto sobre el que vamos a orar. Una persona del grupo proclama el pasaje mientras los demás escuchan con atención. Al concluir la lectura, todos permanecen un rato en silencio, acogiendo en el corazón la Palabra que ha sido proclamada. Ocasionalmente puede repetirse la lectura tomando otra traducción para apreciar nuevos matices en el texto.

TERCER PASO: nos detenemos en el texto proclamado

Cada uno vuelve a leer el texto personalmente. Después puede hacerse “eco”, repitiendo en voz alta aquella palabra o frase que haya llamado su atención. Cada participante repite en su interior las frases y palabras que pronuncian los demás. A fin de que vayan calando en su corazón. Al final, vuelve a leerse el mensaje entero en voz alta.

CUARTO PASO: guardamos silencio

Es el momento de permanecer un rato en silencio. El animador indicará el tiempo de duración de este momento. Es un silencio que nos permite tomar conciencia de la presencia del Señor, profundizar en el relato escuchado y crear un espacio que nos permita una escucha sosegada.

QUINTO PASO: compartimos lo que nos ha afectado

Los participantes comparten espontáneamente lo que la Palabra que han escuchado les dice en ese momento de su vida. Se trata de unir las palabras de la Escritura con la propia experiencia de cada uno, por eso es importante hablar en primera persona del singular. Es quizá lo más difícil, porque hay que escuchar al otro y hablar desde el corazón, implicarse personalmente, evitando lecciones moralizantes o reflexiones intelectuales.

SEXTO PASO: hablamos sobre lo que el Señor nos pide

Este es el momento de ver la vida concreta a la luz de la Palabra de Dios. Tratamos de descubrir lo que el Señor nos pide a través de esta Palabra que hemos escuchado y meditado juntos. Es importante formular algún compromiso o acción concreta en consonancia con lo que Dios nos pide.

SÉPTIMO PASO: oramos juntos

El animador invita a la oración. Cada uno de los participantes presenta al Señor su plegaria en forma de súplica, de acción de gracias o de petición de perdón, según lo que el pasaje bíblico haya suscitado en cada uno. En dicha oración, pueden retomarse palabras, expresiones o símbolos del texto bíblico reflexionado. Podemos acabar el encuentro cantando una canción o recitando un salmo adecuado.
Lorenzo Goyeneche Sirón svd Fuente: “Misiones en el Mundo”

http://www.misionesenelmundo.com

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A la escucha del Maestro

Iniciación a la Lectura Orante de la Biblia. "Lectio Divina".
P. FIDEL OÑORO C.


"Si un texto no te cambia, Quiere decir que no lo has leído." (G. Soares-Prabhu)

PRESENTACIÓN.

Es deseo del Santo Padre que volvamos "con renovado interés a la Sagrada Escritura" (TMA 40.3) para conocer la verdadera identidad de Jesucristo. La razón que nos da es que "en el texto revelado el mismo Padre sale amorosamente a nuestro encuentro y dialoga con nosotros manifestándonos la naturaleza de su Hijo unigénito y su proyecto de salvación para la humanidad" (1bid). Una de las formas más apropiadas para volver a las Sagradas Escrituras es la práctica de la Lectio Divina. Esta lectura orante de la Biblia tiene la impronta de los Padres de la Iglesia y ha sido cultivada a través de los siglos en el corazón de la vida monástica. Actualmente se redescubre, con gran entusiasmo entre laicos, religiosas, religiosos y pastores, como fruto del movimiento bíblico y del Concilio Vaticano II.

Por eso me complace particularmente presentar este texto preparado por el P. Fidel Oñoro C., a pedido del Secretariado General del CELAM, que junto a la enseñanza del método de la Lectio Divina propone formas concretas de realizarlo tanto personalmente como en las comunidades parroquiales. El escrito tiene el gran mérito de dar a conocer en pocas páginas la dinámica de este método de oración, valiéndose de las enseñanzas de Guigo II, el monje Cartujo, enriquecido por la mirada mística y poética de San Juan de la Cruz y de Sor Isabel de la Trinidad. El autor nos enseña que la Lectio Divina es un método concreto, sencillo, real y posible para vivir de cada Palabra que sale de la boca del Señor. (Mt. 4,4). (+ Jorge E. Jiménez Carvajal. Obispo de Zipaquirá, Colombia. Secretario General del CELAM)

DISCIPULOS A LA ESCUCHA DEL MAESTRO

Cuenta Fedor Dostoyevski en su novela "Los hermanos Karamazov" que el viejo y sabio monje Zossima le aconsejaba a su joven amigo Alyosha que leyese las Santas Escrituras a la gente sencilla "simplemente como ellas son", y le agregaba, "tú verás cómo el corazón simple comprende la Palabra de Dios". Jesús se emociona porque el Reino de Dios estaba siendo comprendido por los pequeños (Ver Lc. 10,21). En ellos Jesús veía a sus oyentes ideales, aquellos que tenían capacidad de vivir con Él una comunicación más profunda, una relación más estrecha. Por eso los consideraba sus hermanos, sus hermanas y su madre (Ver Mc. 3,35). Ellos conocen el tono de su voz y por eso lo pueden seguir (Jn. 10,3). Ese es el retrato interior del discípulo de Jesús. El auténtico discípulo es el que vive a la escucha con un corazón totalmente despojado y clavado en Dios.

Cada vez que escrutamos las Sagradas Escrituras nos encontramos con ese desafío. Y no queremos leer sin comprender. No queremos quedarnos sin conocer el don de Dios que la palabra inspirada nos ofrece. Por eso buscamos y preguntamos. Sucede como con el eunuco de la reina de Candace, quien en medio del desierto va sentado en su carro leyendo la Biblia. Felipe se acerca y le pregunta: "¿Entiendes lo que estás leyendo?". El eunuco le contesta: "¿Cómo puedo entender si nadie me hace de guía?" (Hech 8,30s). Y lo invitó y sentó en el carro.

La lectura orante o Lectio Divina pretende ser una manera de realizar esta forma total de aproximarnos a la Biblia, para ir hasta lo más profundo. Aprovechemos los métodos que nos ayudan a entender la Biblia en todos sus aspectos, llámense histórico-críticos o literarios o sociológicos o psicológicos…. La lista es larga. Todos ellos son muy útiles y los valoramos. Pero sentimos que todavía falta algo.

La Pontificia Comisión Bíblica (1993) buscó los términos precisos para definir lo que es la Lectio Divina: " Es una lectura, individual o comunitaria, de un pasaje más o menos largo de la Escritura, acogida como Palabra de Dios, que se desarrolla bajo la moción del Espíritu en meditación, oración y contemplación". Y allí dio la clave: es el Espíritu Santo quien hace de guía en la lectura. Jesús había prometido: "El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho". (Jn. 14,26).

La audición de la voz de Jesús, después de su muerte y resurrección, se realiza de esta manera porque Él desea que comprendamos la Biblia: "Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras".( Lc 24,45). Él quiere que la intuyamos profundamente a partir de su Persona, porque por su misterio pascual la revelación ha llegado a su plenitud. (Ver Mt. 5, 17).

La Lectio Divina, o lectura orante de la Biblia, es nuestra contribución a la oferta que nos quiere hacer Jesús. Él nos da su Espíritu. Nosotros ofrecemos un oído y un corazón atentos a su Palabra. La Lectio Divina, es básicamente eso: el ejercicio de un corazón dispuesto al encuentro con Dios a través de la Santa Palabra. Es un ejercicio de lectura pero es también una oración. Sus frutos no vienen tanto por la acumulación del saber a cerca de la Biblia como por la vida espiritual del que conoce el sabor de la Biblia porque conoce a su Autor.

No es esta una expresión de la creatividad actual en materias de oración. Quizá estemos, como en tiempos del rey Josías, descubriendo de nuevo el rollo de la Toráh. El método viene desde la misma Biblia, desde la práctica de los rabinos, y particularmente, desde los Padres de la Iglesia y algunos autores espirituales del primer milenio de la era cristiana. Aunque relegado, este método de oración nunca se perdió en la historia de la Iglesia ya que los monjes lo conservaron y lo trajeron hasta nosotros. El Concilio Vaticano II (Dei Verbum 25) lo reconoció vivamente y, desde entonces, los documentos de la Iglesia no han dejado de recomendarlo. El asunto ahora es cómo aprenderlo, cómo iniciarnos pedagógicamente en él. Es lo que vamos a proponer enseguida a través de los siguientes pasos:

.- Trataremos de captar la dinámica propia de la Lectio que, ante todo, es una dinámica espiritual.

.- Describiremos su desarrollo ofreciendo algunas indicaciones prácticas.

.- Daremos algunas pistas para el servicio de la Palabra, especialmente en la parroquia, a partir de la Lectio Divina.

LA LECTURA DE LA LECTIO DIVINA.

Como método de lectura de la Sagrada Escritura, la Lectio Divina se realiza a través de pasos bien definidos, que se pueden expresar didácticamente no sólo para comprenderlos mejor sino también para practicarlos y enseñarlos. Partiendo de la enseñanza de Guigo II, el cartujo, en su Scala Claustralium (II y III) mostraremos desde diversos ángulos el aspecto dinámico de la Lectio Divina. Esto nos permitirá comprender mejor las posibilidades de la propuesta y nos facilitará más tarde el desarrollo creativo del método.

La dinámica de la Lectio Divina captada desde cinco ángulos.
Presentamos la dinámica de la Lectio Divina a partir de cinco comparaciones que la enfocan desde diferentes ángulos. Al final sacaremos las consecuencias.

La Escalera

El Monje Guigo II comparó la Lectio Divina con una escalera, donde cada etapa del proceso es un peldaño. Su base se asienta sobre la Biblia y su extremo superior penetra el corazón de Dios y "escruta los secretos de los cielos". El Monje contó así su intuición:
"Un día, durante el trabajo manual, comencé a pensar en el ejercicio espiritual del hombre y, de repente, se ofrecieron a la reflexión de mi espíritu cuatro grados espirituales: lectura, meditación, oración, contemplación".

La Palabra que traza su camino en el corazón

La imagen de la escalera ya lo dice prácticamente todo. Pero todavía sobre la pista de Guigo, diferenciando y al mismo tiempo tratando de captar la unidad de los grados espirituales indicados, podríamos agregar que el método de la Lectio funciona como los latidos del corazón; sístole y diástole, expansión y concentración, apertura y acogida, búsqueda y encuentro, grito y respuesta….

Es dinámico. Sus movimientos corresponden al de nuestros impulsos interiores.

Con las palabras claves del mismo Guigo podríamos visualizar estos movimientos de la siguiente manera:



El Verano y el Invierno.

Algunos autores han comparado la dinámica de la Lectio Divina con la actividad de la hormiga que durante el verano trabaja sin tregua en la recolección del alimento y, cuando llega el invierno, se refugia y sobrevive con aquel alimento. O bien, como la abeja que en un primer momento chupa el néctar de la flor y después entra en el sagrado reposo, en el panal, para dar paso a la elaboración de la miel. Así también la Lectio prácticamente se reduce a dos momentos que se pueden especificar mejor en dos movimientos dobles: el de lectura-meditación y el de oración-contemplación. Un tiempo de trabajo y otro de elaboración y aprovechamiento de los resultados. La Lectio es también como aquel que toma una naranja, pacientemente le quita la corteza y expone la pulpa, con los ojos la saborea y luego la va degustando, torreja por torreja, saboreando su jugo. Guigo dice: "la letra está en la cáscara, la meditación en la sustancia, la oración en la expresión del deseo y la contemplación en la posesión de la dulzura obtenida.

Todavía podríamos decir que la actividad del lector-orante se concentra en estos dos momentos: uno activo, que es la fatiga de la lectura-meditación, y uno pasivo, que es el de la oración-contemplación. La continuidad entre estos dos momentos es análogo al proceso de alimentación y digestión. La comparación es válida. Para el pueblo de la Biblia no era extraño oír decir que la Biblia había que comérsela (Ver Ez 3,3 y Apoc 10, 8-11). Guigo lo contaba así: "La lectura lleva la nutrición sustancial a la boca, la meditación mastica y tritura este alimento, la oración obtiene el gusto, la contemplación es la dulzura misma que alegra y restaura". La Lectio es el proceso por medio del cual la Escritura pasa de la "letra" al "Espíritu" que da vida (Ver 2 Cor 3,6).

La Parábola del mendigo.

No aparece en la Biblia tal parábola, aunque podría estar sugerida en la enseñanza de Jesús en Lucas 11, 9: "pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá". Parece que Jesús estuviera describiendo la actividad de un mendigo que llega a la puerta de nuestra casa, toca, insiste…. y si ve que nadie sale, va y llama por la ventana e insiste nuevamente. Y, si nos negamos a abrir, entonces va a la casa del vecino y sigue así su peregrinación, de puerta en puerta, hasta que alguno le abre y le da un pedazo de pan. Esta es su actividad cotidiana. Así también es el orante en la Lectio Divina. Es un buscador que se identifica con el pobre mendigo que busca el pan de cada día. Ese tal tiene que esforzarse y luchar para conseguirlo, vive por la insistencia y no claudica fácilmente. A la Lectio se llega con humildad, desprovisto de todo, hambriento y sediento de la Palabra: "como anhela la cierva las corrientes de agua" (Sal. 42,2). Impulsado por la sed se recorre el camino de la búsqueda, Guigo también veía este proceso en la parábola del mendigo: "La lectura busca la dulzura de la vida bienaventurada, la meditación la encuentra, la oración la pide, la contemplación la gusta". Esta intuición que traduce en método la enseñanza de Jesús tiene una sencilla formulación didáctica que nos ofrece san Juan de la Cruz: "Buscad leyendo y hallaréis meditando, llamad orando y al abriros habréis contemplado” (Dichos de luz y de amor, 157)

La Palabra se hace palabra.

La Palabra de Dios es palabra que "dice" y "hace decir". Cuando "permanece operante" en nosotros (1 Tes. 2,13) nos hace pronunciar nuestra palabra auténtica, la que mejor expresa la verdad de nosotros mismos. Es como si la Palabra que habita en medio de nosotros (cfr. Jn. 1,14) y específicamente en nosotros mismos (Ver Jn. 14,23), creciera de tal manera que al final emergiera fuerte en la oración, en la predicación, en la consolación, en los hechos. Esta es también la dinámica de la Lectio Divina. Un Guigo de nuestro tiempo, Frei Carlos Mesters, recuerda que hay tres preguntas sencillas y claves que orientan el proceso de la Palabra que inicialmente es oída, luego apropiada y finalmente se expresa nuevamente:

¿QUÉ DICE EL TEXTO?

¿QUÉ ME (NOS) DICE EL TEXTO?

¿QUÉ ME (NOS) HACE DECIR EL TEXTO?

La Palabra de Dios Mi Propia Palabra

La tarea de la Lectio Divina es ayudar a desplegar toda la eficacia de la Palabra, el poder escondido en la semilla (Ver Mc.4, 30-32) y su capacidad de generar algo nuevo, auténtico, de Dios. Este es su secreto.

De la dinámica a las dinámicas.

En breves afirmaciones quisiéramos establecer algunos parámetros que se derivan de nuestra observación de la dinámica de la Lectio Divina: La Lectio Divina como instrumento de búsqueda integra dos tipos de conocimiento: el que se desarrolla por la vía racional y el que se desarrolla por la vía emocional. La razón y el corazón se integran en la búsqueda de equilibrio entre lo que corresponde propiamente al ejercicio de la lectura como al ejercicio espiritual. Allí se valora, se respeta y aprovecha todo lo que procede del estudio académico de la Sagrada Escritura, pero también todo lo que corresponde a las características propias de la vida espiritual, ya que por la misma fe se captan más profundamente las realidades de la fe.

La Lectio Divina tiene una estructura interna clara, lógica, sólida. Una vez impulsado el proceso, este puede desarrollarse por sí mismo porque corresponde a una lógica intrínseca del camino oracional. Muchas veces la habremos practicado sin saberlo. El proceso es claro sin que sea rígido o mecánico. Si así lo fuera estaría bloqueando la acción del Espíritu. Por eso no se puede decir con propiedad que lectura - meditación - oración - contemplación son los pasos del método. Estos son más bien dimensiones, movimientos, grandes etapas de un camino que se recorre. La Lectio Divina ofrece tal elasticidad, que la descubrimos, desde el punto de vista pedagógico, como una mina de sugerencias: se puede recrear y adaptar para personas o para grupos teniendo en cuenta su edad y situación. Esta dinámica permite crear muchas dinámicas o propuestas didácticas. Es decir, la dinámica de la Lectio permite ser abordada de muchas formas creativas.

Pero no todos los movimientos de la Lectio Divina permiten crear dinámicas. Una primera dificultad es que no siempre es fácil reconocer el paso de un movimiento al otro. La segunda dificultad la constituye la naturaleza misma de tales movimientos. Cuando se entra al movimiento de la oración y de la contemplación, estas vienen de un impulso propio que corresponde a la originalidad de la acción de la Palabra, que no sería prudente ni conveniente tratar de orientar externamente. El éxito de la Lectio Divina está fuertemente ligado a la calidad de la vida espiritual. Recordemos, además, que la Lectio presupone la fe en la acción de Espíritu que conduce el proceso. Habrá que cuidar atentamente este aspecto, especialmente en su preparación. Como discípulos queremos ponernos a los pies de Jesús para aprender ese "oír" que hace posible captar en profundidad su Palabra y ponerla en práctica. Él dice: "Mirad, pues, cómo oís" (Lc. 8,18).

EL APRENDIZAJE DE LA LECTIO DIVINA.

Una vez reconocida la dinámica propia de la Lectio Divina podemos comenzar su aprendizaje. La Lectio se aprende por el ejercicio continuo, preferentemente diario. Mejor aún si se cuenta con el apoyo de un acompañante con quien compartir este camino de oración. En un intento por diseñar el itinerario y de dar algunas indicaciones prácticas para su pleno desarrollo, presentaremos a continuación el proceso de una Lectio según los cuatro movimiento de: lectura - meditación - oración - contemplación, pero comenzaremos primero por la necesaria etapa de preparación.

La experiencia de la Lectio Divina va más allá de sus cuatro movimientos. Se pueden desarrollar otros tantos momentos en la medida en que se progresa en el camino espiritual. Por eso ofrecemos luego algunas direcciones en que se prolonga la Lectio en la vida espiritual. Para finalizar trataremos de responder a tres interrogantes que, con frecuencia se preguntan, los que ejercitan la Lectio Divina. Por razones pedagógicas nuestras indicaciones se orientan ante todo a la praxis "personal" de la Lectio. Sin embargo, tenemos muy presente que el lugar propio de la Palabra es la Comunidad. Por eso, más adelante veremos cómo convertirla en experiencia comunitaria.

La Preparación para entrar en la Lectio Divina: la "soledad sonora".

"El Maestro está allí y te llama" (Juan 11,38). La preparación es decisiva para el éxito de la Lectio Divina.

Para poder escuchar a otro, primero hay que bajar el tono de la voz, hacer silencio, concentrarse. El clima ideal para la Lectio es lo que san Juan de la Cruz llamó la "soledad sonora" (Cántico 15), es decir, callar el ruido de tantas voces que nos invaden para captar el dulce silbido del Espíritu en la Palabra de Dios. Podemos considerarnos preparados cuando hayamos logrado entrar en este silencio receptivo, atento, consciente de la presencia poderosa de Dios que viene amorosamente a nuestro encuentro con el don de su Palabra. Muchas veces este momento llega a ser un verdadero combate espiritual.

Especialmente en aquellos días en que tenemos muchos compromisos o tenemos algún problema o estamos cansados o venimos de alguna actividad agitada. Gracias a Dios, habrá días en que será relativamente fácil entrar en la Lectio. Lo importante es tener presente que…No es posible entrar en la inteligencia del texto sin el corazón pacificado y poseído por el Espíritu Santo. (Ver Luc 24, 36.45.49)

Retengamos estos dos aspectos: pacificación del corazón y posesión del Espíritu de Dios. Cada uno, a partir del conocimiento y del control que tiene de sí mismo y de su experiencia de Dios, podrá encontrar la manera de realizar esta preparación. Con todo, quisiéramos dar algunas sugerencias:

La pacificación del corazón.

El corazón es, por decirlo así, el órgano de la Lectio. Tal como lo enseña la Biblia, el corazón es lo más íntimo de nuestra personalidad, la profundidad de nuestra conciencia (ver Mc. 7,21). Es allí donde el Señor quiere comenzar a hablar, a poner su toque creador y transformador. Como en la parábola de la semilla, se necesita un terreno preparado: "las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias ahogan la Palabra, y ésta queda sin fruto". (Mc. 4,19). Es el mismo Señor quien nos invita amablemente, como lo hizo con Marta: "Marta, Marta, te preocupas y te inquietas por muchas cosas, cuando una sola es necesaria". (Lc. 10, 41ss). Su instrucción es clara: "entra en tu cuarto" (Mt. 6,6), o sea, en el espacio de tu intimidad, en el lugar de tu corazón. Podríamos presentar la exhortación del Señor en breves imperativos didácticos útiles para nuestra preparación:
"¡Entra en tu cuarto!". Conoce el espacio donde vive tu intimidad, refúgiate allí, busca el silencio, la soledad.

"¡Delimita tu tiempo!". No muestres la mezquindad de tus afanes, sé generoso porque tu tiempo es de Dios.

"¡Ayúdate de algo!", si es que lo consideras necesario, por ejemplo: de un icono, de la luz de una vela, de una cruz, quizá un poco de música…. Recuerda que es apenas una ayuda

"¡Interroga tu corazón!". Toma consciencia de la manera como te presentas ante Dios, cómo estás ahora y a qué estás dispuesto en esta Lectio. Entra en oración en tu propia realidad, con todo lo que eres. Acuérdate de tu pueblo, también por amor a él buscas al Señor.

"¡Suplica!", como el rey Salomón: "dame un corazón que sepa escuchar…. para discernir". (Cfr. 1 Reyes 3,9).

Y una sugerencia práctica: escucha tu propia respiración, siente su ritmo. Esto ayuda a la concentración. El ritmo de la respiración es como el termómetro de nuestro estado de ánimo, de nuestra situación de paz. A veces estás agitado… Toma conciencia de esto y ayúdate. Cuando arrojamos una piedrecita al lago, estando sus aguas tranquilas, sus ondas son más nítidas y las vemos expandirse hasta besar los extremos.

La invocación del Espíritu.

Así como en la celebración de la Eucaristía es la acción del Espíritu Santo la que obra la transformación de las especies de pan y vino en el Cuerpo y Sangre del Señor, así este mismo Espíritu es el que modela en toda la Iglesia el Cuerpo de Cristo. En la Lectio vivimos este influjo poderoso del Espíritu Santo que nos conduce a la "Verdad Completa" (Jn 16,13), es decir, a Jesús en las Escrituras; y lo actualiza en nosotros. El Espíritu es el "Paráclito" , el asistente del lector - orante y por eso lo invocamos. (Ver Jn 14,23; DV 12). San Pablo le señala a los lectores de la Biblia que "la letra mata pero el Espíritu da vida" (2 Cor. 3,6). Lo importante no es el texto sino el hecho de llegar a ser Biblias vivientes: "Evidentemente ustedes son una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones". (2 Cor.3,3). Con la invocación del Espíritu se marca el punto de partida correcto porque es así como la Lectio comienza a ser "divina". La mejor invocación del Espíritu es la que Dios le inspira a cada cual. Todos estamos capacitados para crear nuestro propio "Ven, Espíritu Creador". Pero, lo sabemos, las oraciones hechas por otros son también escuela de oración, especialmente aquellas que están avaladas por la Iglesia. He aquí una bella oración inspirada en textos bíblicos que nos puede ayudar:

"Dios nuestro, Padre de la luz,
Tú has enviado al mundo tu Palabra,
Sabiduría que sale de tu boca
Y que ha reinado sobre todos los pueblos
De la tierra. (Eclo. 24, 6-8).
Tú has querido que ella haga su morada en Israel
y, que a través de Moisés, los Profetas
y los Salmos, (Lc. 24,44) ella manifieste tu voluntad
y hable a tu pueblo de Jesús, el Mesías esperado.
Finalmente, has querido que tu propio Hijo,
Palabra eterna que de ti procede (Jn 1,1-14)
Se hiciese carne y plantase su tienda en medio de nosotros.
Él, nació de la Virgen María y fue concebido por el Espíritu Santo (Lc. 1,35)
Envía ahora tu Espíritu sobre mí:
Que Él me dé un corazón capaz de escuchar
(1 Reyes 3,9), me permita encontrarte en tus Santas Escrituras
y engendre tu Verbo en mí.
Que el Espíritu Santo levante el velo de mis ojos
(2 Cor 3, 12-16). que Él me conduzca a la Verdad Completa
(Jn. 16,13) y me dé inteligencia y perseverancia.
Te lo pido por Jesucristo, nuestro Señor,
Que sea bendito por los siglos de los siglos.
Amén". (E. Bianchi)

En lugar de una oración elaborada, se puede hacer una simple invocación en forma de jaculatoria a partir del Salmo de la Lectio Divina, el Salmo 119 (118). Por ejemplo, se puede repetir esta frase al ritmo de la respiración: "Te invoco con todo el corazón, Señor, y guardaré tus preceptos" (Sal. 119, 145); o esta otra: "Mira que amo tus ordenanzas, Señor, dame la vida por tu amor" (Sal. 119, 150. De esta manera suplicamos el don del Espíritu. El Salmo 119 será siempre una cantera de sugerencias para esta oración al comienzo de la Lectio Divina.

Los cuatro movimientos de la Lectio Divina.

"Buscad leyendo". (Primer movimiento):


La lectura y el estudio de un pasaje escogido es la base de toda la Lectio Divina. Abrimos el texto con mucho respeto. En este momento cada letra, cada signo de la Escritura vale mucho. Los antiguos veneraban las Escrituras casi como la misma Sagrada Eucaristía, no se puede dejar perder ni una migaja.

El respeto al texto se expresa en la renuncia a la imposición de cualquier idea previa, a quitarle o acomodarle nada. Queremos que éste brille solo; que él hable primero. Buscamos una lectura objetiva, cuidadosa, humilde, siendo conscientes de nuestra ignorancia y de nuestra necesidad de ella. Sucede, a veces, que se trata de un pasaje ya conocido. Entonces habrá que decir como santa Teresita: "Más me vale leer mil veces los mismos versículos (del Evangelio) porque cada vez les encuentro un sentido nuevo".

Lo que hay que hacer es leer lentamente desde el comienzo hasta el final, releerlo y volver a hacerlo una vez más. Poco a poco los detalles van apareciendo y cada palabra va haciendo sentir su peso. Las letras se vuelven imagen, comienzan a hablar y nosotros nos vamos apropiando de ellas. Buscamos hacer nuestro propio estudio del texto. Hay muchos estudios ya hechos que pueden ser útiles. Sin embargo, lo importante es que este es nuestro turno y que vale mucho el ser curiosos, inquietos, insatisfechos.

Entramos en la Escritura como buscadores, como decía san Juan de la Cruz: "sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía" (Subida, 3).
Nuestra obsesión en este primer movimiento es preguntarnos:

¿Qué dice el texto?

Cuatro indicaciones sencillas nos pueden ayudar: 1.- Captar las ideas principales: Retener las voces fuertes del texto: con lápiz en mano, subraya la(s) frase(s) que más te impactan. 2.- Subdividir el texto: mientras más subdividido, mejor. Es como un pan que se come en pequeños trozos. 3.- Distinguir quién habla y de qué cosa habla: si es un narrador o es un actor; quién es este personaje, cuáles son sus características. No será nunca lo mismo cuando habla Jesús que cuando habla otro. 4.- Ayudarnos de nuestra propia práctica de lectura: para tratar de intuir qué es lo fundamental y qué es lo secundario. Se aplica todo lo que se sabe.
Profundizar:

Hacer preguntas pertinentes sobre el texto. Leer las notas de pie de página de la versión que tenemos. Consultar los posibles textos paralelos u otras referencias que se indican en la versión. Tal vez conozcas otras. Remitir a algún comentario, cuando lo tenemos a la mano.

Sentir el texto.

Dar espacio a nuestra propia emoción. Quizás haya una frase, que, aunque sea secundaria, nos ha impactado. Pues bien, hay que apropiársela. Dios me habla en ella. Lo importante es respetar siempre su sentido dentro del contexto: que sea lo que ella dice y no lo que yo quiero que me diga. Respetar el contexto es la regla primera de la lectura de la Biblia.

Apropiárselo.

Leer en voz alta el pasaje. Así podremos sentir mejor la emoción de las palabras, su ritmo, su respiración, su énfasis, sus silencios. Cada página de la Biblia tiene su originalidad. Nunca nos cansará este ejercicio.

Repetir una frase o una idea que sintetiza nuestra lectura. Repetirla hasta memorizarla. Tratar de representar el texto en nuestra imaginación (cuando el pasaje es narrativo): Con una reconstrucción de la escena, colocándonos en la piel de los personajes. Un poco de fantasía nos da la sensibilidad del texto, ¿qué habríamos dicho nosotros? ¿Cómo nos habríamos comportado? Escribir de nuevo el pasaje: es una antigua práctica que ayuda a la identificación con el texto. Decía Casiano: “penetrados de los mismos sentimientos con que fue escrito el texto, nos volvemos, por así decir, sus autores”. Y existen todavía muchos otros recursos que podemos utilizar para nuestro estudio del texto. No hay que hacerlo todo.

Basta con lo que sea útil para, “comerse el texto”. (Más adelante daremos otras pistas) Este momento de estudio es tan rico que corre el riesgo de extenderse indefinidamente sin llegar a sacar el fruto espiritual de la lectura. Por eso hay un momento que hay que detenerse.

¿Cuándo parar? Démonos el tiempo suficiente para el estudio personal del texto. Pero una vez que este comienza a ser nuestro, cuando una idea queda repicando y comienza a resonar en el corazón, es el momento de parar. Esta es la idea que será el centro de nuestra Lectio, la que será la manifestación del amor del Señor en nosotros. Ya estamos en el segundo movimiento. Es el momento de cerrar la Biblia e inclinar la cabeza ante el Señor.

“...Hallareis meditando” (Segundo movimiento)

La meditación es el efecto natural de la lectura: viene dentro de la lectura desde el momento en que esta ha comenzado a impactarnos haciendo que ya no solo hablemos del texto sino también de nosotros.

La Palabra de Dios se vuelve nuestro espejo.

La meditación se hace con la Palabra todavía caliente, resonando en el corazón. Todo este movimiento se realiza en la interioridad. Hay quien lo compara con el comienzo de la gestación. A san Clemente de Alejandría le parecía ver al lector que entraba en la meditación como al picaflor que después de picar las flores se recoge para dejar que el néctar se transforme en alimento.

En la Lectio Divina la meditación tiene características propias que la distinguen de aquella otra que es especulación mental. Aquí se acerca más al estilo del pueblo de la Biblia. Israel y los primeros cristianos no eran propiamente un pueblo de filósofos ni de eruditos. Su preocupación era tratar de captar la actualidad de Dios en su caminar., en los sucesos de todos los días, para vivir en sintonía con Él para dar nuevos pasos según su voluntad. Es una actividad lenta y fatigosa. Por eso, Casiano prefería hablar de “rumiar” la Palabra, es decir, de saborearla lentamente.

El Pueblo de la Biblia sabía meditar “atando cabos”, tratando de descubrir cómo se empata una cosa con otra, escrutando el sentido de los acontecimientos, la lógica del actuar de Dios en medio de todo, “la verdad oculta “ como dice Guigo.

También nosotros “atando cabos” podemos ver cómo “esta escritura acabada de oír se ha cumplido hoy” ( Lc. 4,21). La Palabra descubre así su actualidad permanente, comienzan a caer los velos. Por la meditación entramos en comunión con la misma experiencia espiritual del pueblo de Dios de la Biblia y del que aún peregrina en la historia de la Iglesia. También lo hacemos con tantos hermanos que cada día tratan de interpretar su realidad e impulsar su caminar en el Señor a partir de la Palabra de Dios (Ver Act. 17,11).

Para hacer nuestra meditación nos dejamos orientar por la pregunta clave:

¿Qué me (nos) dice el texto?

Para responder “atamos cabos” a dos niveles:

1.- La asociamos con la vida. Así lo hacía María, quien confrontaba el anuncio del ángel con su propia vida (Cfr. Lc. 1,34). El primer resultado es un mejor conocimiento de nosotros mismos. Nos vemos a la luz de Dios, con la mirada de Dios. Emerge la historia de nuestras andanzas, de nuestro caminar en dirección de Dios o, tal vez, un poco a contra vía. Cuando la palabra dulce se vuelve ácida (Cfr. Ez 3,3) es signo de que se ha aprehendido la Palabra. Es propio de ella ponernos al borde de la crisis porque es espada de doble filo que “escruta los sentimientos y pensamientos del corazón” y nos deja “desnudos y descubiertos” ante Dios (Heb. 4,12-13). En este estar desnudos ante Dios la Palabra nos revela que Dios es mayor que nuestro pobre corazón (Ver 1 Jn. 3,20).

2.- La asociamos con otros textos ya conocidos. Se hace como una “colecta” de otros textos bíblicos ya conocidos que agrupamos alrededor de la confesión de fe de la Iglesia. Esto permite que la Palabra se haga aún más viva y más clara. Realizamos este ejercicio recordando dos principios: “la unidad de la Sagrada Escritura” y que “la Biblia explica la Biblia”. Estos dos principios son uno consecuencia del otro. Hay que tener en cuenta que no se busca la cantidad sino la calidad del alimento. Así el movimiento de meditación hace que se acorten las distancias: entre la experiencia del Pueblo de Dios y la mía, entre el ayer del texto y el hoy de su mensaje, entre la Palabra y la Vida. Y, por supuesto con el mismo Dios, su Autor, de quien ahora oímos su voz viva y actual por la que se nos da a conocer lo que quiere de nosotros. Hacemos la experiencia de que “cerca de Ti está la Palabra: en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica” (Dt. 30,40) y de quien “se complace en el Señor, medita su Ley (susurra) día y noche” (Sal. 1,2). La meditación se puede prolongar a lo largo de toda la jornada dejando así reposar la Palabra en nosotros, oyendo continuamente su “susurro”, experimentando el efecto del contacto prolongado. Lo importante es que procuremos dejar todo el tiempo necesario para que la Palabra haga su efecto, para que la semilla crezca “aún cuando no sepamos cómo” (Ver Mc. 4,27).

“Llamad orando” (Tercer movimiento)

La oración brota espontáneamente de la meditación. La Escritura ha sido la nodriza que nos ha llevado de la mano hasta la inmediatez de la Voz de Dios. (Cfr. Jn. 10,4). Sin duda que ya estamos orando desde el comienzo. En ese espíritu hemos hecho la lectura y la meditación, en esa actitud hemos acogido la acción del Espíritu Santo, inspirador de nuestra Lectio. Si la meditación se puede comparar a la concepción, la oración se puede comparar al parto. La oración es llevar hacia fuera por medio de los labios el grito de nuestro corazón quemado por la Palabra. Allí explicitamos todo lo que ha surgido en nuestra interioridad. Y “el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos cómo pedir para hablar como conviene” (Rom. 8,26). Él hace palabra lo que permanecía como gemido interior. (Rom. 8,23) y orienta nuestro grito hacia el Dios que se reveló en Jesús de Nazaret con Rostro de “Abbá, Padre” (Rom. 8, 15). Nuestra oración no se encierra en los límites de una relación personal y exclusiva con Dios. Es también la Voz de la creación entera que clama por su liberación para “participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. (Rom. 8,21). La oración que brota de la Lectio es oración abierta a la realidad eclesial, a la vida del pueblo. Sus gemidos son también los nuestros. Es como en los Salmos.

Ellos siempre tienen a la vista una realidad concreta, oran la Palabra y la Vida. En la Lectio nuestra oración es siempre salmica porque es la respuesta creativa a la pregunta:

¿Qué me (nos) hace decir el texto?

Como es espontánea y creativa no podemos dar muchas indicaciones, solo destacar que hay cuatro niveles típicos en que se puede vivir esta experiencia: 1.- La compunción del corazón. La verificación de nuestra debilidad física, moral e intelectual, puede llevarnos incluso hasta el “bautismo de las lágrimas”, porque nos sentimos desproporcionados ante el inmenso amor de Dios. No somos Dios, somos Adán. Y, como él, sentimos vergüenza pero no nos escondemos. Orígenes decía: “El Señor te aflige con una flecha de amor” (Comentario del Cantar). 2.- La Súplica. Como el ciego Bartimeo clamamos: “Ten compasión de mí” (Mc. 10,47). Cada uno puede recrear y repetir esta oración y comprender cómo Dios lo ama.

Tenemos la certeza de que siempre que se nos ha dado el Pan de la Palabra hemos recibido también todo lo que necesitamos para vivir. El Padre no se olvida de nosotros. Pero, una vez más, ante todo hay que pedir el Espíritu Santo. Eso es lo esencial (Lc. 11,13). 3.- El agradecimiento. Es la afirmación de que Dios se ha hecho mi prójimo. Él es mi amigo. El Señor ha hecho, está haciendo y continuará haciendo maravillas en mí. (Lc. 1,49). Nuestra oración se hace eucarística y será aún más bella cuando la podamos unir a la celebración del Sacramento, haciendo la unidad entre el Pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía. 4.- La entrega. Es nuestro “amén” a la Palabra de Dios, la aceptación total de su querer sobre nosotros. Como María: “hágase en mí según tu Palabra” (Lc.1,38). Así, entonces, inspirados por el Espíritu, empezamos a recitar nuestro propio Salmo. Nuestro corazón se ha convertido en Liturgia viviente.

“...Os abrirán contemplando” (Cuarto movimiento):

Es la oración en su más alta calidad, en toda su pureza. No es experiencia estática ni situación paradisíaca, sino el reconocimiento pacífico, manso, de la venida del Señor a nuestra incapacidad, a nuestra pobre humanidad. Es una venida que sana y que restaura. La hemos vivido poco a poco en el proceso cuando nos deleitábamos en el comprender. Ahora hay un nuevo impulso en el camino oracional.

Los místicos han visto aquí el premio de todos sus esfuerzos; gustar los destellos de la gracia, así sea que esta venga apenas como gotas de rocío. Es ese sumergirse en la tremenda simplicidad y dulzura del grandioso Amor de Dios o , como dice san Juan de la Cruz: “estar amando al amado”. El movimiento contemplativo, prolongado en el tiempo, es lo que permanece de la Lectio. Buscábamos a Dios y Él ha venido con el Don de Su Palabra. Ahora no hay preguntas, solo el gozo del recibir. Hay un poco de luz y nos recreamos en ella. El don de la contemplación es el don de la visión como la que tuvieron los peregrinos de Emaús (Ver Lc. 24, 31) Es una visión en la que nos atrevemos a indicar tres momentos:

1.- La contemplación del Señor Crucificado – Resucitado. La cima de la escala de la Lectio Divina es también la cima del Gólgota. Allí encontramos al Señor tal como se ha querido revelar en la historia. Como en Lucas 23, 48: lo que se aprecia no es un espectáculo teatral sino la tragedia de Dios, una tragedia de amor por la humanidad. Vemos con los ojos de este gran misterio. El contemplativo es aquel que, por inspiración del Espíritu, ve en la Cruz la potencia de la vida, la salvación de Dios. 2.- La comprensión de la historia a la luz de su Palabra. Desde lo alto se ve el conjunto, se aprecia cómo se relaciona lo que a diario vemos sólo fraccionado. Desde la profundidad del misterio se ve la amplitud del plan de Dios. Es como si el Señor nos interpelara con las palabras del Apocalipsis: “sube acá, que te voy a enseñar....” ( 4,1). Desde allí podemos ver vida en el proyecto de Dios: la vida de cada hermano, la vida de nuestro pueblo, lo que estamos llamados a ser como obra de sus manos. Descubrimos también nuestra misión dentro de ese proyecto. Podemos ver, como en una transparencia, la lógica de los acontecimientos, aún de los más desgraciados y confusos – la verdadera dimensión de los problemas y sus posibles soluciones.
La contemplación es el don de los ojos nuevos para mirar la realidad. Es la escuela de los profetas. 3.- La degustación del sabor de la Resurrección que envuelve la vida. En el gozo del Espíritu (Ver Gal. 5,22) nos descubrimos como hombres nuevos, como nuevas criaturas. Es el despertar de la conciencia bautismal: nuestra vida es Jesús Crucificado –Resucitado, viviendo dentro de nosotros (Ver Gal. 2,20). Nuestra unión a Él nos dispone a una vida de Amor, a emprender acciones valientes, a asumir la muerte por amor en la espera de la vida. En este Espíritu entrevemos los signos de resurrección que hay en nosotros y en nuestro pueblo. Y los disfrutamos. Creemos en la victoria, conocemos la solidez de nuestra esperanza, saboreamos un poco “del cielo en la tierra”, como diría sor Isabel de la Trinidad. O como le oímos decir una vez a una mujer sencilla: “el cielo comienza aquí en la tierra cuando nos damos cuenta que los signos de Dios acompañan nuestra vida”.

La contemplación se puede prolongar así sostenida por la más bella de todas las formas de oración: la adoración y la alabanza. Pero siempre con los pies en la tierra, con un profundo realismo, es como dice Frei Carlos Mesters: “En sueños yo logré contemplar un poco de resurrección. Cuando uno está despierto, no se puede ver ese derroche de resurrección porque siempre se tienen las sombras del sufrimiento y de la lucha. Va a demorar.....”.

CONCLUYENDO LA LECTIO

Comenzamos con lectura y terminamos en ejercicio espiritual. Esto era exactamente lo que buscábamos en la Lectio Divina: aprehender la institución espiritual, el poder de la Palabra, que está en la Biblia. Esto es lo que la ha distinguido de todas las otras lecturas posibles de la Biblia. Precisamente por ser espiritual uno no se da ni cuenta cuándo termina. La Lectio es una dinámica vital a la que es difícil fijarle con precisión cada uno de sus tiempos. Lo que es claro es que metodológicamente vuelve siempre al mismo punto de partida para repetir el camino de manera tal, que experimentemos lo que dice el profeta Isaías: “mañana tras mañana me despierta al oído, para que escuche como los discípulos. El Señor Yahveh me ha abierto el oído” (Is. 50, 4-5). Como una ayuda para nuestro propio ejercicio sugerimos terminar con una breve oración vocal para agradecerlo al Señor lo que hemos vivido a lo largo de la Lectio. Una vez más le damos la palabra a Guigo II, el Cartujo, para que nos enseñe su hermosa manera de orar:

“Señor, cuando tú rompes el Pan de la Santa Escritura,
Tú me haces conocido por esta Fracción del Pan.
Entre más te conozco, más deseo conocerte,
no solo en la corteza de la letra,
sino en el conocimiento del sabor de la experiencia.
No te pido este don a causa de mis méritos
sino en razón de tu misericordia.....
Dame, Señor las arras de la herencia futura,
un gusto al menos de la lluvia celeste
para refrescar mi sed, porque yo ardo de amor”. (Scala, VI)

La “Formación de Cristo” en nosotros, según la Lectio Divina.

“¡Hijos míos!, por quienes sufro dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros”. (Gal. 4, 19) A partir de la contemplación, último movimiento de la Lectio Divina, se comienzan a vislumbrar horizontes en la vida espiritual que la impulsan por caminos de madurez cristiana. Porque el Verbo habita en nosotros haciéndose uno con nuestra carne, la práctica de la Lectio es una educación continua para que tengamos “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil. 2, 5), para sentir, decidir, y actuar según su Corazón (Ver Act. 13, 22). Es, por tanto, una verdadera escuela de formación de los discípulos de Jesús en la que se aprenden los caminos de Su seguimiento. La sensibilidad a la Palabra de la Sagrada Escritura educa para la docilidad al Espíritu Santo a fin de que, como dice san Juan Eudes, “Él haga de nuestro ser un Evangelio vivo y un libro vivo, escrito por dentro y por fuera, en el cual la vida de Jesús esté perfectamente impresa”.(OC III, 54).

Veamos, entonces, también a manera de esbozo, como en un dibujo, la prolongación de la Lectio. La presentamos en otros nuevos cinco movimientos que se suceden como las olas del mar, una encima de la otra, fuertes, rítmicas, irresistibles. Cuando estas olas se hacen familiares se puede aprender a navegar mejor en ellas.

La onda de la consolación: en el gozo del Espíritu.

La oración que brota de la Lectio se vive con gozo en el Espíritu Santo (Gal. 5,22), emoción con la que

Jesús oraba también (Lc. 10,22), porque se siente íntimamente el gusto de Dios, de las cosas de Cristo.

El gozo de la alabanza lo invade todo. San Juan de la Cruz alude a esta experiencia cuando canta la transparencia de Dios en todas las cosas: “ y todos cuantos vagan de Ti me van mil gracias refiriendo, y todos más me llagan, y me dejan muriendo, un no se qué que quedan balbuciendo” (Cántico, 7). Esta emoción viene incluida en el don de la contemplación, es lo que en el ámbito espiritual se ha llamado la “consolación”. La consolación llega a ser como una atmósfera en la que el corazón se puede mover con libertad. Enseña el Cardenal Martín cómo “sólo de la consolación nacen las opciones valientes de pobreza, castidad, obediencia, fidelidad, perdón, porque es el lugar, la atmósfera propia de las grandes opciones interiores. Lo que no viene de este don poco dura y puede ser fácilmente solo fruto del moralismo que nos imponemos a nosotros mismos”.

La onda del reconocimiento de los impulsos interiores: el discernimiento cristiano:

Expresa con mayor claridad aún los alcances de la consolación. El orante llega a ser como una especie de antena espiritual que sabe captar lo que es y lo que no es del Evangelio. Es el aprendizaje de la sensibilidad espiritual de que habla san Pablo: “lo que pido en mi oración es que el amor de ustedes siga creciendo cada vez m{as en conocimiento perfecto y todo discernimiento (fina sensibilidad)” (Fil. 1,9); que en realidad es siempre una desacomodación, un continuo vivir desinstalados frente al mundo: “no se acomoden al mundo presente, antes bien transfórmense con una nueva mentalidad, de manera que puedan discernir la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto”.(Rom. 12,2)

La onda de los “saltos cualitativos”: las opciones evangélicas

Adquiriendo la habilidad para discernir el pensamiento de Dios, tal como se expresa en Su Palabra, aprendemos también a “decidir según Dios”. Así escogemos o confirmamos o continuamos renovando nuestro estado de vida. Le damos la palabra al Cardenal Martín: “si analizamos atentamente las opciones vocacionales, nos damos cuenta que tienen, tal vez inconscientemente, un proceso. La vocación, de hecho, es una decisión que se toma a partir de aquello que Dios hace sentir y de la experiencia que de ahí se hace según los parámetros evangélicos”. Y no solo escogemos nuestro estado de vida para la edificación del Cuerpo de Cristo, también somos llamados a tomar postura en medio de nuestra sociedad: opciones políticas iluminadas por las preferencias evangélicas. En esta onda vemos aparecer la valentía profética del cristiano (Ver Act. 4,31), quien por sus opciones se coloca en medio de la sociedad como lámpara que brilla en lo alto (Ver Mt. 5,16) y, por lo mismo, también puede ser criticado.

La onda de la acción: los compromisos:

Primero es el árbol, después vienen los frutos. La Lectio Divina ha evitado sacar consecuencias inmediatas de la Palabra, el “cómo se aplica esto”, y trabaja más bien al nivel del “ser cristiano”. Es la fórmula conocida: “el ser precede al hacer”. Pero llega ahora el momento del hacer. Como dice el Cardenal Martín, la acción “es el fruto maduro de todo el camino....” lección bíblica y acción, no son de ningún modo dos líneas paralelas”. Santiago era claro en este punto, lo citamos en toda su extensión: “Pongan por obra la Palabra y no se contenten solo con oírla.....Porque si alguno se contenta con oír la Palabra sin ponerla por obra, ese se parece al que contempla su imagen en un espejo: se contempla, pero, yéndose, se olvida de cómo es. En cambio el que considera atentamente la Ley perfecta de la libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo sino como cumplidor de ella, ese practicándola será feliz” (Santiago 1,22-25). No siempre es fácil, lo que sabemos por experiencia. Por eso podríamos siempre orar como lo hacía un santo: “Pero Tú Señor, conoces la imposibilidad y la incapacidad que tengo para amarte. Por eso, Dios mío, dame, si Tú quieres, lo que me mandas, después mándame todo lo que Tú quieras”. (Juan Eudes).

La onda de la comunicación: La Evangelización:

La luz no permanece escondida. Los hermanos reciben del lector – orante el testimonio del Evangelio. La Palabra que se anuncia está en Él en primer lugar, como una presencia que se capta en su manera de vivir. Pero dice san Pablo que “la fe viene de la predicación y la predicación, por la Palabra de Dios” (Rom. 9, 17). La Palabra es fuego que quema dentro y que hay que anunciar también de viva voz. Así la Lectio se coloca a la raíz de la misión. Es como si constantemente se nos dijera: “¡escucha la Palabra para que la anuncies!”. Finalmente, digámoslo así, esta onda misionera se expande lenta pero irresistiblemente por todos los ambientes, en todos los momentos, dándole a la historia el sabor del cielo. (Ver Mat. 28, 19-20).

Tres Dificultades que hay que superar en la práctica de la Lectio Divina.

Hemos presentado el itinerario y las claves para movernos ampliamente dentro del método de lectura Bíblica Lectio Divina. En varios casos nos hemos limitado simplemente a dibujar el ambiente, a insinuar las posibilidades. Pero quedan todavía por explicar tres cuestiones importantes para la praxis del método, estas son: ¿Qué textos escoger? ¿Cuándo hacerla? ¿En qué podemos apoyarnos para crecer?

Qué textos escoger: Lo mejor es preferir siempre la Palabra tal como diariamente la ofrece la Iglesia en la Liturgia. Para comenzar, sugerimos tomar siempre el Evangelio, porque Él nos inicia a la experiencia de Jesús y es la clave de interpretación de toda la Biblia. Los domingos recordaremos que la Primera Lectura se lee en armonía con el Evangelio. Sin embargo, los más avanzados pueden ir tomando gradualmente todos los otros libros de la Biblia. Los Monjes hacen la lectura completa de la Biblia. Así también lo podemos hacer nosotros. No ayuda mucho cambiar de Libro de la Biblia cada día o escoger los pasajes según nuestro gusto. La continuidad de la lectura aumenta la comprensión, nos da el contexto literario y nos permite captar mejor la pedagogía bíblica. Y cuando nos encontremos con un texto que consideramos difícil de entender, no caigamos en la tentación de cambiarlo, los Padres de la Iglesia decían que los pasajes más difíciles son los que guardan un secreto más grande. Paciencia..... poco a poco.

En palabras del Diácono san Efrén: “Da gracias por lo que has recibido, y no te entristezcas por la abundancia sobrante. Lo que has recibido es tu parte, lo que ha sobrado es tu herencia. Lo que como por tu debilidad no has recibido en un determinado momento lo podrás recibir, en otra ocasión, si perseveras. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no puede ser sorbido de una vez, ni desistas por pereza de lo que solo puede ser tomado poco a poco!. (Diatessaron).

Cuándo hacerla. El aprendizaje de un ritmo: Los maestros de la Lectio Divina coinciden en afirmar que lo más importante en la praxis de la Lectio no es la cantidad de tiempo que se emplea cada vez sino su continuidad. ¡Es una disciplina! La Lectio a la que inicialmente le podemos poner un poco más de empeño es a la del Evangelio del domingo. Podría inclusive cubrir toda la semana, buscando un día en que se puedan compartir los frutos de la oración junto con los hermanos más cercanos en la fe. Esto es lo que los latinos llaman colatio. Cuando se ha aprendido este ritmo semanal se puede comenzar el ritmo diario que es el ritmo normal. Esta sería una manera concreta de orar: “danos hoy nuestro pan de cada día”.

¿Cuál es la mejor hora?. Se recomienda escoger la mejor hora del día: aquella en que los cinco sentidos están más despiertos, aquella en que es posible tener un poco de calma y de silencio. La Lectio nos obliga a tomar decisiones con nuestro tiempo ordinario para darle el mejor espacio a la Palabra. Pero, ya lo hemos insinuado, no hay necesidad de hacerlo todo de una vez. Por ejemplo, (¡y solo un ejemplo!): por la noche se puede hacer la lectura del Evangelio del día siguiente. Luego, nos vamos a descansar, llevándonos la resonancia de la Palabra, como una manera de vivir las Palabras del Cantar, “yo dormía, pero mi corazón velaba” (5,2). Por la mañana recogemos el fruto en la oración. Un maestro de la Lectio dice a los aprendices: “emplear en esta oración quince minutos, ¡ni más ni menos!”. A lo largo del día podemos llevar a su punto culminante la Lectio en alguna celebración litúrgica.

Un apoyo para crecer: Nos referimos ante todo a un acompañante espiritual. Junto con él podemos decidir nuestra manera concreta de hacer la Lectio, compartir las dificultades que se nos presentan, recoger sus frutos y pedir sugerencias prácticas. También la vivencia de momentos fuertes es útil para caminar con fruto en el método de la Lectio. Por ejemplo: los ejercicios espirituales, una jornada de oración, algunos encuentros especiales alrededor de la Palabra, que se constituyen en verdaderas experiencias formativas. Otro apoyo es la participación en una pequeña comunidad en la que podamos compartir nuestra experiencia y acoger con sencillez las enseñanzas de los otros. En esta experiencia comunitaria de la Lectio aprenderemos de los hermanos y de la sabiduría de la Iglesia. Así podremos decirnos mutuamente lo que Guigo le decía a Gervasio: “tú que has aprendido mejor esta vía por la experiencia, que yo por la razón, serás juez y corrector de mis reflexiones”.

Nos abriremos entonces al aprendizaje de esta experiencia comunitaria.

LA PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN LA PARROQUIA.

Demos un paso adelante en nuestra presentación del método de lectura de la Lectio Divina. Ya conocemos sus características, particularmente su dinámica, y la manera concreta de practicarla. Ahora queremos proyectarla en el ámbito comunitario, al que hemos llamado su “lugar natural”. La Biblia es esencialmente el Libro de la Comunidad: en ella nació y a ella se dirige. Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan en varios episodios, cómo el anuncio de la Palabra de Dios era la semilla que generaba la fe y formaba la Comunidad (Ver. Act. 2, 41-42).. El estribillo que se repite a lo largo de la fundación de las comunidades es que” la Palabra de Dios iba creciendo”.(6,7; 12.24 y 19,29). Así coloca a la par la escucha de la Palabra de Dios y el crecimiento cuantitativo y cualitativo de la Iglesia. Con la práctica de la Lectio Divina en comunidad podemos actualizar esta experiencia modelo. Nos situamos en la vida parroquial porque ésta es la expresión histórica fuerte y más próxima a nosotros de la vida de la Iglesia.

Por otra parte, la experiencia ha demostrado que la práctica de la Lectio da excelentes frutos en el trabajo de formación y animación de comunidades. Asumiendo, todo lo dicho anteriormente, presentamos a continuación algunas sugerencias que nos pueden ayudar a practicar la Lectio Divina en comunidad, y especialmente, en el ámbito parroquial. Para ello nos inspiramos en algunas experiencias que desde hace algún tiempo se vienen realizando.

Organización de la Experiencia de la Lectio Divina Parroquial.

Normalmente la Lectio en el ámbito parroquial se centra en el Evangelio del Domingo más próximo al día en que ésta se realiza. Los ministros, ordenados y laicos son conscientes de su responsabilidad en el servicio a la Palabra. Saben que esta no se reduce a la lectura y predicación dominical ni a una lectura más o menos rápida que se puede hacer en medio de una reunión pastoral. El ministerio de la Palabra exige particular dedicación, de manera que todos en la Iglesia puedan aprender a oír la Palabra de Dios que está en la Biblia y nutrir su vida con ella.

¿Pero cómo hacerlo?. He aquí varias alternativas.

La Lectio en la sede parroquial.

Es lo mejor para comenzar. La asume el mismo párroco u otro agente de pastoral ejercitado en la Lectio Divina. En el día y hora escogidos, se reúnen los que lo deseen y siguen la siguiente dinámica:

.- Momento de oración, invocación al Espíritu Santo.

.- Proclamación del Evangelio del Domingo.

.- Presentación del texto: algunas indicaciones sobre el contexto, las ideas centrales, la explicación de palabras cargadas de sentido teológico,. Etc. Máximo una media hora.

.- Tiempo de silencio, unos 20 minutos, para la relectura personal y la meditación.

.- Momento de compartir sobre lo que cada uno haya captado en la lectura. Habla quien quiere, se hace en 20 minutos.

.- Se termina con un momento de oración en que cada uno se expresa, o se utiliza algún esquema previamente preparado. Puede coincidir con la celebración de la Liturgia de las Horas.

Algunos párrocos han manifestado lo importante que ha sido para ellos no solo el sentarse a educar a sus fieles en la lectura de la Biblia, sino especialmente, el haberlos oído expresarse a partir de la Palabra de Dios.

La Lectio en diversos ámbitos de la vida parroquial.

Esta es aún más eficaz que la que se realiza en la sede parroquial pues permite la participación de un mayor número de personas y porque es posible establecer relaciones más estrechas entre ellas, hecho que facilita la profundidad de la comunicación. Los pasos pueden ser los mismos señalados anteriormente.

Sugerimos que se tengan en cuenta de manera especial: Las pequeñas comunidades. Los movimientos. Los equipos pastorales. Los grupos juveniles. Los equipos de servicio, etc....
Igualmente se puede aprovechar algunas situaciones pastorales como: La visita pastoral. Las reuniones de carácter personal. Las asambleas familiares. Los retiros parroquiales, etc.Lo importante es la orientación que se quiera dar que no es otra que la de promover grupos de reflexión y de acción a partir del Evangelio. Se espera que la pedagogía de Jesús penetre profundamente en el corazón y en las actitudes de los participantes preparándolos para un trabajo de evangelización que no se reduce a la mera repetición de fórmulas aprendidas, sino a la comunicación de una experiencia de unidad de fe y vida a partir de una conversión personal al Evangelio.

Dinámicas – modelo para la práctica Lectio Divina comunitaria en la parroquia.

Hemos presentado un sencillo esquema de Lectio parroquia . Pero, tal como se dijo al exponer la dinámica de la Lectio Divina, esta puede ser recreada según los contextos pastorales. Ofrecemos a continuación cinco dinámicas que son otras tantas maneras de realizar la Lectio Divina en comunidad. Todas ellas proceden de diversos autores y lugares, y nos permiten valorar también la riqueza de los métodos. Las presentamos en forma de fichas didácticas de manera que puedan servir como recurso para la preparación de la Lectio parroquial. Pero, insistimos, esperamos que sólo sean un estímulo para crear otras nuevas que correspondan a las características de cada ambiente.

FICHA DIDÁCTICA No. 1

PRIMER PASO: ACOGIDA, ORACIÓN.
Acogida y breve intercambio de las expectativas. Oración Inicial, invocando la Luz del Espíritu Santo.

SEGUNDO PASO: LECTURA DEL TEXTO.
Leer lenta y atentamente el pasaje. Permanecer en silencio para que la Palabra pueda calar centro de nosotros. Repetir el texto por parte de todos, tratando de recordar todo lo que fue leído.

TERCER PASO: SENTIDO DEL TEXTO EN SÍ.
Intercambiar impresiones y dudas sobre el sentido del texto. Si es necesario, leer nuevamente y aclarar entre todos. Un momento de silencio para asimilar todo lo que fue escuchado.

CUARTO PASO: SENTIDO PARA NOSOTROS.
“Rumiar” el texto y descubrir su sentido actual. Aplicar el sentido del texto a la situación que vivimos hoy. Extender el sentido, uniéndolo con otros textos de la Biblia. Situar el texto en el plan de Dios que se realiza en la historia.

QUINTO PASO: ORACIÓN A PARTIR DEL TEXTO.
Leer de nuevo el texto con mucha atención. Hacer un momento de silencio para preparar la respuesta a Dios. Orar el texto, compartiendo las luces y las fuerzas recibidas.

SEXTO PASO: CONTEMPLACIÓN, COMPROMISO.
Expresar el compromiso que nos sugiere la lectura orante. Resumir todo en una frase para llevarla consigo durante el día.

SÉPTIMO PASO: UN SALMO.
Buscar un Salmo que exprese todo lo que fue vivido en el encuentro. Rezar el Salmo para terminar el encuentro. (Dinámica propuesta por Frei Carlos Mesters, CEBI, Brasil).

FICHA DIDÁCTICA No. 2.

PRIMER PASO: INVITEMOS AL SEÑOR.
El Animador le solicita a uno del grupo que invite al Señor con una oración espontánea o preparada con anticipación; los que deseen también pueden unirse a su oración.

SEGUNDO PASO: LEAMOS EL TEXTO.
El animador indica el capítulo y los versículos del texto y espera a que todos lo hayan encontrado. Invita a uno a leer el texto en voz alta. Breve pausa de silencio y de reflexión.

TERCER PASO: DETENGÁMONOS SOBRE EL TEXTO.
Los participantes (que lo deseen), leen en voz alta una palabra o una breve frase que les parezca significativa. Después de cada intervención, todos permanecen en silencio durante algunos instantes, de manera que puedan repetir dos o tres veces dentro de sí lo que han oído, dejándose compenetrar por esa palabra. Se lee una vez más todo el pasaje en voz alta muy lentamente.

CUARTO PASO: HAGAMOS SILENCIO.
El animador invita a hacer silencio para abrirse a Dios.

QUINTO PASO: COMUNIQUÉMONOS UNOS A OTROS LO QUE NOS HA IMPACTADO.
Los participantes se comunican libremente lo que los ha impresionado y conmovido. Se procura hacer la relación entre la Palabra oída en la Sagrada Escritura y las propias experiencias.

SEXTO PASO: HABLEMOS DE LO QUE EL SEÑOR QUIERE DE NOSOTROS.
Se enfrentan los problemas cotidianos y las propuestas concretas para solucionarlos. Si el grupo lo desea, se pueden establecer algunos objetivos para cumplir, procurando siempre que estos sean viables. En la Lectio siguiente se hará la evaluación. Se procuran instantes de silencio durante este paso de manera que no haya presiones. En algunos casos es preferible dejar a cada uno la realización de este paso de orden práctico.

SÉPTIMO PASO: OREMOS.
El animador invita a todos a orar. Los participantes hacen oraciones espontáneas de agradecimiento y de súplica. Se termina con un canto.
(Inspirado en Lucas 24, 13 – 25, los discípulos de Emaús. Elaborado por el Instituto Misionero de Lumko, Delmenville – Suráfrica.)

FICHA DIDÁCTICA No. 3

PRIMER PASO: INVOCACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO.

SEGUNDO PASO: LECTURA DEL TEXTO BÍBLICO.

TERCER PASO:
Cada participante, por su propia cuenta, reflexiona sobre el texto. Para este fin coloca sobre él tres símbolos: 1.- Una interrogación: al lado de las frases que no ha comprendido, aquellas que dejan alguna pregunta abierta y son dudosas o poco claras. 2.- Una exclamación: al lado de una cierta frase o parte del texto que trae a la mente una idea importante. 3.- Una flecha: allí donde ha sido tocado desde un punto de vista existencial.


CUARTO PASO:

Los participantes afrontan juntos todo el pasaje, versículo por versículo, compartiendo lo que han hecho. A todos se les respeta la libertad de decidir lo que desean poner en común con los otros.

QUINTO PASO:
Se hace una oración en común a partir de lo que se ha compartido.
(Conocido como método Vasteras, por el lugar donde comenzó a practicarse).

FICHA DIDÁCTICA No. 4

PRIMER PASO:
El animador introduce la Lectio con una breve oración.

SEGUNDO PASO:
Un participante lee, atenta y claramente, el texto escogido, de manera que todos puedan seguirlo bien. Los otros deben escuchar y no leer.

TERCER PASO:
Cada uno en silencio comienza a reflexionar sobre el texto, tratando de responder por escrito a cinco preguntas:

¿Cuál es la afirmación central del texto?
Esta pregunta obliga a reflexionar sobre lo esencial, sobre el verdadero mensaje del texto, evitando apartarse de lo esencial.

¿Qué es lo que no consigo comprender?
Esta pregunta orienta una lectura más precisa e impide sobrevolar aquello que en el texto parece difícil.

¿Qué conexiones veo dentro del texto?
Esta pregunta lleva a considerar el contexto. Preguntas alternativas; ¿qué precede este texto? ¿Qué lo sigue? ¿Dónde se encuentran, en la Biblia, textos que se puedan comparar? ¿Dónde reaparecen en la Biblia, las palabras o las ideas más importantes del texto?

¿Qué me toca de manera especial dentro del texto? ¿Qué me cuesta aceptar en él?
Esta pregunta se refiere al sentimiento. Los participantes deben ser motivados para que expresen abiertamente sus sensaciones de acuerdo o rechazo, de admiración o de estupor, sin reprimirlas en virtud de un mal entendido temor reverencial hacia el texto Sagrado.

¿Qué puedo hacer concretamente?
Esta pregunta se refiere a las posibles consecuencias concretas.

CUARTO PASO:
Se realiza el intercambio comunitario: Se van compartiendo las respuestas una por una. Se insiste en la escucha disponible y atenta para descubrir juntos lo que quiere decir el Espíritu de Dios. Se evita cualquier discusión o palabrería.

QUINTO PASO:
Se entra en oración. Se puede contemplar una imagen (o cartelera, o diapositiva, etc.) que subraye el elemento esencial del texto. La contemplación se realiza en silencio. Se invita a participar en la oración.
(Conocido como método Bludesch, por el lugar donde se comenzó a practicar).

FICHA DIDÁCTICA No. 5.

PRIMER PASO: UN CORTO TIEMPO DE ORACIÓN.
Comenzar con una corta oración de alabanza y de petición, para significar que se va a hacer una lectura creyente y que se está a la escucha de un testimonio de fe.

SEGUNDO PASO: LECTURA.
Leer el texto escogido, lentamente y en alta voz.

TERCER PASO: MEDITACIÓN.
A partir de dos preguntas: ¿Qué es lo que considero como lo principal en este pasaje? Indicar las palabras o las expresiones. ¿Cuáles son las convicciones de fe que allí se expresan?

CUARTO PASO: REPASO DE LA LECTURA.
Releer el texto lentamente para después preguntarse: ¿Hay palabras, imágenes, personajes del texto que me puedan ayudar a expresar mis propias convicciones de fe y que son BUENAS NOTICIAS para mí? Si se trata de un texto del A.T.: ¿cómo habría orado Jesús a partir de este texto? ¿Cómo es retomado en la predicación de Jesús? Si se trata de un texto del N.T.: ¿ cómo expresa este texto la fe en Jesús?

QUINTO PASO: ORACIÓN FINAL.
Se termina con una breve oración donde se retoman las palabras, las imágenes, las expresiones que han llamado especialmente la atención.
(Presentado por M. Sevin, quien lo recomienda especialmente como “Lectura familiar de la Biblia”. ).

“¡Oh, Verbo Eterno, Palabra de mi Dios!
quiero pasar mi vida escuchándote;
quiero prestar oídos dóciles a tus enseñanzas,
para que seas mi único Maestro.

Y, luego, a través de todas las noches,
de todos los vacíos,
de todas las debilidades,
quiero mantener mis ojos clavados en Ti
y permanecer bajo el influjo de tu magnífica luz”.
(Sor Isabel de la Trinidad).


BIBLIOGRAFÍA.


BIANCHI E., Prier Laparole. Une introduction á la “Lectio Divina” (VM No. 15, Abbayed Bellefontaine, 1983),
HECHT A; Passi Verso La Bibbia (Leumann – Torino 1995) 9 –11.
MARTÍNI C.M., La Gioia Del Vangelo (Piemm, Casale Monferrato, 1988).
MARTÍN C.M. – RATZINGER J., “La Lectio Divina Indispensable à Tout Pasteur”, En Bulletin Dei Verbum 27, 4 – 7.
MESTERS C., “Refleçoes sobre à mística que debe animar a leitura orante da Biblia”. En Estudos Bíblicos. 32 ( 1991) 100 –104
ROUSE J., SIEBEN H.J., BOLAND A, “Lectio Divina et Lecture Spirituelle”, En DS IX, 470 –510.
STANLEY D., “ A Suggested Approach To Lectio Divina”, En De american Benedictine Review 23 ( 1972 ) 439 –455

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Escuchar la palabra con corazón

Escuchar la palabra con corazón orante…
De Leonardo Dimarco

Todo acercamiento autentico a la Biblia supone una escucha orante y contemplativa de la Palabra de Dios. Nunca somos dueños de la Palabra; somos siempre servidores. Una de las formas cristianas mas antiguas de orar se llama “Lectio Divina” (lectura orante de la Biblia) Esta practica nos invita a ser peregrinos, a emprender un camino hacia el corazón del texto bíblico. La lectura orante de la Biblia nos lleva poco a poco a morar dentro de la Palabra de Dios. Como dice Jesús: “si permanecen en mi palabra, verdaderamente serán mis discípulos, conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Jn 8:31-32).

Antes de compartir la palabra con otras personas, es necesario recibirla en nuestro corazón, en las entrañas de nuestro ser, y permanecer dentro de ella. En la “Lectio Divina” oramos la Palabra. Es más un camino de transformación que de información. Por medio de esta practica espiritual aprendemos a alimentarnos de la Palabra de Dios, así como hizo Ezequiel, y sentirla “dulce como la miel” (Ez 3:3). La lectura orante de la Biblia es una parte esencial del proceso de preparación de una predicación. Antes de empezar a “trepar el cerro” (*), antes de entrar en el estudio del texto bíblico, nos quitamos las sandalias en el desierto silencioso del corazón (o en el silencio de un grupo que practica lectura orante en comunidad), y como el joven Samuel, nos dirigimos a Dios: “Habla, Señor, tu siervo escucha” (1 Sam 3:9-10) Un monje del Siglo XII, Guido II, dividió la Lectura Orante de la Biblia en cuatro pasos:

1.- LECTURA: Leer y escuchar la palabra con una actitud orante.

2.- MEDITACIÓN: Repetición meditativa; dejar que una palabra o frase del texto haga eco en el interior del corazón.

3.- ORACIÓN: Responder a Dios, Fuente de la Palabra, con acción de gracias, preguntas, alabanzas, dudas, lágrimas, silencio, etc.

4.- CONTEMPLACIÓN: Dejarnos transformar por la Palabra-hecha-carne en nosotros. Esta es una acción gratuita de Dios.

Unos años después, Hugo de San Víctor añadió un 5º paso:

5.- PRAXIS: Llevar a lo cotidiano la práctica de la Palabra contemplada.

Hay, sin embargo, un paso previo que no se puede dejar de mencionar directamente: el silencio contemplativo. Este paso, previo a los demás, nos prepara para acoger la Palabra en la meditación. Lo llamamos el “paso cero”, porque no es un “hacer”, sino un “dejar de hacer”.

0.- SILENCIO CONTEMPLATIVO: La Lectura Orante de la Biblia empieza cuando hacemos un alto al pie del cerro, y nos entregamos al silencio de Dios. Este alto tiene que ser de verdad: dejar de hablar; apagar la computadora, el teléfono y la radio; calmar el barullo mental por medio de alguna práctica meditativa. En este paso es importante “no hacer nada”. Nos ponemos en la presencia de Dios, en actitud de escucha atenta, cultivando el silencio interior. Éste es el punto de partida para toda predicación. Solo si aprendemos a permanecer en el silencio de Dios podremos descubrir las palabras correctas, palabras que no sean arrogantes ni vacías, palabras que son a la vez verdaderas y humildes. Sólo si el centro de nuestras vidas es el silencio de Dios mismo, sabremos cuándo acaba el lenguaje y cuando comienza el silencio, cuando proclamar y cuando callar.


Dice el Maestro Eckhart (Dominico del siglo XIV). “Si Jesús ha de hablar en el alma, ella debe estar sola y silenciosa. Entonces entra Él y comienza a hablar”. El predicar es siempre, y ante todo, alguien que mendiga –desde el silencio hambriento de su corazón- un pedazo de la Palabra de Dios para dárselo a los demás. Moisés, descalzo y atento ante la zarza ardiente, se deja hundir en el silencio de Dios. Su vocación profética, su vocación como predicador nace de este encuentro místico.

(*) Preparar un mensaje es como subir a un cerro, si uno quiere llegar al otro lado del cerro, sólo hay un camino: el subir y bajar. Hay que sudar un poco. Algunos tratan de llegar al otro lado por un camino fácil, rodeando el cerro sin tener que subir… pero estos solo darán palabras, eso no es predicar el Evangelio, no es la Buena Nueva. (Brian Pierce- manual para predicadores

 

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La Lectio Divina en comunidad

PISTAS DE LA PEDAGOGÍA DE LA “LECTIO DIVINA” EN COMUNIDAD

La Lectio Divina es un ejercicio de escucha de la Palabra de Dios, de un modo ordenado y orante, método sencillo. Esta ficha está enfocada a la Lectio comunitaria.

Dos actitudes básicas favorecen la oración con la Palabra de Dios: 1.- una actitud pasiva, receptiva. 2.- hacernos conscientes de que es Dios mismo quien nos habla (entra en diálogo con nosotros).

Ayuda a crear en nosotros silencio, un deseo y voluntad de relajación, de hacer callar, en la medida de lo posible, los afanes, las preocupaciones inmediatas, la tensión emocional que nos domina y que haremos bien aprender a controlar.

Es Otro, distinto de nosotros el que se cuela en nuestras vidas. Un “cuerpo extraño” lo llaman algunos. La llegada de otro a nuestras vidas siempre nos descoloca. Hacerle sitios es apostar, arriesgar en la relación.

REALIZACIÓN PRÁCTICA:

Comenzar haciendo silencio, motivando la importancia de estar juntos como fraternidad en la presencia del Señor que nos reúne y nos regala su Palabra.

Pedir, después, con un canto, con un himno, con un canon, el don y la gracia del Espíritu Santo, verdadero guía y comunicador de la Palabra.

Hacer una lectura reposada del texto bíblico. Dejar un espacio de silencio.

Un miembro de la fraternidad lee en voz alta las notas exegético-espirituales del texto.

Se vuelve a leer el texto antes de la meditación personal.

Meditación personal en silencio, puede hacerse en la capilla o cada uno en un lugar de recogimiento personal (la propia habitación…).

Compartir con los otros la meditación personal a modo de comunicación de vida, no sirve repetir ideas o hacer homilías, hemos de partir de nosotros mismos y nuestras resonancias existenciales, de fe. Entregar a los otros mi propio camino con sus torpezas, sus ambigüedades y sus ganas.

Cuando ya se ha compartido, cada uno puede hacer oraciones que nazcan como fruto de la lectio y la meditación, puede repetirse, a modo de oración, alguno de los versículos del texto o hacer una oración de petición, de alabanza, de acción de gracias o de petición de perdón.

Cada uno recoge un pequeño compromiso, en silencio, para el camino del día a día, fruto del encuentro con la Palabra.

Se concluye con la oración de Padre nuestro, luego la que viene propuesta en el texto u otra.

Estas pistas os pueden como propuesta de oración, que ha sido tan rica tradición en la Iglesia y recuperada con fuerza después del Concilio Vaticano II en muchos ámbitos de la pastoral de la comunidad cristiana: jóvenes, grupos de oración adultos, comunidades religiosas…


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